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REZONGO

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Cuéntame ¿Cómo te ha ido? Le pregunto a riesgo de que se burle y me tilde de guasona. Todos saben que no conduce su vida con gran acierto. Y la culpa es de él, solo de él. Viaja por este mundo de desamor con tilde de vándalo. Y es que no tiene reparo en vapulear al primero que le pille por delante. Hablarle no lo desaprueba. Pero a fuerza de ir conociéndole, si quiero emitir algún juicio de valor y derramarlo encima de sus hombros, y que le pese, tengo que hacerlo antes de las nueve de la mañana (que anda con más sueño). Así no pongo en riesgo que me rechace para todo el día. A él le hablo con cariño, desde la distancia, para que corrija cualquier postura que le haga parecer un repudiado; que ande derecho ante quien le observe con mal miramiento. Digno ante todo incluso si se le acercan con el objeto de darle un mínimo recado. Pero un día, era julio, plena ola de calor, se levantó con mal pie. No lo vi venir. Me pilló desprevenida ¡Volverás! Le dije, cerrando la puerta de un portazo....

LOS ESCARABAJOS

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  Abría y cerraba el baúl tantas veces como juguetes guardaba en él hasta que las campanillas la sacaban de su juego. Volvía su cabeza entonces con la boquita abierta. Una sonrisilla encajada entre dos grandes mofletes que rellenaban el hueco de sus ojos. La habitación tenía una ventana oscura que la niña no alcanzaba a abrir y un papel de caracolas que con el tiempo se difuminaría hasta desaparecer. Durante el día repetía palabras como un lorito mientras corría por la habitación bailando con un vestido de organdí bordado. Era el amor de su madre. Y el tiempo se iría callando en un diciembre eterno. Un mes que solo letargo  traía  hasta que una tarde un fuerte viento salino entró por la ventana. Algunas de las argollas de la cortina cayeron al suelo despertándola. En ese instante se escuchó un tintineo y una avanzadilla de escarabajos invadió su cama picando su cuerpo y su cabeza. A Leonora, la madre de la niña, se la veía reventar los escarabajos con unas tijeras gigante...

LABERINTO

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Hablaron del camino. Fue la primera vez. Cuando jugábamos aquel día a la oca. Ernestina, mi hermana, decía que era la ruta que debía seguir para aclarar mis ideas. Y yo…Yo solo veía la cárcel, la posada, la muerte y el pozo. Pero no contaba que también estaba el laberinto. La complicación de la vida. Y fue la mía, fue cuando por primera vez el cuerpo se me apretó por dentro y me sangró el alma. Pese a que se pierde la perspectiva si lo cuento así, es en lo que se convirtió aquel viaje. Y no era lo que sentía entonces. Es lo que siento ahora. Me retaron. Si no me salvaba en aquel dichoso juego debía hacer el camino a Compostela. Era algo tan absurdo; y además, sesenta y tres días, el número de casillas. ¿Cómo podían desear mis padres aquello? Intenté persuadirles con eso de que mi vida estaba bien como estaba, que era feliz y todo lo demás, pero no coló. Después, mis otros argumentos: no creía en ese umbral entre cielo y tierra, y mucho menos, en mundos subterráneos —el universo de án...

BOTAS MANSAS

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La lluvia andaba muy lejos de dejarle soñar. Las siluetas desiguales de las casas de A Moa era el albergue de Lucinda en una tarde ensombrecida por la cortina de agua. El diccionario gallego-castellano abierto por la letra h en aquella mesa de roble del abuelo Anxon y el jarro con azaleas, como era costumbre, más cerca de la ventana. No siempre el pensamiento de Lucinda acompañaba a su vocabulario y tenía las páginas marcadas con pétalos secos y letras escritas. Su padre, el viejo Bento, la veía escribir y, a ratos, perdida mirándose los pies. Se le acercaba con la vara de azuzar a los bueyes y golpeaba el suelo hueco, mientas murmuraba: " Lucinda, non teñas ideas peregrinas". Había pasado dos años sin tener noticias de él. Aquella perniciosa lluvia dañó la telefonía y no tenía esperanza de que se pudiera arreglar. Escribir en ese tiempo muerto era la forma de conservar su recuerdo y ponerse los calcetines que le dejó. Un par sin costuras que él ajustaba a sus grandes pie...

PRUDEN POL

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Cuando Arcadio y Prudencio se encontraron, cada uno, y a su manera, interpusieron sus reglas de fe. De Prudencio se dijo que era un detective a trasmano,  el caso de Arcadio, fue una revelación   Dos meses después de comenzar la investigación.    —¿Y dónde nos lleva? Es una prueba sui generis, lo único a demostrar es que Arcadio no es parapléjico.  —La prueba de ADN podría revelar una enfermedad congénita, o una mutación genética que le ha llevado a postrarse en la silla de ruedas. —¿De qué lado está usted?, ¿acaso a favor de demostrar que no es un sinvergüenza? Le recuerdo, Prudencio, que soy yo quien le paga. De nada me sirve conocer su genética para saber que es un farsante; y todo por una baja laboral.   Un mes antes Prudencio tenía una corazonada. Las evidencias descubiertas en el polideportivo fueron el principio de todo.   “Tengo las fotos donde Arcadio corre por las pistas y nada en la piscina mientras ...

VÍCTIMAS de NARCICISTA

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  Los débiles. Las criaturas inocentes que no hacen mal alguno. Las que son siempre manejadas por el miedo. Mientras que la frialdad del imán que los atrae es, inmutable.   Los débiles son ventanas que pueden verse, pero están cerradas. Conforman un escenario donde siempre serán personajes secundarios. Son, quienes terminan con su vida, apagándola, para encender la del protagonista principal de la historia. El sacrificio de los débiles es ciego.   Si les preguntas, ¿cómo se imaginan la vida? Ellos, cerraran los ojos. Y aunque, cierran y abren los ojos, no verán nada, mientras permanezcan bajo el hechizo. Los débiles, tienen una persona que vive en su cuerpo y no son ellos. Es otra que piensa y habla constantemente asomándole los dientes. Y detrás de esos dientes, tiene un arpón en su garganta que lo clava, cada vez que los humilla. Los débiles, los inocentes, se enamoraron de un sol brillante. Una estrella que brillaba a su alrededor, conquistándolos. Con el tiempo se fu...

EL ÁNGEL GUARDA UN SECRETO

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  Siempre pasaba frente a él de camino a casa, el número 19 de la calle Sister.   Pero aquel día entré. Entonces,  mi pulso se paró. Y ya no volví a salir de allí. Admiraba las balconadas corridas del frontal y las contraventanas de madera blanca. Esa entrada con el viejo escalón de mármol gastado en su parte central. En el zaguán, la puerta acristalada con esquinas caladas y los detalles grabados frente al viejo ascensor; y la escalera de mármol blanco con un pasamano de hierro. Y ahí, el angelote sonriente dispuesto a contarte el secreto. Este cajón tiene un no sé qué que consigue encandilar. Su madera es parecida a los féretros antiguos y con un olor peculiar a medicamento. Sus molduras, la lámpara en su interior y su silloncito son piezas de arte que conservan toda su pátina original y, aunque se eche en falta una pasada de lija, cumple con su función de pequeño recibidor. Y no depende de fluido eléctrico, por suerte. Cada día se dan situaciones inesperadas. Se f...