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22.5.17

LA MÁS BELLA MENTIRA









Taciturno, sus pies le llevaron en volandas hasta la orilla. Cogió el volante de su desesperación y salió de allí corriendo. Ni reparó en la suerte que había tenido. Se dirigió apresurado donde rompía la primera ola; los pescadores le esperaban mar adentro. Antes de subir a cubierta, se volvió y clavó la mirada en la isla y a gritos pregonó a los cuatro vientos que no volvería más, ni se acercaría a aquel lugar maldito.

“La Prímula” llaman a ese pedazo de tierra flotante del Mediterráneo. Una isla relegada al olvido. Es un lugar inhóspito, sin ningún vestigio de aliento de vida, solo la que ahora se marchaba para no volver. Una playa cubierta de plásticos, aceites y un sinfín de desperdicios humanos. El ecosistema marino había muerto por completo. Lejos de considerar su superficie arenales paradisíacos era un completo basurero. Toneladas de residuos, millones de plásticos acampaban por todos los rincones; arrastrados unos por las corrientes marinas y otros, la gran mayoría, provenientes de los buques.

Encalló con su barco una noche de zozobra. El mar había decidido quitarlo de su vista y ¿dónde lo trajo? Aquí. Había destrozado su barco, entre viento y oleaje. Su vuelta quedó inutilizada por completo. Alguien podría pensar que se trataba de una venganza del mar a los marineros inútiles. Allí los llevaba, a zabordar “su mal hacer”; pero no era malévolo, no los dejaba para siempre, ya había demasiada basura. El creído sabio, el ser más impertinente de la faz de la tierra, también estaba convencido que saldría de allí. No sabía cómo, eso sí. Pero después de quince días solitarios solo con sus sombras apareció el milagro, uhm, milagritos…


Cómo podían llamarle así a una isla, Primavera, donde no había rastro de ninguna planta y mucho menos de prímulas. A su cabeza le vino igualmente el peñón de Perejil, pero no le dio más vueltas. Pensó: «Tal vez sea la posibilidad de lo imposible. Que hubo primaveras, fue siempre verde o existió vida pero, ¿cómo aceptar que no haya flores? La inocencia creó el juego erótico de los ovarios y los pistilos, los convirtió en una lujuria, en el origen del pecado y después apareció la fuente de la vida. Aquí no se puede cazar mariposas, ni se puede coger plumas». Estuvo dándole vueltas y se cansó « ¡Maldita primavera! la más bella mentira de la vida es una isla» 


(Relato presentado para la comunidad "Escribiendo que es gerundio" de Francisco Moroz y Julia C. para el reto "Alrededor de un tema" )





20.5.17

MI PRIMER VIAJE DE CHELO FERRER





¡Hola corazones! Seguimos con nuestra sección de viajes hechos con la brújula imantada de tiempo y nostalgia. Esta vez el viaje viene cargado de regalos y de amigos. Para los que no seguís estos viajes comentaros que es una sección abierta a cualquiera que le apetezca participar con crónicas de su primer viaje, esas anécdotas y momentos inolvidables, y esas fotos de antaño. 
MIGUEL PINA   MILANO NEGRO  XUS CLIMENT  JOSEP Mª PANADÉS  y ROSA BERROS  han traído a este blog sus inolvidables viajes de amor, (incluido aniversario de bodas) unos maravillosos paisajes; algunos no faltos de anécdotas y otros "nada saludables". Son geniales, y no me harto de decir que he disfrutado mucho con cada uno de ellos y los que quedan por subir. GRACIAS.

CHELO FERRER  va a ser hoy nuestra viajera. 




Chelo es una de las primeras seguidoras que tuvo mi blog. Es una compañera entrañable en esta red donde nos hacemos con vidas prestadas; ella es obsequio y sorpresa en este mundo virtual. Lo mismo te regala un escrito, que una película; te dedica un recuerdo o te colecciona momentos. Te hace un regalo con la misma ilusión que desenvuelve el tuyo y, sin dudarlo, si yo tuviera que jugar a comer manzanas con las manos atadas buscaría a Chelo, y ni se me ocurriría columpiarme en inglés con ella jejeje... Aparte de estas bromas, esta vital compañera levantina imprime una inyección de optimismo con todas las entradas que sube a su blog EL BLOG DE CHELO  películas y algunas cosas más. ¡No os lo perdáis! 





