22.7.18

PUERTO DE ROTTERDAM. LA LÍNEA DEL CIELO






Todas las frustraciones se convierten en posibilidades. Ahora lo sé, lo he visto, he estado en el puerto más grande de Europa y tal vez uno del mundo. El puerto de Mar del Norte. Grandes oportunidades le esperaban  a una ciudad que se atrevió a conquistarse a si misma. Un nuevo desarrollo urbano, ni parecido a lo que fue la urbe que le antecediera, aquella que fue bombardeada en la segunda guerra mundial, aquella a la que solo le persigue una sombra que juega al escondite, un eclipse que se emborrona con el tiempo. ¿El puerto hizo a la ciudad o la ciudad al puerto? Aquí tierra y agua convergen en armonía. Un millar de hectáreas arrojadas a las perspectivas de un desarrollo y lejos de ser caótico es armonioso y brillante. Un futuro y nuevas oportunidades, es lo que se espera de cualquier lugar donde coexisten espacios y humanos, gente y hábitat. Es Rotterdam, la Ciudad Puerto. Ella es Identidad y es imagen.




(...) Gracias a él ahora conozco aquella ciudad. Gracias al constructor de la aldea de arena. Sería comienzos del año 2000. Ya ha pasado tiempo, mucho tiempo de nuestros encuentros en la playa. Visité su puerto. El puerto que quise imaginar. Rotterdam es una ciudad donde no cabría diferenciar los límites entre centro urbano y puerto, a no ser por el río y los canales. Llegué de noche. Mi fijación era asomarme a la ventana y ver la ciudad desde arriba, ver el puerto. Elegí un piso, el más alto del hotel, allí estaba, a lo lejos, el Puerto Viejo con sus destellos de luz y los reflejos en el río. Un despliegue de luces en ámbar y verde; ráfagas de colores se cruzaban entre los veleros y los vetustos navíos; corceles con mascarones encallados dejando ver sus astillas en sus popas y proas, mitad por mitad. Mi hotel no estaba muy lejos de ese puerto. Así lo quise. No pude esperar, salí rápido; pero otro puerto se abrió a mis ojos.  La iluminación del atardecer permitía ver los muelles, los contenedores apilados, miles de ellos, en destacamento multicolor, cajones sobre cajones. Me ahogué allí en ese gran conjunto portuario, vi los cruces de canales, cargas y descargas, dragones en desafío. Hierro y Crudo. Esas grandes grúas y escaleras moviéndose, trabajando de noche, las dársenas con sus barcos, los inmensos cruceros de pasajeros, los veleros, los negros taxis aterrizando sobre la superficie del río de orilla a orilla, de extremo a extremo. No había límites. La noche cautivó mi recuerdo. Pim me acompañaba. Sus pasos sin huella junto a mi paseaban por el puerto, entre contenedores, los que tanto había descrito. Cisnes. Y llegó la madrugada...









Ni que decir que la ciudad me fascinaría. Se había reinventado el concepto de ciudad y puerto. Mucho tiempo ha pasado desde que un pequeño pueblo en el río Rotte se dedicara a la pesca y a la construcción de barcos. Un pequeño puerto comercial traería el mar a sus puertas, sin esclusas y sin puentes. Se llenaría de pequeños muelles laterales que se unirían al centro de la ciudad; allí los canales libres y profundos albergarían los buques más grandes. La tecnología estaría al servicio del agua. La industria petroquímica en esos inmensos tanques, los que  se convertirían en diana, en el blanco de los ataques aéreos en la guerra, aquella segunda. Buques, otros diferentes se anclarían en este puerto provocando la discordia, la muerte, la destrucción de la ciudad. Centro de espionaje donde la neutralidad del país condenaba a esta ciudad. Holanda agarrada al cinturón de Inglaterra, Alemania y Bélgica, y Rotterdam es la que caerá abatida, destruida totalmente en 1940 después de que el país fuese ocupado por el ejército alemán. Una destrucción como amenaza al resto de ciudades holandesas; pero esa destrucción surgió de las cenizas, no como ave, sino como cisne de acero.






El puerto permanece, se reurbaniza después de la guerra y la ciudad se hace más suya que nunca, más portuaria si cabe. Crece, crece aún más de lo que el margen le deja. Surgen diques, canales, vías férreas, carreteras y dársenas. Plataformas multimodales, del mar al río, de la carretera al tren. Centros de servicios logísticos conectados a la red del puerto principal. Grandes empresas multinacionales, empresas líderes y grupos de industrias compiten por este arraigo de fortuna. Frente contra frente el mar y el río. Las viviendas surgen a la vez que las oficinas. Se desarrollan las zonas residenciales al sonido del puerto, bebiendo de sus luces, mirándose en espejos de mil formas y colores.
La línea de cielo de esta ciudad, esa silueta vista desde arriba. Ese horizonte artificial, donde los rascacielos son montañas con laderas que caen al centro de la ciudad y que caen al río.


