16.7.19

ALIENTO DE DIOSA









Nada más entrar un ojo de cielo atraviesa la ventana circular de la cúpula. Marta queda hechizada por la luz. Viéndola ahí, quieta, cualquiera diría que ha perdido la conciencia.
«Allí arriba Júpiter se tiene que aburrir como una ostra. Ya imagino a la inteligente Minerva mirándole con muecas divertidas; seguro que le convencerá para que ceda a algunos de sus caprichos». Ella sonríe, habla para sí misma mientras permanece embebida por el óculo.
Y efectivamente, la vida en el cielo transcurre muy animada.
Minerva con sus juegos de arte entretiene a Júpiter y a las hijas de Pandora. Siempre que puede los complace con una ficción divertida. En este caso, están jugando a las dominas, un pasatiempo que tiene una gran influencia en el cosmos. Emociones de dioses que se manifiestan en el plano terrenal y más de uno sabe que se producen encuentros muy significativos con los humanos.
Las piezas del juego son de alabastro; unas bellas estatuas romanas con delicada indumentaria y peinados sofisticados de rizos y bucles. Esculturas que fueron rescatadas por Minerva. Unas tallas que estuvieron presas en las sombras proyectadas del reloj de Augusto y que la diosa les da un soplo divino de vida cuando se le antoja.
Desplegada la alfombra mágica: el tablero de juego. Es la gran ciudad de Roma. Año 2019. La diosa pone en juego a dos piezas, las coloca sobre la ciudad.
Esta diversión ha comenzado en la plaza de La Rotonda. Las dos primeras dominas son Verania y Cornelia que yacen en el suelo rodeadas de gente. Se las ve levantarse poco a poco; cautivadas por el miedo y la perplejidad. Comienzan a mirar extrañadas a su alrededor y descubren el maravilloso Panteón de Agripa, templo de todos los dioses, su gigantesca cúpula y justo delante de ellas, el obelisco de Heliópolis. Oyen a duras penas un murmullo de una fuente que allí nunca existió. 

Es mediodía y el aire huele a extraños perfumes. Hay una muchedumbre a su alrededor, pero solo escuchan en la plaza un silencio hueco, irreal. La gente no repara en ellas… No hay soldados romanos, ni senadores; nadie viste con toga.
Las dominas intentan caminar; excluidas de ese ir y venir del caleidoscopio viviente, de clics de cámaras, gritos y autofotos.
Verania mira sus sandalias de tacón, las ve mojarse en un suelo que no es de losas reticuladas de basalto y travertinos. Un pequeño reguero de agua llega hasta las escaleras del templo. Frente a las columnas hay dos carros tirados por caballos. Ella sonríe. Se acerca rápido, pero parece desconcertada. No ve rastro humano que le resulte familiar. «¿Y los oficiales de caballería? ¿No hay esclavos que estén aguardando? tampoco hay palanquines» —ella interpreta qué algo ocurre.
La domina Cornelia se ha quedado petrificada —más si cabe—. Se tapa los ojos. Tal vez todo sea un sueño. El gentío le asusta. Recodará toda la inseguridad que tenían esas calles de Roma y entonces corre, corre hacia el vestíbulo del Panteón. Allí, bajo las columnas, abraza su cuerpo; agarra el manto y su colorido chal bordado. Se tapa con ellos, como si de una escafandra se tratara y pudiera protegerse dentro de ella.
Verania sigue patidifusa. Rodea el edificio mirando las casas que están junto al Panteón, las observa; son muy diferentes en formas y color. Las fachadas no son del blanco que tal vez ella recuerde. Repara en un edificio amarillo ¿quizás crea que es una ínsula romana?. «¿Dónde están los muros de arenisca?, pero si ¡hay luces y cristales en las ventanas!… y allí, creo que… no alcanzo a ver los criados, ni a los obreros que viven en los últimos pisos. No hay aguadores subiendo ánforas a las casas, nadie tirando agua por la ventana. No hay letrinas en las calles… Los caldereros y sus martillos no se escuchan… ¿Dónde están los comerciantes de Oriente? ¿y las casas de patricios con sus hermosas galerías de columnas junto al templo? No lo creo.., esto no es real. ¿Y Cornelia dónde está?» ¡Cornelia!
Ya en el pórtico, Cornelia abraza la columna corintia. Su frente y su pelo de ondas rozan el frío granito egipcio; mira asustada hacia el arquitrabe del atrio e invoca a Venus. Se adentra en la sala circular del Panteón buscando la diosa. Gente, gente por todas partes.
— ¿Y los dioses?…. ¡¿quiénes están en sus altares?!— grita desconsolada Cornelia.
La diosa Minerva y sus acompañantes observan divertidos a través del óculo de la bóveda. La luz del sol se desliza brillante por los casetones de la piedra volcánica. Ven todo lo que ocurre dentro. En cambio, el gentío mira hacia arriba haciendo caso omiso a su alrededor, como si de una bóveda celeste se tratara la contemplan extasiados.
Verania acaba de entrar. Ella sabe que el Panteón sufrió incendios y casi quedó destruido, también que se reconstruyó para celebrar la victoria de Augusto sobre Marco Antonio... Algo insólito ha pasado.
— ¡Marta! ¡Marta!
— ¿Qué? ¿Qué?.. ¡Sshh! no se chilla aquí dentro…
— ¡No te encontraba! Dijiste que estarías una hora y llevas media mañana. Todavía queda mucho viaje por hacer. No vamos a estar aquí todo el día. Yo no sé que le ves a esto, un simple panteón con un agujero en su cúpula.
—Bueno… sí… vamos…
Salen del monumento atravesando calles, callejuelas, pasadizos y arcos entre edificios coloreados. Hay columnas tragadas por las fachadas de cemento.
—Marta —Álvaro insiste— esta ciudad es una pura ruina, nada se sostiene. No hay colores... Apenas quedan vestigios de la Roma imperial, solo piedras sobre piedras y un armazón desmantelado de lo que fue el anfiteatro ¡valiente decepción!
—Roma es eterna  —revela ella.
—Lo que tú digas. ¿Nos comemos una pizza?.