MI PRIMER VIAJE.

El primer viaje que recuerdo haber hecho es a Madrid con unos 17 años. Fue con mis padres, hermana y hermano (éste era todavía muy pequeño). Mi padre tenía que ir a la capital por razones de trabajo y recuerdo que fue toda una alegría para nosotros que nos preguntara si queríamos acompañarle. Como mi madre era ama de casa y nosotros teníamos vacaciones escolares con motivo de las fiestas de San José (son Fallas en mi tierra), no había problema de ningún tipo.

Y para allí que nos fuimos los cinco. En tren. De esos trenes eternos que, desde la Comunidad Valenciana, hacían el recorrido por Albacete, creo. Pero esto solo nos importó a la hora de volver, porque ya se sabe que en las 'idas' de los viajes la ilusión pesa tanto como el equipaje.
Recuerdo perfectamente el nombre del hotel en que nos alojamos y el nombre de la calle en que estaba situado. ¿Por qué me acuerdo tan bien de estos datos? porque yo llevaba en mente visitar a una amiga que estaba estudiando allí, en Madrid. Y, claro, esos nombres eran fundamentales en el caso de perderme.
Mis padres confiaron en mí, porque tenía clara la dirección, el bus que debía coger, todo...Todavía no sé ni cómo me atreví a ir yo sola, y lo que es más, cómo llegué a encontrarla, ¡menuda alegría al vernos!.  Se me quedó grabado el momento en que, estando yo en el rellano de la escalera, abrió la puerta una chica que resultó ser compañera suya, y lo primero que pensé es que me había equivocado al anotar su dirección. Cuando apareció ella por detrás, la alegría fue inmensa y nos dimos un abrazo.

Con ocasión de esa visita, recuerdo también haber dado la tabarra al recepcionista del hotel preguntándole, como si estuviera en casa: "¿oiga, me ha llamado alguien?" (no tenía entonces teléfono móvil), y todo porque mi amiga tenía que dejar recado en el hotel de si iba a estar o no en Madrid, para que no hiciera la visita en balde.




El fin de semana, como mi padre ya estaba libre de sus obligaciones laborales, fue muy intenso. Nada más llegar lo que más me llamó la atención fue que las calles eran muuuuuy largas, ya que paseamos por el paseo La Castellana y no se acababa nunca. En consonancia con esto, la cantidad de coches circulando a todas horas por ellas. Recuerdo, como anécdota, que un día salimos a cenar y al terminar dimos tal paseo que, a la hora de volver, no encontrábamos el hotel de ninguna manera, y por poco llamamos un taxi. Nos llevó a ver El Museo del Prado, el Palacio Real, paseamos por el Parque del Retiro, la Casa de Campo, tomamos un "relaxing cup of café con leche" in Plaza Mayor (entonces no se decía así), y también fuimos al Monasterio de San Lorenzo del Escorial.

Esta última visita pasará a los anales de la historia de los viajes de mi familia porque era la primera vez que mis hermanos y yo veíamos nevar. Yo, que ya entonces era aficionada a la fotografía, vi una ocasión única de hacer ¡por fin! fotos en la nieve. Les hice posar ponerse aquí, allá, más allá...Todos diciéndome "vengaaa, ya no más, que nos congelamos".

Mi cámara era de esas de carrete de toda la vida y cuando al regresar del viaje lo llevé a revelar, en la tienda me dijeron que lo sentían, que había puesto mal el carrete y estaban todas las fotos superpuestas (-que quede entre nosotros, pero a mí me mosqueaba que no se acabara nunca la posibilidad de seguir disparando fotos-). Luego todos me querían matar, claro, y, ¡cómo no! siempre salen a relucir esas bonitas fotos bajo la nieve que hice del primer viaje a Madrid. Y ése es el motivo por el cual este post no tiene testimonio gráfico personal. Bien que lo siento por Eme que, en esta sección y en su blog en general, luce bellísimas fotos de los lugares visitados, tanto por ella como por todos los blogueros que por aquí van pasando.

