26.2.20

MIRAR UN CUADRO EL JUEVES CON MI GURÚ









Estar sola se sobrelleva, sin embargo a esa tirana que me acompaña le estoy tomando tirria. Me refiero a la habitación vacía. Me ve sentada y me hace repasarle una y otra vez la pulcritud de su suelo. Y así semanas.

Hace unos días saqué el abrecartas dorado de mi abuela y con ayuda de la lupa me dispuse a leerme la mano y ver todas las veredas que me han salido nuevas en la línea de la vida. Voy siguiendo las finas rayas con la punta hasta que desaparecen. ¡Valiente discurrir que llevo! Me veo un mundo de atajos sin fin. Han quedado tan marcados que anda mi mano en vía de convertirse en un mapa de pergamino.

Miro y remiro la línea del amor y ahí sigue. He consultado con mi vecino. Es un gurú de estas cosas. Si no fuera por esa blusa azul aburrida y temporal que gasta, resultaría un hombre de estimulantes atractivos. Su ritual me divierte: balbucea palabras ininteligibles y me roza las palmas de las manos con sus dedos; algo que me excita, y no se porqué, tal vez porque en ese instante le imagino soltar un hilillo de baba por la comisura de la boca. Pero queda solo en eso, en imaginaciones mías. De él me asalta alguna que otra duda por todo lo que dicen de los tarotistas, fetichistas y demás en lista. No me creo que puedan tener relación alguna con la muerte, más bien con la vida. Solo basta ver la cara cuando me mira, me sonríe y yo le suelto los seis euros, y porque soy yo, dice. Debo reconocer que tiene magnetismo, un don especial.

Cuando nos despedimos la última vez, me propuso ir al museo del Prado al día siguiente. Se inauguraba una colección de cuadros de no se qué alegoría. Yo acepté. Todo es válido para dejar a la tirana abandonada y así, a bote pronto, me había salido un servicio de acompañamiento gratuito. Para no olvidarlo me lo apunté en mi agenda. Iría sola y ya dentro del museo debería buscar el lienzo: “El amor dormido” y allí nos veríamos.

Tal vez me dejé llevar por los colores de las camisas que gastaba mi gurú, el caso es que le pegaba ser pictórico. Pero yo en esos trances puedo resultar muy seductora: le miraría sin dejarle de sonreír.

Tras subir y bajar dos escaleras diferentes, tomar un ascensor y atravesar un par de pasillos, encontré la colección: «Alegoría del amor». Sugerente pensé. Busqué, y allí estaba el cuadro: el torso lampiño de un joven alado iluminado por un candil y tapadas sus vergüenzas de forma intencionada a la altura donde la puntilla de la sábana sobra. Una colcha rojo bermellón taparía el resto.

—¿Qué te parece Judith? —me asaltó de sopetón la voz del gurú por la espalda.
—Pues, un niñato de pelo dorado, arrogante y egoísta, exhibiéndose para que todos le vean.
—Mmm, ¿sí?
—De cuadros no entiendo nada. Me pueden gustar o no.
—Me parece interesante esta primera impresión tuya. Prosigue por favor.
—Mira su cara imberbe, y esas cejas depiladas y sus ojos simulando un dulce sueño. Es como los adolescentes de ahora, felices por parecer que todo lo controlan y esa buena intención por hacer algo. El destino del mundo recae sobre sus hermosos hombros y sus alas.
—Es Cupido.
—Ah vaya, claro, por las alas. No podría ser otro, no me imagino al arcángel Gabriel así de expuesto… No había visto a Cupido tan crecidito y mostrándose de esta forma tan insinuante.
—Escenifica a un Cupido enamorado…
—¿Enamorado?, claro, también tiene derecho, perdona.
—Enamorado de Psique.
—¿Enamorado de su alma?
—Psique era una princesa mortal, y Cupido se enamoró de ella. Y a ella también algo le gustaría; el caso es que le hizo prometer que estaría con él solo en la oscuridad de la noche. No podría verlo y descubrir quién era realmente. El cuadro representa el momento en que ella le acerca la luz y lo ve…

Y lo dejé contar aquella curiosa historia. Nada ocurre por casualidad. En ese momento también yo descubrí otra faceta de mi vecino. Y así de repente, sin saber porqué, terminé esquivándole la mirada que por momentos me resultaba más y más cautivadora.

Después vimos el lienzo El amor desinteresado. Era Cupido de pequeño, como lo conocía yo y la mayoría de los mortales. Ahí estaba el amorcillo encarnado y rollizo derramando monedas al suelo cerca de su arco y sus flechas. A continuación fue El jardín del amor y un mundo de amores divinos y profanos. Para terminar, nos paramos frente al El triunfo del amor.

Un gurú con galantería me había descubierto los abrazos ocultos y las miradas provocativas que escondían aquellos lienzos. Hubo momentos en que solo contemplábamos desnudos y los picardías trasparentes que cubrían aquellos pubis. Me hubiera cambiado por esa Venus desnuda recostada frente al gran ventanal; recreándome en el amor y la música, y a mis pies, mi gurú contemplando mi desnudez mientras las cítaras y flautas de pan tocaban.

Se desarmó por entera mi creencia pseudomitológica. Me debió traspasar alguna flecha de oro de Cupido, porque de la tirana ya me he olvidado. Además, no dejo de ver como se remarca la línea del amor en mi pergamino a costa de que mi gurú siga contándome historias los jueves en el museo.













22.2.20

PREMIO. CARTA DE AMOR Y DESAMOR









Hola,

esta vez será mi voz la que os cuente.


No hace falta deciros, 

la ilusión que me hace compartirlo aquí.


Un abrazo