Emerencia Joseme
#historiasdeviajes


14.7.19

MUDA DE VOLUNTADES











Dijeron: «Corred, corred, hasta que la tierra deje de existir bajo los pies»

Por última vez él acaricia su vieja radio de lámparas. El molino de viento que la cargaba ya no existe. El anciano nunca acabaría esa barca que quedó sola entre los riscos; el oleaje terminará destrozándola. Él nunca terminó de leer aquella novela de ballenas y tempestades; la dejó olvidada. Todavía se arrepiente de no haberlo hecho.

La torre prismática con cúpula roja ya no es la que era. El anciano la mira de lejos; acompasa su macula a la distancia, ladea su cara hacia un lado, después el otro. Una vez más el faro le deja entrar y ver los cristales de su linterna. Sus dedos pulgar e índice se le escapan; él los persigue en un plano a diferente tiempo. Las manos parecen sentir la junta de los cristales; acarician toda la superficie descubriendo quizás aquella inoportuna entrada de aire. Los dedos, hábiles, se pegan a esa textura plástica de la masilla y unen las zonas deterioradas… El anciano tiene sus manos en alto; intenta coger todo el faro. Vuelve su vista de nuevo al oleaje que rompe bajo sus pies.

Sus ojos se han ido desgastando, pero aún perciben lo suficiente para saber que la profundidad del océano le llama. El anciano ha compartido sus fuerzas con él y su inmensidad, agradecida, ha revelado siempre sus propósitos. No hubo naufragio en su costa mientras él estuvo.

El torrero —así le llaman al anciano— acaba aquí su viaje. Espera a ser engullido. Se ha encendido la luz del faro por última vez. El aparato óptico, ahora automático, brilla para el momento.

«El tiempo se presenta bravío. El océano acabará levantándose con un fuerte oleaje que irá en aumento. El viento no se acunará esta vez en la costa, pero sí lo hará en altamar y arreciará tanto que se tragará la tierra». El torrero prepara el último informe meteorológico, su último registro.

«El que creó descrea porque tiene el poder» se lo dijo el océano. También le dijo:

«Cambiaré los tiempos y sus vientos. Mis tormentas arreciaran más y más. Me elevaré sobre la tierra hasta hacerla desaparecer; se quedará enterrada en mis profundidades. Tu memoria desaparecerá para siempre y nunca más sabrás que estuviste aquí; quedará en tu mente como una radiografía de lo que fue entonces. Tu cuerpo se irá alargando. Los brazos y piernas se te acortaran y se convertirán en aletas. Hay quién engrosará la piel y en selkie se convertirá. Y a otros les saldrán escamas; serán sirenas con pulmones plegados. Todo alma errante en la tierra se volverá al agua lo mismo que lo hicieron delfines y ballenas. Que este mensaje se extienda por todo el universo». 

Se deshielan los glaciares. Poco a poco las fisuras oceánicas se separan y empujan las masas salinas sobre el continente absorbiéndolo por completo. Las burbujas de aire crean grietas y cavidades a capricho. Se derrumban las cuevas. Los islotes navegan arrancados de su eje primario; vuelven a sus orígenes. La luz se fractura, queda roto el arco iris.

Las aguas, aquellas que fueron mensajeras del límite, ahora son un caldo salino que corroe, desmenuza la tierra capa a capa, grano a grano, para cubrir los fondos y edificar su reino. Habrá un tiempo donde se hallaran construcciones de piedra volcánica; arcos y cúpulas fosilizados de arena cubiertos con algas y arrecifes. El alzado de columnas de basalto sobre paredes de conchas. Los supervivientes nadarán siguiendo senderos de setos de madréporas. Un jardín multicolor de algas asomará entre los sargazos y las posidonias.

El torrero espera paciente en su cabo, a espalda del monolito de piedra. El faro alumbra la altura del anciano dejando caer su sombra al precipicio. Sobrecogido, con miedo ausente, mira a la costa. Espera el abrazo del océano. El viento arrecia y la ropa se le deshace en jirones. 

Hay un oso polar que vaga, solitario, entre las rocas de la playa.


Emerencia Joseme
#historiasdeviajes



9.7.19

UN GIRO DE EMPATÍA













Antes de abrir la puerta se agarró la nuez 
y aplastó las amígdalas sobre ella.
Cada día fingía ser una persona diferente.
Hasta ahora le había ido bien.
En cuanto bajó la manivela, la batiente cedió, dio una vuelta de campana sobre su eje y él se tragó la nuez.
Ese día la puerta se cansó de ser ella misma.