Muchos años después he vuelto a Madrid: una primera vez sola (tonta de mí, no quise que nadie me acompañara y luego me arrepentí) a examinarme de unas dificilísimas oposiciones; fue horrorosa la experiencia. Nunca se me olvidará que el recepcionista del lugar en que me alojé, cuando me vio entrar toda pesarosa porque me había salido mal el examen y, encima, me había perdido, me dijo con tono parental "¡pero corazón de buena alma, a estas cosas de los exámenes uno ha de venir bien acompañado!".




Una segunda vez, con amigas, a ver "El fantasma de la Ópera". Recuerdo esa sensación de campar a nuestras anchas por las calles madrileñas como de auténtica libertad y finalmente, el pasado año en dos felices ocasiones: Una con motivo de la presentación de un libro de Pablo Palazuelo, dónde conocí a tres amig@s blogueros (Paloma -alias Kirke Libris-, Francisco Moroz y Juan Carlos Galán) experimenté nervios antes de pisar la capital por lo novedoso que tenía el encuentro en sí, y luego fue una sensación de auténtico y sosegado disfrute de todo (calles, lugares emblemáticos, comida,…) tuvimos una guía de primera por Madrid, que fue Paloma, y comprobé que casi todo seguía como lo recordaba. En otra ocasión, también este pasado año, con motivo de la Feria del Libro, esta vez nos reunimos ellos tres y otras dos amigas blogueras más (Rosa Berros y Conxita Casamitjana). Esta vez el guía fue Francisco, que antes de nuestra llegada, tomó nota de las casetas que valían la pena de visitar.  La ciudad no me ha dejado indiferente en ninguna de las visitas, más bien al contrario, me ha proporcionado variadas sensaciones pero con un elemento común a todas ellas: SIEMPRE, SIEMPRE me ha dejado con ganas de volver a ella.

Para concluir, diré a Eme que ha sido un honor para mí participar en esta sección. Que sepas que me ha encantado este 'viaje' a tu espacio virtual para dejar constancia de mi primer viaje y, sobre todo, que en él me he sentido como en mi propia casa.


¡Un saludo a todos!.


¡¡¡ Muchas gracias a ti Chelo!!! Entrañable periplo por el recuerdo; y esos encuentros tan recientes... A uno de ellos no pude ir, y eso que fui la promotora del mismo, bueno otra vez será, hay tantas ocasiones como probabilidades que los encuentros ocurran ¿no lo creéis así? Y ahora cambiamos a otra perspectiva de ese Madrid con una musiquita.




Hay en Madrid un paso entre calles donde dice “Lo mejor no ha pasado ni está por venir, está pasando” (Rayden). Asómate en C/Farmacia esquina Fuencarral y verás que estas palabras están bajo tus pies. A un solo paso se crearan vínculos entre las personas; habrá un rato de implicación y le has dado una oportunidad a los sentimientos.




Madrid para algunos de nosotros es una ciudad de encuentro. Yo también conocí esta ciudad a través de la amistad. En mi época de estudiante iba en vacaciones, subía a ver aquellas amigas… En navidad nos reuníamos para despedir el año. Fue en ella donde me enfrenté por primera vez a los grandes espacios, a esas largas calles y avenidas. Aquí, en donde me perdí en el metro, qué aventura para una chica de pueblo…





Y que hablar de esa arquitectura de embeleso, allí petrificados mi asombro y yo: la ciudad monumental y gallarda con sus museos, parques y movimientos artísticos por todos los rincones, esas expresiones de la ciudad viva. Esos altos rascacielos con luces de colores… La Madrid de una gente abierta y amable, gente de mundo la llamaba yo entonces.








