3.12.19

DONACIÓN A LA JAPONESA







—Tipo raro ese nipón —añade el camarero mientras el mostacho de pelo le timonea la calva—. Masaiko José  —engulle la risa—  venía, no a beber precisamente, ¡el muy cabrón! Quedaba aquí con El Cachopin. Están juntos ahora en Tokio, ganando mucho plantan-dó arbolitós. Maricones.

—Ya sé suficiente.

La mujer aprieta los ojos mientras suelta su cerveza y cinco euros en la barra. Se despide con un amago de sonreír tirando de su bolso.

—Una mujer potente, siempre que se la vea de espaldas, “jjj-stup” —murmura el camarero sonriendo y escupiendo sobre un trapo mugriento que coge de la cintura para restregar sobre la superficie de la barra.

Coral Tsata, nerviosa, fuera del antro, aplasta el índice sobre su diminuta nariz alzada; abre las dos grandes depresiones nasales y expira el aire contenido. Pasa el dorso de la mano limpiándose y se abrocha hasta el cuello su chaqueta de piel sobada. Quiere recuperar lo que le debe. Era el último sitio que le quedaba por preguntar. Por fin esa pista. Al otro lado del mundo.

*

Catorce horas de vuelo para rendirse a una aventura titubeante. Tsata intenta entrar al vagón del tren Express; arrastrada por una marea humana y por dos tipos de la estación que empujan para embutirla en el interior. Allí queda. Empotrada en una esquina, donde le aplasta un ejecutivo descoyuntado, cabeza en hombro. Parada de Yuracucho. Camina entre garitos, comensales de pescado crudo y carne de vaca cocinada a soplete. Es la periferia de Tokio.

Entretanto, en una estancia construida de papel japonés, un nipón con ojos tritón punzonea unas diminutas raíces. Tijeras, tenazas, aparatos diversos, se exhiben junto a una hilera de arbolitos con un sofisticado gotero. Rictus oriental sostenido. Un trabajo de sudor y sangre a partes iguales.

Llueve. Tsata llega a la casa de huéspedes. La dueña Sonrisa de maniquí le enseña su habitación sin decir palabra. La abandona allí, empapada. Sobre el tatami, un zabuton. Cae exhausta. Vuelve a leer un trozo de papel. Arrecia la tormenta. «Concurso de bonsáis en el museo de arte metropolitano». Pudo encontrarlo.
  
Otra noche. El sueño se repite. Él perseguido entre luminiscencias. Cae y desaparece. «Tranquila. Tú espera. Tu inversión nos hará ricos». Sus últimas palabras.

*

La foto de Masaiko ladea en el cartel del concurso. Grandes gafas aúpan su ceño. Tsata espera en la calle. Al salir lo sigue. La lluvia irreverente empaña toda visión. Solo bruma en la jungla de neón.

—Anata wa nandesuka?
—¿No… no habla español? —pregunta ella.
—¿Quie usté? —insiste sin dejarla pasar.
—Necesito información.
Saca zapato… ¡punta, así! —dice colocando sus botines de tacón hacia la puerta.
—Vengo de Madrid. Creo que conoce a Damián Fresco.
—¿Uoei?
—El Cachopín.

El japonés se encoje y desaparece. Ella curiosea lo simple del lugar: paneles de madera, pergamino, cojines, una banqueta y una cortina custodiada por un dragón. Cuando intenta mirar…

—Wabi-sabi —murmura con un vaso de sake.
— ¿Qué? Aah, gracias —desconcertada toma el vaso que le ha dejado en la banqueta junto al bonsái.
—La beleza… de una vida no buena —murmura el japonés señalando el arbolito.
—¿Sabe dónde? ¿Cachopín?  
—¿Conozco? ¿Viaja sola? —le suelta con un aliento a pescado rancio. —Venga mañana —exige el japonés abriendo la puerta.
—¿Hora? —señala, golpeando la muñeca —¿a las cuatro?
—¡Nooo! No cuato, nunca cuato. Mala suete. Cinco, bien. ¡Plom!
Kimono siniestro de manos afiladas.





Tsata sale escopeteada, enfrentándose a la ciudad asfixiante. Deportivos tuneados ariscos al silencio. Un anciano sonríe disfrazado de niña. Ella doblando al primer yokocho que encuentra. Sigue el cablerío de la red eléctrica hilvanando edificio tras edificio. Bajo el viaducto, un restaurante. Libre una mesa. Cerca dos japoneses sorben fideos. Temblorosa, pide lo mismo y señala el primer cartel que ve —¿“seiniku-ba”?  (Acaba de pedir carne cruda de caballo). En la parrilla gira una salamandra. El sonido a disco viejo de música la aleja del chirrío de los trenes de la línea Yamanote.

