7.3.19

PULIR CANTOS










      Lo blanco fue negro. Un fuerte viento trajo entonces la lluvia al amparo de la madrugada. Él estuvo vociferando, le dejaba su saliva pegada en la cara. Ella, impávida, quieta, con sus brazos ceñidos a su pecho y a su cara. Sus figuras se encontraban frente a frente, solo una sentía los latigazos del pánico, la que entonces escapó.


     En esa inmensidad de agua, ella intentaba que los pensamientos le rumiaran, se fueran por un instante de su cabeza y la espuma de ese mar se deslizara por la arena, subiera por sus piernas hasta inundarla. La mirada de ella ausente en la orilla. Había tenido una sombrilla de colores siempre girando a su alrededor. Todo le había ido acompasado: pareja, familia, trabajo, amigos. Ahora se enfrentaba a ella misma y con un mazazo ajeno. Se sentía culpable, machacada, a expensas de un viento impasible. El mundo se le derrumbaba. Ese mar socavando la orilla arrastraba piedras y dejaba herido todo el margen de la playa. Agarró el otro lado de su conciencia, la que aún no estaba dañada, empezó a presagiar que la marea negra se iría envuelta en ese vendaval de sentimientos, emociones y contradicciones. Ahí, frente a ese mar, el desprecio se le izaba por el interior de su talle. Su alma se le había revelado. Nadie más la confundiría, no podía renunciar a ser.


     Su identidad como mujer. Ahora ya no se disgregará como esa tierra que toca el agua de la orilla. Ha recuperado algunos de los reflejos para ver la transparencia de las cosas. Estará siempre frente a esa inmensidad y ese fondo. Un lugar para pulir cantos.