Dicen que los relojes de las ciudades siguen la hora solar y en Madrid el sol marca la hora justa; cuando en Barcelona son las 12 en Madrid son las 11:30, “Ej que…eso es lo que dicen” “Es un poco como… vestirse de chulapo”. También dicen que en Madrid nadie queda en el km 0, solo los turistas. Recuerdo cuando comenté de tomar las uvas en Puerta del Sol y todos me dijeron. «Nosotros nunca hemos visto las campanadas en la plaza, ni hemos quedado allí para las uvas». Yo sí. Lo hice un año con una amiga de mi localidad, ¡nunca habíamos visto tantos turistas internacionales juntos y tan “apretados”! Y cuando dije de ir a comer bocadillos me dijeron que «Solo a los amigos de fuera les llevamos a comer bocadillos de calamares». La Madrid auténtica tal vez sea la de las gallinejas, entresijos y callos; barquillos y churros de San Ginés. Ese Rastro y esas cañas en la Latina, la quedada en la Plaza Mayor (la plaza del espectáculo desde el siglo XVI) pasando por ese arco de cuchilleros.




¿Sabéis que Madrid tiene una mina bajo una escuela de ingenieros? Por Madrid pasan ovejas y cabras desde la Casa de Campo a Ventas frente por frente por ese arco del triunfo de la puerta de Alcalá.




No todo se resume en una cuestión de conocer a personas en una ciudad también nos conocemos nosotros un poquito más a través de ellos.

¿Qué pensáis vosotros, la ciudad está construida desde la amistad o son los amigos los que hacen la ciudad?

¿Qué debe tener un lugar para convertirse en la ciudad de la amistad?

Ayudarme con las respuestas: La acogida, la amabilidad, el calor y la hospitalidad o tal vez, son los espacios, el entorno de sus plazas, plazuelas y plazoletas; callejones, callejas y calles; mercados y bares.

¿Son lugares que animan a la gente a ir o es la propia gente que vive allí la que te seduce? ¿Son los gatos (como les llaman con cariño a los madrileños) o los foráneos los que hacen que sea Madrid una ciudad de la amistad?

Abrazos mil.




16.5.17

SOMBRILLA ROJA EN CAMPOS DE TÉ








Agenda 2018. Un nuevo vivir sin sobre. Antes de que desaparezca la Gran Manzana y se fracturen las ciudades de piedra me dejaré sentir en lugares sin hora ni concierto. El itinerario con los puntos de inflexión necesarios para tejer mi telaraña soñada. Marcaré esos caminos que harán sentirme más humana. No importan días con sol o lluvia, pero los colores, y esos reflejos en los charcos, serán espectaculares. Vestida de rojo estaré entre campos de té y camelias, entonces todo será indescriptible. Volveré con estelas nuevas para mirarme.


(Microrelato presentado a concurso en Fundación Escritura Fuentetaja. Está inspirado en mi sueño de conocer algún día esa parte del mundo que es Asia: China, Vietnan...)



14.5.17

PRIMER VIAJE DE ROSA BERROS





Hola. Seguimos con nuestra sección de viajes hechos con la brújula imantada de tiempo y nostalgia. Es un placer montar estas entradas en mi blog; es emotivo tanto leeros como compartir el viaje después con vosotros. En el caso de esta compañera además he revuelto una biblioteca entera, ya lo comprobaréis. Para los que no seguís estos viajes comentaros que es una sección abierta a cualquiera que le apetezca participar con crónicas de su primer viaje, esas anécdotas y momentos inolvidables, y esas fotos de antaño. Hasta ahora han participado: MIGUEL PINA   MILANO NEGRO  XUS CLIMENT   JOSEP Mª PANADÉS

Y ahora quién nos trae su primer viaje es ROSA BERROS




Presentar a Rosa ¡oh, la, la! Qué puedo decir de esta leonesa a son de chanson: Una generosa rebloguera, carismática compañera. Historias son muchas las que te puede dejar, contadas y sin contar, y si no te aficiona, lo intenta. Escritores y directores deben de alcanzarla a ver, y contar con ella por esa pluma que tiene de exquisita finura en reseñas. Un ser transparente como Eristal; incansable torturadora del tiempo; sigue y comparte, comparte y comenta a un solo compás. Fábulas no, son historias las que te cuenta, las suyas, y con mucha curiosidad las que los otros le prestan, que pueden ser cientos de ellas, que digo, miles, y si no lee su blog  Cuéntame una historia,  te llevará de la tierra a la luna, le cambiará el universo a las letras.

Os dejo ahora con una jovencita Rosa y su primer viaje con su amor a ese París romántico. ¡¡¡Gracias compañera!!!