Mañana Masaiko, habitual de Kurobei Yokocho, irá al callejón del muro negro. Dirige allí un laboratorio clandestino de abono orgánico a partir de sangre de cerdo financiado por el Yakuza, el crimen organizado de Tokio.

*

El kimono del nipón está manchado de sangre en las mangas y en los bolsillos. Ella, calada hasta el tuétano acaba de llegar. Tsata amueca los labios sin quitarle la vista de encima. Él corre la cortina draconiana. Ella ve un cerebro y un hígado en una bandeja, un circuito de tubos, pequeñas plantas en macetas. Masaiko advierte su curiosidad.

—Momento…—mueve la mano arriba, luego baja —Y beleza.
—¿Qué… qué es? —traga saliva.
—Tekunika: alaga vida y da coló único. Azaleas como univeso. Solo yo sé.

Siente un escalofrío. No quita la vista de una jeringuilla que él acaba de coger. Tsata retrasa uno de sus pasos. Tropieza. Unas tenazas de podar quedan bajo sus pies. Una tanqueta libera un líquido rojo que entra en un depósito y sale amarillo a las bandejas de los árbolillos floridos. El pánico gravita.

—Impotante tiempo. Óganos calienté en cuepo. Sale sange a azaleas…—dice mientras se le acerca. —No necesito tu sange —prosigue.

 El japonés le da un bonsái de azaleas amarillas. Sobre la banqueta ahora dibuja algo. Masaiko le acerca un pliego de papel arroz. Ella coge todo. Él la obliga a salir. Ella lee.

 
あなたの豚の血を運ぶ
Lleva la sangre de tu cerdo





24.11.19

CHITICALLA









Los rulos se los coloca con la destreza de costumbre mientras que repasa mentalmente la lista.

—Sopa, rape, escarola, pan.

El secador se desliza sobre el cepillo redondo desgarrando la finura de sus cabellos. Intenta ponerle volumen a su inflexible coronilla. Le humea un solo pensamiento.

—Huevos, pollo, fideos.

Mira de reojo. Un recorte rápido del flequillo. Se le enojan las cejas y se le eriza el cogote. Hoy llega él más tarde de lo habitual.

Ella cierra los párpados y empequeñece la mirada. Se muerde el labio escondiéndolo entre los dientes. Sus manos dejan caer el cepillo y se posan sobre la silla. Se sienta cruzando las piernas. Baja la cabeza y aprieta los labios. Sigue inmersa en su callado silencio.

—Ajo, estramonio, cianuro.

Él se va a dormir. Cuando comienza a chirriarle los dientes, ella sigilosamente con pisadas cortas se levanta de su lado. Sus puños cerrados se abren y termina de devorar su bocadillo de humillación. Va hasta el sillón de sus noches, coge la manta eléctrica y guarda su TOC en el cajón junto a los rulos y restos de cabello.



Ilustración de Cachete Jack

17.11.19

RELATO CON FONDO










Somos una familia rara. Nos apodan Los Duendes y no pensamos extinguirnos. 

Nadie ha ido más lejos sin salir de casa. Nos empleamos a fondo. Ayudamos a salir de aquellos hornos a los de la estrella de David cuando los nazis ocuparon nuestros dominios. A Frodo se lo presentamos nosotros a Tolkien. Aunque después no contó en su libro de quién era hijo verdaderamente el Bolson aventurero. El caso fue que encontró el anillo en nuestros dominios, muy lejos de esas montañas nubladas. Y no hace falta esperar a 2030 para conocer los habitantes de Marte. Ellos viven entre nosotros desde hace tiempo y son los antecesores de muchos de los que presumen en la superficie de ser normales.

Nuestros descendientes están ilusionados con estos grandes logros de nuestra estirpe. Y sin miedo alguno a desvelar nuestros secretos de la existencia humana. Ya han comenzado a subir y bajar por las galerías ocultas del metro quienes nos ayudarán a darle luz necesaria a la nuestra. 

Colocan ya los espejos. Han llegado las buenas personas con mirada de cristal de luna. Ellos nos están aconsejando cómo debe entrar la iluminación en toda esta profundidad donde vivimos. Así conseguiremos que la gente pase su vida de estación en estación más felices. Y sin dudarlo se vayan quedando para siempre. Para cuando Venecia se hunda y floten las magnolias, ya se habrán venido una mayoría a vivir con nosotros. Confiamos. También lo harán todas las hormigas y las abejas. Lo deseamos. Cuando arriba se termine por apagar la esperanza, mueran los temores y se ahoguen las incertidumbres, aquí se alumbrará el futuro y entonces, sonreiremos.

Cuadro de María Blanchard