—(...) Solo alcanzo ver una pared acristalada al fondo y calles que podían señalarme algún camino.— Pim siguió con su historia, sus ojos miraban lejos, siempre lejos, fuera de sí mismo y de sus pensamientos —Eran edificios acristalados, gigantes cibernéticos en pausa; colosos construidos a piezas perfectamente encajadas como juego de tetris. Tenían techos de aluminio que deslumbraban. Yo corría, corría sin parar y unas sombras de un metal plateado iban tras de mí. Necesitaba salir rápido de aquel lugar, corría hacia el río y me sentaba al borde— mientras hablaba, el anciano señalaba el río de arena de la aldea — y allí, allí quieto, me fundía con al reflejo de cuatro siluetas en el agua... Sopla el aire... No muy lejos intenta volar ese Cisne de acero...




El puente Erasmus, Erasmo, Rotterdam. El Cisne con su silueta atrevida, su cuerpo asimétrico de cable atirantado. Un símbolo de la ciudad batido sin piedad por las fuertes rachas de viento. Este puente integra el río Mass (Mosa) en su corazón, une una parte de la ciudad, la pequeña Manhattan, donde están los edificios residenciales más altos de los Países Bajos. ¿Contrasentido? No. Lo que no se gana en superficie se consigue en altura. Lo novedoso junto a las viejas casas del antiguo puerto. La Torre de Nueva Orleans, más de cien metros de altura contrasta con el viejo Hotel de Nueva York.
(...) Para mi sorpresa y después de la renovación que sufrió Rotterdam tras la guerra, este edificio aún permanece igual. Y pensar que una parte de mi familia había trabajado allí. No me lo creía cuando lo visité por primera vez. De ladrillo visto con sus dos torres de color verde malaquita y llenas de relojes, grandes, visibles desde la otra orilla. Mantiene el tiempo y las horas. El edificio conserva sus tradicionales vidrieras y puertas. Ha quedado aislado con esa arquitectura tradicional de comienzos de siglo XX, allí, pequeño, de miniatura parece de juguete, contrastando con las gigantes torres de los edificios acristalados modernistas. La vieja oficina de inmigrantes convertida en hotel, el Nueva York. Allí conocería Pim a Geraldine. Pierre trabajando en esta compañía de transporte marítimo, en aquellas embarcaciones y Pim en el puerto, cargando contenedores, construyendo viviendas. Allí se darían las circunstancias para el encuentro, la que iba a ser su esposa...




Una ciudad que se reinventa donde la amenaza de inundaciones es constante, donde los diques pesados defienden. Una población consciente de que se encuentran a varios metros bajo el nivel del mar, donde hay pabellones flotantes comerciales y residenciales.


Sobra decir que Rotterdam es la capital indiscutible de la arquitectura y el diseño contemporáneo del país. No hay límites para la creatividad. Un buen ejemplo son las casas cubo amarillas de Puerto viejo, el “Kubuswoningen”, construidas en los años 70. Tal vez una de las imágenes que no se olvidan. Imaginativas. Aúnan el amor, flexibilidad, diversión, creatividad, adaptación. Más de treinta habitáculos inclinados 45º; casas donde hay que ser malabarista a la hora de poner la mesa, acoplar el sofá o decorar paredes. Cien metros cuadrados en tres plantas con tabiques desajustados. Capricho.




El edificio en arco, es una proeza. En él se ubican más de doscientos apartamentos con grandes ventanales con vistas al mercado; un cuadrado de cristal en el suelo y sus residentes pueden mirar hacia abajo y disfrutar del ajetreo de las compras y ventas. Espías desde el cielo. Ese mercado es asombroso, su fachada exterior es de piedra natural gris y se cierra en sus extremos en paneles de vidrio. No hay lluvia ni frío, pero está abierto al cielo ¿cielo? Un cielo abovedado de frutas, verduras y flores. 


Es el Markthal, inaugurado en 2014. Un cielo pintado sobre puestos de alimentos frescos, restaurantes, supermercado y aparcamiento subterráneo. Solo puede vivir alguien en este cielo y comprar en este suelo. Suelo donde nace la ilusión, como Alicia en el jardín. Una obra de arte llamada Cuerno de la abundancia con once mil metros cuadrados. Un megamural fotográfico, un rompecabezas de cuatro mil piezas que parecen que están en movimiento ¿Eres Alicia o eres un insecto? ¿o eres pez, fruta, champiñón o gamba? Nunca la naturaleza podía resultar tan divina sobre nuestras cabezas; podrías sentir la hierba en tu espalda y las abejas y pájaros revoloteando a tu alrededor.






(...) Pim nunca me dijo su edad, decía que no importaba, que eran los años vividos los que contaban, y tenía muchos. Pim tal vez saliera a vivir por el resto del mundo a finales de los ochenta, estoy seguro y pongo la mano en el fuego, que no estuvo lo suficiente para ver el desarrollo tan increíble que había llegado a tener su puerto. Y el caso es que alguno de los sueños que me contó, los que se repetían continuamente; podrían estar muy relacionado con lo que era la ciudad ahora, pero él nunca volvió ¿o sí? Siempre me haré esta pregunta.





Es un viaje diferente. Para los que me seguís, contaros que los textos que he ido incorporando son de un relato en el que trabajo actualmente. Un relato que me tiene enganchada y no me suelta, tampoco se cuando vendrá el fin o tal vez nunca llegue. Un abrazo. Espero vuestros comentarios.