Era la Semana Santa de 1991 y, por primera vez, iba a visitar París. Fue el primer viaje que realicé con mi actual pareja. Por entonces, se puede decir que nuestra relación estaba empezando. Qué mejor lugar para una pareja en sus inicios que el romántico y luminoso París. 
El París que yo tenía en mi mente era el de toda la literatura que había leído a lo largo de los años. Una mezcla de mosqueteros, jesuitas, Martín Romaña y Octavia de Cádiz, la Maga buscando al niño Rocamadour, la Niña mala... Y, por supuesto, todos los pintores bohemios e impresionistas que imaginaba fumando en pipa en alguna buhardilla con vistas a la place du Tertre. En honor a la verdad, yo sabía que no iba a encontrar ese París, pero sí algo que me lo recordara.
El viaje se hizo en autobús y salimos de Bilbao el Miércoles Santo por la noche. Por problemas de tráfico en la llegada que lo retrasaron todo, no nos pusimos en el centro de la ciudad hasta cerca de las seis de la tarde, tras alojarnos en el hotel que estaba un poco alejado y hacer un par de transbordos en el metro.
Aquí se vio frustrada otra de mis expectativas que no era sino llegar a París y comer algo de la afamada cocina francesa, esa que es espectacular a base de sus tres ingredientes estrella: mantequilla, mantequilla y mantequilla. No sé si por lo tardío de la hora o porque no supimos buscar bien, el caso es que la cocina francesa no la probé ese día, pero terminé entrando por primera vez en mi vida ¡¡en un MacDonalds!!


Entre eso, el cansancio de toda la noche sin dormir y una lluvia menuda y fría que ponía la ciudad triste, gris y desolada, me encontré con que París no era París. En las Tullerías no estaban los mosqueteros y el Louvre era un caserón inmenso y gris que, en lugar de cobijar a Ana de Austria, te hacía esperar una cola de horas para entrar en unos pasillos atestados de gente, donde hubieras necesitado dos meses para empezar a gozar de sus maravillas. Me conformé con el arte egipcio, la Victoria de Samotracia, cuando conseguimos encontrarla, y la Mona Lisa que creí vislumbrar entre cientos de cabezas.
Los gatos habían huido de los tejados de Montmartre y a las buhardillas no se asomaban los pintores con su boina y la pipa encendida entre los labios, y empecé a sospechar que no era por el frío. La place du Tertre estaba tomada por turistas a los que artistas, que intentaban recordar a los de antaño, hacían caricaturas o intentaban vender dudosas acuarelas. Montparnasse ya no era el barrio que vio morir al niño Rocamadour, y Oliveira no se encontraba con la Maga en el Pont des Arts. Ni que decir tiene que el barrio latino ya no cobijaba la pulmonía de Martín Romaña ni su borrachera de Año Nuevo. No era el París en el que el peruano empezó a escribir su "cuaderno azul".
París no era literatura, sino coches y frío y lluvia y una ciudad de varios millones de habitantes, una de las más modernas ciudades europeas en los últimos años del siglo XX. No estaba obligada a ser literatura. No estaba obligada a mostrarse como yo la esperaba.
Fue un viaje de cuatro días en el que no tuve tiempo de ver todo lo que quería, y lo que vi no respondió a mis expectativas, pero no todo quedó ahí, sino que se complicó… un poco.

