21.1.18

DOS TRAZOS EN SU SILENCIO







Está en juego una existencia, la mía, y no escucho argumentos para que la sentencia pueda tener algún atisbo de decencia. El pronóstico es ya un naufragio sin supervivientes. Van a condenarme a la trinchera de los caídos relegados al olvido. Pesa el tiempo, siento los minutos como granos de sal humedecidos y no aguanto más a este albacea. Valiente defensor… un jurista con voz mortecina, con esos sonidos guturales que salen quebrados en cascada, arrojados por noches abrazadas a ansiolíticos. Qué desolación tener la vida exhibida en estas manos, las únicas huellas que dejan son su sudor a cada cadencia de argumento. La mesa se estampa de marcas digitales en una constreñida graduación. Mi final: papeles sin presentación, ni nudo, solo un desenlace. Escucho en mi lejanía a un confiado fiscal que ha renunciado a buscar justicia, con su rostro hierático y un discurso fiel a la alianza de los magistrados. A mi derecha, ese jurado, aquellos que realmente van a decidir sobre mi vida, ahí quedan, ignorados e ignorándome. No existe un ápice de apelación a motivaciones, solo banalidades e impulsos vagos que alientan mi destierro. Desde el comienzo me han sepultado, me han consagrado a una escafandra de hierro cromado que se oxidará en poco tiempo, y a través de las rendijas estoy escupiendo dados de la suerte sin caras numeradas. Esta sala lacrada me está ahogando ¡Bastardos, hipócritas! ¡Sospecháis, y confirmáis, con vuestro silencio! Siento el regocijo de mi drama en el aire y las miradas clavadas en mi cabeza como esas flechas del Bosco que aparecen en el infierno. Siento que por mis orificios ensangrentados salen voces entrecruzadas desgarrándome la masa encefálica. Las heridas abiertas de mis cavernas reducen mi nivel de consciencia. La decepción finita, ¿dónde hay un gramo de esperanza? Hasta el día tiene su noche y su luz, una aurora. Ahora que se para el proceso, si consiguiera traspasar el infinito y ahogarme en una petaca de sedación terminal...

***

Entro, me arrastran al segundo acto de esta obra épica donde el tiempo no parece rematar. Miro a ese espectador silencioso. Desde el comienzo le he rehusado la mirada; ahí en su rincón, solo, pendiente de mí como un irritante agente policial; uno de esos inspectores pertinaces al que se rehuye en vano una y otra vez. Ahí sentado, carga su gesto en mi cara, en mi cuerpo, como si pretendiera escudriñar mis adentros, hurgar en mis expresiones. Lo percibo tan ajeno a todo, pero a la vez, hay algo cercano. Lo observo de reojo mientras simula desplazar su mano sobre hojas de papel, hace cabriolas con un pincel, ¡qué pasamanería te traes conmigo! Tal vez sea mi “Jim Gordom”, mi aliado en esta cruzada, el que conoce mi identidad secreta y, como a Batman, quiera eternizar mi vida. Siento unos trazos. El pincel en mi hombro se desliza sobre mi cuello y redondea la línea del lóbulo, entra en mi pabellón auditivo pero, ¡espera! ¡no! ¡no fuerces la comisura de mi boca, ni intentes enarcar mi entrecejo! ¡no! ¡aún no estoy dispuesto a sentir! Mis emociones se congelaron y mis sentimientos se derriten en el suelo que piso, traspasan las losetas y se hunden poco a poco. ¡Oye! ¡sí, tú!, no es lo que percibes, ni te imaginas, no es ni por asomo lo que ves. Una esfera de cristal imaginaria nos separa, yo estoy dentro y tú fuera. Eres un mudo a mi realidad, te engañan esos trazos, esas sombras en el papel; quieres dibujar lo que nadie será capaz jamás de expresar con palabras. Sí quieres, hay apuntes de mi vida en un cajón olvidado de un mueble, dios sabe dónde. Son bocetos enmarcados en una habitación ensombrecida por los recuerdos y en una casa que desterré hace tiempo. Tal vez ellos te den la señal que buscas ¿Qué encuadre de mi vida me robas, ahora que todo está acabando? De sobra sabes que está en tu mano darle la vuelta a mi existencia; tú eres el único que puedes cambiar la perspectiva de mi historia. Deja con ese otro trazo mi mirada perdida, que no la encuadren, aléjala de falsas interpretaciones. Es un trazo en un plano, un giro y todo puede cambiar en un segundo. Soy un espíritu deficiente y he tardado demasiado tiempo en reconciliarme con mi naturaleza. He reñido con mi propia psicoesfera y hasta con el cielo por su tono de azul. Dibujante, mírame, de esto es de lo único que soy culpable.

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Hay verdades que viven y verdades que mueren. La historia se cuenta con hechos y mentiras. Hay instantes con potestad para que la verdad sobreviva, tal vez en un trazo, tal vez en dos.






(pintura del comienzo es de Marlene Dumas y esta imagen última es una ilustración de un juicio y su dibujante)