16.1.19

ABSENTA Y SABANDIJA








«Nadie devorará mi joven corazón ni mi cerebro. Aborrezco el tiempo que me has dejado, con el frío gélido, con la brisa ártica. Ahora bebo jugos de manzana del Edén con espíritu alegre de Afrodita y me embriago de la virtud que todos ellos me dejan a su paso. Bebe y lagrimea cuanto quieras, cuando termines de ahogarte en esa vida fingida yo ya no estaré para recoger tus pedazos». 

Estas letras se derramaban por algún agujero de mi cuerpo que no llegaba a ver. Cuando al fin las perdí todas, ese espacio vacío lo sustituí de rabia, aunque tal vez fuese odio, entonces desconocía fronteras.

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En excesos la Sabandija hacía su voluntad. Impune, desarmaba el amor como y cuanto quería; pájaros huían y olas gemían como gatos. Su embriaguez verde le alcanzaba a deducir exactamente donde estaba la distancia mínima al vaso, ese estrecho espacio entre la mesa y su hinchado estómago que evitaba inclinarse hacia la tierra en uno de sus tantos cólicos. No había giro en su reloj, las manecillas, las justas. Sus manos, pequeñas, cortas, con falanges hinchadas y dedos sobados por la escritura oculta y la devoción al placer carnal. Recuerdo su diestra sobre la mesa del comedor, pinzando el extremo de la pluma, y la zurda agarrada, como un chucho de caza a su perdiz, agarrada a ese vaso ribeteado en minúsculos rombos de un dorado plomizo. 

Fui su pupilo y su amante. Yo era su evocador decía, de las mejores estrofas paganas, —mentía, engaños para tenerme siervo— pero desde que ella se le reveló, ha preferido siempre a esa vieja verde traicionera, su costilla, su quimera, al frente y al costado de él; aséptico solo con ella.

Sabandija bebía ajenjo sobre una mesa legada; ajenjo destilado con flores de hinojo y anís; la mesa de caoba era de su abuelo materno y la fórmula la encontró en un viejo libro de alquimia en uno de los estantes clasificados de la biblioteca: «Drogas y afines»; sería el último encuentro con su abuelo en Oporto. «Esta trinidad de hierbas deben ser macerada con alcohol blanco, mejor vodka». Y fue el vodka lo primero que aprendió a fabricar; fermentada en tiempos de nieves los granos y papas usando el alambique que le compró al famoso rabino que predijo las tres guerras –pensó que le daría suerte–. Se convirtió en aprendiz de brujo; era vidente y mago de sus historias. La absenta le trajo al hada verde, Isis la llamó, ella le empinaba mejor la conciencia —le devolvía a la vida decía, tal vez como lo hiciera la verdadera con su esposo Osiris—; con esa realidad pintaba jeroglíficos en las paredes de su cuarto, decía que era la reencarnación de un escriba egipcio. Un loco perverso.

Desde el momento que descubrió la absenta me confirmó: «es bebida de dioses». Se enganchó al éxtasis espiritual con ella, aclamaba al viento: ¡había nacido para ser un místico!. Comenzó a ver la mano de Fátima agarrada a la sábana santa —tal vez destellos de su rígida educación católica— y un día de inspiración divina se cansó de arrastrar el palo santo y a la mezcla le añadió cilantro y enebro. Ese día descubrió, que la absenta era la bebida universal; soñaba con panochas de maíz y ancas de rana. Y otro día, cuando se recuperó —una caída por las escaleras que le dejó una cojera por vida— tuvo la corazonada de añadir a esta bebida nuez moscada y regaliz. La realidad se le antojaría como un abismo entre las tinieblas: las personas eran diablos y hacían malabares en un circo de noche hecho de papel cuché con trapecios de papel de plata y alimañas de cartón —un mundo nocturno desfavorecido quizá, oculto tal vez, caótico— que saltan y corren en un tiovivo de bombillas rojas.
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Me cuentan que ahora es un escritor de cábalas, un depravado, bebe de todo y come de lo prohibido. Inocente comenzó adicto a los caramelos de mentol, al pollo con estragón, y a ratos, reventaba su nariz en Vicks Vaporub; después prefirió el peyote, la marihuana, el hachís, el opio, la cocaína y el mezcal. Paseos andrajosos en su casa puesto hasta arriba de letras gravitatorias contrastaban con ese dandi de noche. Esta vida de excesos le llevó a ser un visionario con las drogas y un depresivo en momentos que dejaba de beber—pocos—. Procuraba siempre escribir en estado de embriaguez. Con la melopea sacaba su cuaderno de apuntes en lugares de interior donde se le escabullía el día, y sin darse cuenta, terminaba persiguiendo la noche.
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La absenta se apoderó de su vida con hechizos y rituales y le ha hecho dueño de obras famosas de fuerzas demoníacas y celestiales. Sus editores, abren sus despachos de par en par abonando su bolsa mientras que el círculo de amigos se le va estrechando. La dipsomanía le ha abierto en canal, un seguro para el destierro. Lo odio en la misma medida que le envidio. Mientras que yo no alcanzo a nada, él se pavonea de sus éxitos con diablos y fantasmas. Su estado visionario, que comenzó con una inocente destilación de propósitos, ha pasado a convertirse en una alquimia verbal, una alucinación de palabras e invenciones verbales de crápula bohemio que le ha abierto las puertas de la fama.