La víspera del viaje de vuelta a casa, mi pareja se encontraba tan mal en el Mercado de las Pulgas que, a media tarde, tras comer cualquier cosa, nos volvimos al hotel. Los planes que habíamos hecho para la última noche, cena incluida en lo alto de la Torre Eiffel, quedaron destrozados con la frustración correspondiente. Frustración que se nos quitó de golpe cuando, tras pedir un termómetro en recepción, comprobamos que la fiebre del muchacho ascendía a cuarenta grados con dos décimas y noté que empezaba a delirar. Aquí empezó mi calvario particular. Conseguí, con mi deplorable francés que me entendieran en la recepción del hotel y llamaran a un médico que, tras esperarle más de una hora, diagnosticó una tremenda faringitis y recetó unos antipiréticos y un antibiótico que, por la cara que puso, tenía que empezar a tomar ya. Yo tenía aspirinas y paracetamol, pero no tenía antibióticos, y si en España en aquella época los vendían en la farmacia como si fuera chicle, no ocurría lo mismo en Francia. 
Pero, aunque cerca (o eso creíamos puesto que en metro no se tardaba demasiado), estábamos fuera de París, fuera de cualquier sitio, en realidad, porque el hotel estaba en una de esas zonas de centros comerciales, cercanas a las autopistas, de las que abundan mucho en Francia. Resumiendo, para llegar a la farmacia, a la hora nocturna que ya era (como las diez de la noche), había que hacerlo con aviso de la policía. Es decir, yo avisaba a la policía y ella avisaba a la farmacia de que yo iba. Entre la factura del médico, que era el último día y el precio del antibiótico, no sabía hasta donde me alcanzaría el dinero que nos quedaba. El periplo fue el siguiente: en taxi a la comisaría, en coche de policía acompañada por dos gendarmes muy majos, hasta la farmacia, y regreso al hotel, ya con el antibiótico en mi poder, de nuevo en el coche de la policía. Los gendarmes se ofrecieron a hacerme de taxistas, cuando conseguí hacerles entender que no tenía dinero para los desplazamientos correspondientes.
Cuando ahora lo pienso, me parece mentira que hubiera que llevar a la farmacia una especie de autorización de la policía, pero puedo asegurar, tras vivir semejante aventura, que así era. No sé si seguirá siendo igual.
Cuando estuve de vuelta en mi casa y pude volver a pensar en el viaje con calma, me di cuenta de que había sido el viaje más frustrante y accidentado de los que viviría en mi vida (o eso esperaba), un viaje esperado desde hacía muchos años con enorme ilusión que sólo había servido para demostrarme que las cosas suelen ser menos luminosas o, sencillamente, muy distintas de lo que se espera.
He vuelto a París varias veces después de esta, y he vuelto a reconciliarme con la ciudad que se ha convertido en la segunda entre mis ciudades favoritas. He sabido aceptarla tal cual es y hasta he llegado a encontrarle la literatura que en mi primera visita se negó a mostrarme. Adoro París y, si hay una ciudad a la que sé que volveré, salvo imponderables de última hora, es a ella. Aún he tenido otra aventura sanitaria en París, pero esa la dejo para otro momento porque va a parecer que somos unos pupas.
Rosa ¿Y ahora que hago yo? a mí...no me pasó nada..., a mi me encantó París (la única vez que he ido) y desde entonces no me canso de escribir de ella. Bueno, a ver compañera si cambiando la brújula del tiempo y una musiquita apropiada descubrimos juntas lo que esconde París, esa ciudad que a pesar de “heridas sufridas, volverás (otra vez más) con el alma”. 







Acompañar a Rosa por esta capital francesa es como volar con ella bajo el cielo de París. Aladas cual musas envueltas en ráfagas de viento, planear y descolgar nuestras pisadas invisibles en las grises terrazas. Jugar por los tejados saltando chimeneas como danzarinas para después deslizarse por balcones y pasamanos de escaleras de caracol. Rosa buscará cuáles son los rincones donde ellos se esconden. Iremos abriendo ventanas donde la tinta se deje oler, por buhardillas o por bajos, como pequeñas musarañas doblaremos esquinas evitando los espejos. Saltar de puente a puente llevándonos la corriente. Por callejones estrechos, abriendo esos candados uno a uno hasta encontrarlos… Y por fin, Rosa deslizara sus manos por las cubiertas, los abrazará sintiendo en las yemas sus grabaciones. Y con la pasión de una nodriza abrirá sus páginas para revestirse con ellos: los libros escritos en París. 



París es la ciudad de los mitos literarios. La ciudad cultural del mundo para muchos escritores. En los años 60 estaba a la vanguardia de la modernidad; un paraíso para las letras para quien quería convertirse en escritor. Ciudad de la literatura sin prejuicios ni barreras creativas. Esas primeras novelas, esos barrios convertidos en suyos. Las cafeterías, los restaurantes baratos que evocarían sus historias. La inspiración de los barrios bohemios y los cafés literarios. Noches de cabarets y antros de humo. Los jardines de Luxemburgo, misticismo, donde la inspiración caía bajo la sombra de frondosos castaños y tilos. Escritores junto al río Sena paseando por su ribera o sentados en sus puentes.





