5.11.18

LA HABITACIÓN FLOTANTE






Siempre pasaba frente a este edificio de camino a casa. Volvía de la oficina con el ronroneo diario de lo que había sido la agotadora jornada laboral y acercándome al número 4 de la calle Sister, el impulso de mi cuerpo se empezaba a ralentizar. Y aquí, justo aquí, se paraba.

Esta inercia ¡paf! me hacía olvidar todo cuanto traía en mi mente. Admiraba las balconadas corridas en el frontal y las contraventanas de madera blanca, su filigrana en las barandillas y ese portal de entrada. Una entrada con un viejo escalón de mármol gastado en su parte central. Era la nota principal del tiempo: miles de pisadas de acceso y salida, de espera en días lluviosos o de fuerte viento de terral. Y un día, ya no pude evitar mirar adentro. Traspasé la enorme puerta de madera y entré en el zaguán. Había unos dibujos infantiles en ambas paredes que me recordaban los de la pastelería que solía frecuentar con mi madre y una puerta acristalada con esquinas caladas y detalles grabados que daba paso a la intimidad del edificio. Esta entrada también era abierta. Delante había un viejo ascensor y una escalera de mármol blanco con un pasamano de hierro pintado a juego. Había un gracioso detalle de madera al comienzo de subir, era un angelote sonriente… Casi podría pensar que al mirarlo me quería contar un secreto. Con esa invitación volví a mi casa.


 



Pasaron algunos años, años en que la crisis económica dejó mella en mi empresa. Me quedé sin trabajo durante un tiempo hasta que por una suerte casual volví a este portal. Comencé a trabajar en el 4º piso de ese bloque de viviendas de la calle Sister. ¿Qué influjo, reflujo, embrujo me llevó entonces a entrar la primera vez en este zaguán? Porque desde el momento que empecé a trabajar aquí mi vida cambió. A partir de ese instante me vi muy diferente de cómo era. Siempre me había considerado una mujer bastante aburrida, apática, negativa. No sé si fueron las escaleras de mármol, el angelote, las paredes altas de mi lugar de trabajo o las hermosas contraventanas que parecían abrirte al mundo. Alguno, o todos, me habían corrido las cortinas a una vista diferente de mi vida. 



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Subir y bajar era un pulso divertido y estimulante cada mañana. Siempre subía por las escaleras saludando a ese ángel sonriente. Era divertido encaramarme al trabajo tocando la suave barandilla e ir cliqueando todos los viejos interruptores de luz de cada piso. Pasado el tiempo descubriría que el ascensor (que desde el principio me produjo un gran rechazo) me cambiaría la percepción de la realidad. Este “levantapiés” tenía la madera parecida a los féretros antiguos y con un olor peculiar a medicamento, en cierto modo me producía estremecimiento. Meterme dentro de este cajón era como hacerlo en una vida que agoniza.

Un día me fijé más en él. Algo me atrajo: sus detalles. Su señalización de subida y bajada era media esfera de reloj que marcaba el número de los pisos; después traspasé la cabina y miré dentro de la caja. Entonces vi sus molduras, la lámpara en su interior, su espejo y su silloncito. Una pieza de arte, por donde no había pasado lija por sus maderas, conservaba toda la pátina original. Estaba diseñado para decorar. Un ingenio que subía a personas y que además estaba creado como una antecámara, un pequeño recibidor de una casa. Parecía una habitación flotante. Un capricho muy costoso en su tiempo. Una exclusividad de gente antojadiza que dejaba en los pisos bajos a las personas más menesterosas y como no, a la portera. Un artilugio que pertenecía a esos tiempos en que no se dependía tanto del fluido eléctrico, había gas, incluso carburo y acetileno. Por increíble que pareciera me sorprendió mucho descubrir este noble cajón y, sobre todo, pensar que él era la razón de que existan esos enormes rascacielos y como no, algunas películas de terror. Mi recelo del comienzo estaba más que justificado. 



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Desde el momento que empecé a utilizar esta habitación elevadora algo inesperado pasaría. Cada vez que entraba y me sentaba en su viejo sillón me sentía que cambiaba. Si entraba triste salía sonriendo, si entraba enfadada con solo abrir su puerta ya cambiaba mi expresión, unas veces bastante y otras menos, me sentía distinta. En su interior frente al espejo, el tiempo era como si fuera hacia delante y otras veces, lo sentía que iba hacia atrás. Había algo mágico. Mi reloj dejaba de hacer tictac. Al principio no me di cuenta, era algo sorprendente, no me lo podía creer. Pasaron los días y establecí un vínculo especial con aquel ascensor.

 


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Después de terminar mi jornada laboral entraba en aquella salita especial y me dejaba llevar. Cada día ocurrían cosas diferentes, veía situaciones inesperadas de toda la gente que había subido y bajado; me había convertido en un testigo de cuántas situaciones puedas imaginar. Vi personas y personajes, animales y animalajes. Escuché de todo. Palabras y palabrerías. Pedos y pedanterías. En su interior se habían tramado divorcios y se habían fraguado sueños de casados. En las paredes podías ver escritos lamentos y sollozos, fechas y fechorías, se escuchaban gritos de alegría, de orgasmos, de miedos y supercherías. A unos les había dado un infarto, a otros una bajada de tensión. Este elevador, que bien podía ser una invención de Arquímedes (“Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”) me tenía como hipnotizada. Cuando pulsaba sus botones era como si subiera y parara en un rellano del tiempo. Un día no quise parar y me dejé llevar por un viaje donde me perdí más allá del último piso. La luz se apagó entonces, la media esfera dejó de funcionar y el espejo se esfumó. Me di cuenta entonces que mi rutina y la vida que había llevado no era más que una fase de esa maquinaria imparable del tiempo, recobré mi consciencia y salí de ese SUEÑO. Había estado encerrada en aquella caja a-temporal donde perdí mi reloj de pulsera. No me importaba, al fin era libre, logré adueñarme del secreto que había guardado el inventor dentro de aquella habitación flotante: SUBIR Y PERDER LA NOCIÓN DEL TIEMPO.