18.9.18

EL VERDILLO. EL SALVADOR








«Ya no resbalaré más en el barro de este país». Era su pensamiento mientras terminaba de limpiar sus botas para dejarlas allí, en aquel rancho, junto a la mayor parte de su exiguo equipaje. Le rodeaban los cuatro niños. Sentada en la hamaca, la que había sido su cama durante tres días, pensaba en la despedida. Metió sus dedos entre el calado de nailon de la hamaca y comenzó a juguetear en silencio. La niña más pequeña la miraba con una sonrisa traviesa, estaba feliz, su madre le había puesto su único vestido, uno blanco inmaculado con volantes en la falda, y la había calzado. La hermana, más tímida, se escondía en su gran moño rojo. Era fiesta para ellas. Solo los dos niños seguían descalzos, el mayor sin camiseta con sus amuletos colgándole del cuello. Así solían estar todos los días, acostumbrados a sentir la lluvia en el pecho y las raíces bajo los pies.
Un par de semanas después ella cruzaría la frontera, ya no volvería a ver a esta familia. Había obsequiado una ofrenda al destino y ella solo se dejó llevar por él, como lo hacen las luciérnagas en la noche oscura de la estación seca tropical.

*

Meri tenía un espíritu joven, chispeante; se sentía como una botella de cerveza tumbada después de caer boca abajo y que estaba a punto de abrirse. Sobrada de ilusión por iniciar una vida en solitario. Andaba colocando un pie delante del otro, uno inconsciente y el otro deliberado. Ella sentía que debía hacer este viaje; llevaba organizándolo desde hacía meses. Entre paso y paso, se paraba, mantenía su equilibrio como una trapecista ciega en el alambre y tanteaba entonces en el aire razones que le dieran fuerza a sus convicciones. Le bastaba poco equipaje, considerando que llevaba un saco invisible rebosante de dudas que, si hubieran sido de metal, la hubieran retenido sin vacilar en el puesto de control de la aduana. Cuando salió de España se sentía aún contenida en la presión de los años de estudiante y en la tensión de lo que había sido su primer trabajo, una cosa llevó a la otra y demasiado rápido.

En cierto modo, Meri al planear este viaje se quería quitar ese sentimiento de defraudada y frustrada que tenía últimamente.  Muchas cosas le habían ocurrido: una carrera interminable y la decisión de dejar su trabajo tras cuatro años. Pero tenía la corazonada que este cambio radical a su vida, lo cambiaría todo, sin saber el porqué. A sus veinti largos años, le seducía adentrarse en un mundo desconocido: un pequeño país centroamericano, fuera del círculo exótico de las zonas tropicales y del turismo masivo. Un lugar lejano donde pudiera deshacerse del apego, el miedo, el amor, el odio y la ira. No podría borrarlos en tan poco tiempo, pero al menos lo intentaría. Necesitaba buscar otro sentido a su vida y lo haría como cualquier germen de trotamundos que comienza.
Su historia comenzó en la estación húmeda de estas latitudes, justo cuando comienzan los diálogos de luz entre las luciérnagas, en el silencio de la noche.

*

Una falda larga estampada al estilo hippie, unas botas de cuero de montaña desgastadas y una mochila con arnés se hundirían con ella en el lodazal de aquel anochecer. Había llovido fuerte durante el día y aún lo hacía, pero menos, y a pesar de que eran las siete, allí era tarde ya; estaba nerviosa, se había quedado sola esperando, sola, en un lugar que no llegaba a distinguir más allá de un camino de tierra encharcada y unas plataneras. A lo lejos vio acercarse luces y se preguntaba si era el conductor de la camioneta, quién la llevaría a la aldea. La coordinadora de la organización repartió en diferentes aldeas a las cinco voluntarias. La mayoría iban de dos en dos, nadie quiso ir sola. Tal vez la confianza, la propia ilusión por lo desconocido, no le hicieron dudar a Meri. A ella le movía desde que salió de viaje ese sentir del altruismo fraternal, la solidaridad bien concebida. Su labor sería enseñar, lo que había hecho durante los últimos años. Creía que podía aportar mucho de su experiencia en aquel lugar y no necesitaba a nadie para hacer esto.

Había dejado de llover y a pesar de ser de noche, hacía un calor húmedo insoportable, Meri notaba que los pies se le ahogaban. Las botas de piel se habían pegado a sus tobillos como dos argollas, y llenas de barro, pesaban como si arrastrara dos peanas de cemento. Había sido mala idea ese calzado. Sus rizos los sentía como goteras sobre los ojos y la nariz. La ropa la llevaba mojada. La camiseta con el sudor y la lluvia la tenía pegada a la piel; la sentía como si estuviera dentro de un bote lleno de babosas, que no podía separarlas de la piel.

El vehículo paró. El conductor se llamaba Miguel, se presentó como líder de la comunidad “El Verdillo”. En silencio cogió su mochila y la subió a la camioneta. Tenía el rostro gentil, con piel y ojos muy oscuros, con un bigote poblado que le hacía destacar su nariz aguileña.
Al montarse en el vehículo,  Meri vio que el lateral estaba agujereado, parecía un colador. Ni lo pensó, subió y cerró la puerta. La camioneta arrancó...






(la preciosa foto es del fotógrafo japonés Yume Cian)