La vida parisiense con su estilo y su carácter ha dejado su huella. Alejandro Dumas, Victor Hugo, Vargas Llosa y Julio Cortázar. Soñar en París… Viajemos a ese París de “Los tres mosqueteros”, de “Los Miserables” “Travesuras de la niña mala” y “Rayuela.”




“Los tres mosqueteros”. Alejandro Dumas

“D'Artagnan no poseía nada: la indecisión del provinciano, barniz ligero, flor efímera, vello de melocotón, se había evaporado al viento de los consejos poco ortodoxos que los tres mosqueteros daban a su amigo. D'Artagnan, siguiendo la extraña costumbre de la época, miraba a París como en campaña”…




“Desde hacía dos horas París estaba sombrío y comenzaba a quedarse desierto. Las once sonaban en todos los relojes del barrio de Saint-Germain, hacía una temperatura suave. D'Artagnan seguía una calleja situada sobre el emplazamiento por el que hoy pasa la calle d´Assas, respirando las emanaciones embalsamadas que venían con el viento de la calle de Vaugirard y que enviaban los jardines refrescados por el rocío del atardecer y por la brisa de la noche. A lo lejos resonaban, amortiguados no obstante por buenos postigos, los cantos de los bebedores en algunas tabernas perdidas en el llano. Llegado al cabo de la callejuela, D'Artagnan torció a la izquierda. La casa que habitaba Aramis se hallaba situada entre la calle Cassete y la calle Servandoni”… 




“Había que llegar hasta el señor de Tréville; era importante que fuera prevenido de lo que pasaba. D'Artagnan decidió entrar en el Louvre. Su traje de guardia de la compañía del señor Des Essarts debía servirle de pasaporte”…
“Descendió, pues, la calle des Petits-Augustins y subió el muelle para tomar el Pont-Neuf. Por un instante tuvo la idea de pasar en la barca, pero al llegar a la orilla del agua había introducido maquinalmente su mano en el bolsillo y se había dado cuenta de que no tenía con qué pagar al barquero”.





“Los Miserables”. Libro primero: "París en su átomo". Victor Hugo
“París tiene un hijo y el bosque un pájaro. El pájaro se llama gorrión, y el hijo pilluelo. Asociad estas dos ideas, París y la infancia, que contienen la una todo el fuego, la otra toda la aurora; haced que choquen estas dos chispas, y el resultado es un pequeño ser”.



“Este pequeño ser es muy alegre. No come todos los días, pero va a los espectáculos todas las noches, si se le da la gana. No tiene camisa sobre su pecho, ni zapatos en los pies, ni techo sobre la cabeza, igual que las aves del cielo. Tiene entre siete y trece años; vive en bandadas; callejea todo el día, vive al aire libre; viste un viejo pantalón de su padre que le llega a los talones, un agujereado sombrero de quién sabe quién que se le hunde hasta las orejas, y un solo tirante amarillo". 



"Corre, espía, pregunta, pierde el tiempo, sabe curar pipas, jura como un condenado, frecuenta las tabernas, es amigo de ladrones, tutea a las prostitutas, habla la jerga de los bajos fondos, canta canciones obscenas, y no tiene ni una gota de maldad en su corazón. Es que tiene en el alma una perla, la inocencia; y las perlas no se disuelven en el fango. Mientras el hombre es niño, Dios quiere que sea inocente... Si preguntamos a esta gran ciudad: ¿Quién es ése? respondería: es mi hijo. El pilluelo de París es el hijo enano de la gran giganta. El pilluelo ama la ciudad y ama también la soledad; tiene mucho de sabio”…



“Cualquiera que vagabundee por las soledades contiguas a nuestros arrabales, que podrían llamarse los limbos de París, descubre aquí y allá, en el rincón más abandonado, en el momento más inesperado, detrás de un seto poco tupido o en el ángulo de una lúgubre pared, grupos de niños malolientes, llenos de lodo y polvo, andrajosos, despeinados, que juegan coronados de florecillas: son los niños de familias pobres escapados de sus hogares. Allí viven lejos de toda mirada, bajo el dulce sol de primavera, arrodillados alrededor de un agujero hecho en la tierra, jugando a las bolitas, disputando por un centavo, irresponsables, felices. Y, cuando os ven, se acuerdan de que tienen un trabajo, que les hace falta ganarse la vida, y os ofrecen en venta una vieja media de lana llena de abejorros, o un manojo de lilas. El encuentro con estos niños extraños es una de las experiencias más encantadoras, pero a la vez de las más dolorosas que ofrecen los alrededores de París. Son niños que no pueden salir de la atmósfera parisiense, del mismo modo que los peces no pueden salir del agua. Respirar el aire de París conserva su alma”. 


“Travesuras de la niña mala”. Mario Vargas Llosa

“El día de la cita fue uno de esos días grises y mojados de fines del otoño parisino, en los que ya casi no quedan hojas en los árboles ni luz en el cielo, el mal humor de la gente aumenta con el mal tiempo y se ve a hombres y mujeres por la calle emboscados en sus abrigos, bufandas, guantes y paraguas, apurados y repletos de odio contra el mundo…Bajé por la estación de Saint Germain y desde la puerta de la Rhumerie la vi sentada en la terraza, ante una taza de té y una botellita de Perrier….El local estaba cubierto con la gente típica del barrio: turistas, playboys con cadenas en el cuello y coquetos chalecos y casacas, muchachas de audaces escotes y minifaldas, algunas maquilladas como para una función de gala. Pedí un grog”.



“Estuvimos callados, mirándonos con cierta incomodidad, sin saber qué decir. La transformaicón de Kuriko era notable. No sólo parecía haber perdido diez kilos, estaba convertida en un esqueletito de mujer, sino envejecido diez años desde la inolvidable noche de Tokio. Vestía con la modestia y el descuido con que sólo recordaba haberla visto aquella remota mañana en que la recogí en el aeropuerto de Orly por encargo de Paúl. Llevaba un sacón raído que podía ser de hombre y un pantalón de franela descolorido, del que emergían unos zapatos gastados y sin lustre. Estaba despeinada y, en sus dedos delgadísimos, las uñas aparecían mal cortadas, sin limar, como si se las hubiera mordido. Los huesos de la frente, de los pómulos, del mentón, sobresalían, estirando la piel, muy pálida y con los visajes verdosos acentuados. Sus ojos habían perdido la luz y había en ellos algo asutadizo, que recordaba a ciertos animalitos tímidos. No tenía un solo adorno ni el menor maquillaje”. 



Rayuela, cap. 1, 31 y 68. Julio Cortázar

“¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual  era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico”




 “Y mira que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente. Como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos, y entonces primero cosas como estrellas amarillas (moviéndose en una jalea de terciopelo), luego saltos rojos del humor y de las horas, ingreso paulatino en un mundo – Maga que era la torpeza y la confusión pero también helechos con la firma de la arena Klee, el circo Miró, los espejos de ceniza Vieira da Silva, un mundo donde te movías como un caballo de ajedrez”…




“¿Para qué nos vamos a engañar? No se puede vivir cerca de un titiritero de sombras, de un domador de polillas. No se puede aceptar a un tipo que se pasa el día dibujando con los anillos tornasolados que hace el petróleo en el agua del Sena. Yo, con mis candados y mis llaves de aire, yo, que escribo con humo. Te ahorro la réplica porque la veo venir: No hay sustancias más letales que esas que se cuelan por cualquier parte, que se respiran sin saberlo, en las palabras o en el amor o en la amistad. Ya va siendo tiempo de que me dejen solo, solito y solo”.. 


“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias”. 


"Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso."


Y hasta aquí este inolvidable viaje con Rosa. Maravilloso este recuerdo de París. Ha sido emocionante y laborioso recuperar estos párrafos literarios, y sobre todo leerlos e identificándolos con mi viaje a París. Espero que os haya gustado, y ya sabéis, estáis invitados a contar vuestro PRIMER VIAJE, esas anécdotas y momentos inolvidables con esas fotos de antaño. Estaré encantada de acompañaros en el recuerdo. Un abrazo fuerte.



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