14.10.18

ESCAMAS Y COLA DE LAGARTIJA








Las escamas de mis antepasadas las llevo incrustadas, forman parte de mi segunda piel. Y aquí me veo, adherida a ellas como una lagartija, deslizándome, metiéndome por resquicios y grietas en la historia de mis antecesoras. Mis escamas no cambian de color, son como tatuajes transparentes que solo brillan en la oscuridad; las tengo escondidas sobre los pliegues de las orejas, junto a los pelillos de la barbilla y entre las pecas de mis brazos. Dicen que le parezco a mi madre, y mi madre le parece a mi abuela, y ella a su madre, a mi bisabuela. Cuatro tiempos diferentes con sus caprichos y cuatro generaciones de insólitas mujeres. Todas ellas son mi identidad, la que me recuerda que formo parte de esta familia de mujeres. Me inquieta pensar que conmigo estos tatuajes se desvanecerán del todo.
Con estas escamas sobrellevo un recelo que va más allá: yo me quedé fuera de sus historias. Ellas me excluyeron. Me sacaron fuera las dos: mi bisabuela, por distancia más que evidente, y mi abuela, que aun viéndola cuando niña, nunca me perdí con ella, ni para anudarme los zapatos. Y respecto a nudos, es hora de unir cabos y desanudar miserias. «Me pregunto si les hubiera gustado ser lagartijas y resucitar sus malogradas colas».
Mi bisabuela Manuela un día llegó a mis manos en una caja antigua de lata azul de galletas. La primera vez que la veía;  ella venía vestida de sepia y sentada de lado; doblada por la mitad. Manuela era una mujer flaca con pies enzapatados, de esos que dejan huellas batalladoras. Flaca y taciturna, como la gente de campo. Con la chaqueta marcando unos hombros adelantados y una corva que le escondía las tragaderas. Manuela era flaca, taciturna y encorvada, posiblemente su vida no se pareciera en nada a lo que ella esperaba; tenía una mirada dura, rígida de coraje, en un rostro perdurable en mi abuela.
A Manuela la encontré una vez más, venía cogida de otras manos, manos extrañas. Regresó del otro lado del océano, pegada a un mensaje irreal. Manuela seguía seca, más encorvada y blanca, la misma expresión callada con su coraje guardado. Y así de seca, seguía teniendo parecidas pisadas. Sin duda fue aguerrida antes de ser emigrante o ¿quizá fue desterrada? «Manuela, ¿a qué sentimientos te aferraste?»
Dicen que el diablo puede alojarse en estas imágenes de color sepia; es por eso que quienes lo saben las doblan para intentar echarlo. El demonio las viste de amargura con ese luto que enflaquece todo lo que toca. Tal vez haya sido él quien la convirtiese en esa madre fría e inaccesible que parece. Ella se fue bien entrada en los setenta años, dejó a su hija y a sus cuatro nietos. Uno de ellos era mi madre niña, la única que hablaba de ella; la quería como a su abuela, como quería a su madre: sin rencor, sin rabia. Manuela atravesó en semanas el océano. El buque que la llevó arribó en tierras brasileñas donde un hijo y su familia la esperaban.
Eran madres sustento de la vida que les tocó vivir. Mujeres sabias que murieron con un secreto escondido: mi abuela no se despidió de su madre y ella silenció la vida de Manuela. Delgada y encorvada una, delgada y encorvada la otra. Los tiempos de Manuela eran los que entonces muchas madres aceptaron: se conformó con parir. Ella crió y tal vez fuera a su pesar. Mi bisabuela pudo ser una más de esas mujeres distantes, insatisfechas, que a sus hijas culpan de todo. Mujeres en estado, pero de egocentrismo virtuoso, cubiertas de coraza como los armadillos.
Por el tropiezo con el demonio de color sepia, Manuela pudo ser: ceñuda, egocéntrica y reservada. La flaca, taciturna, ceñuda, egocéntrica y reservada, pero vulnerable al final de la vida, como muchas criaturas cuando se sienten enfermas. Solo buscan refugio donde las quieran. Ella desaparecerá con un pasaje pagado a tierras lejanas; embarcada durante semanas en un buque hacinado de gente y comida escasa. El hedor de las bodegas, la humedad de las literas y un ruido infernal de motores. Mucho frío. Mareos y fiebres. Sentada en cajón de día y enrollado su sueño en colchón de lana.
Mi abuela también pudo ser uno de esos pajarillos que, aún nacido de nido, es picoteado por sus hermanos. Ella resistiría entonces, pero el círculo del infortunio trascendería. Ese nido queda vacío algún día. Nido que se rompe, pero el vacío permanece. Ella también parió, parió doble, una y dos veces. Quedó quebrada de matriz y tal vez, como su madre, fracturada de afectos. «Ese nido que hizo que mi abuela adorara a los extraños más que a los suyos». Ese nido cainita que como un fantasma se va quedando en las vidas, capaz de hacer sentir desprecios por hermanos. Vileza cebándose dentro de pantalones y blusas que huelen a sudor. Manos falseadas por grietas de hoz convertida en guadaña. Ese hermano que llega a odiar por desentendimientos; esa hermana que vuela de ese vacío, porque si no se apaga y se marchita. Y es que hasta el buen vino se agria en las botellas al calor del infierno.
El cuerpo sepia de Manuela grita lo que su boca calla. Tinta de diablo. La única capaz de descubrir resentimientos, envidia y tristeza; sepia para que veas sus entrañas egoístas y frustradas.
Pero, el tiempo ha madurado la fruta. Ya nadie custodia a nadie. La bilis negra trae melancolía en tiempos sin cólera. Me queda ese poso del buen aceite virgen que saca lo bueno. Acerco la luz, Manuela no me mira. Lo negro, se va haciendo gris, después azulado con un brillo de seda casi blanco. La opacidad de sus líneas se concibe transparente. Las venas de la vida se le van juntando, hasta reconciliarse. Se le abren los ojos, se encaja su sonrisa. El demonio se va rayando en cuerpo de cebra, sale a galope y mi piel comienza a descamarse lentamente.





“Somos menos libres de lo que creemos, pero tenemos la posibilidad de conquistar nuestra libertad y de salir del destino familiar repetitivo de nuestra historia, comprendiendo los vínculos complejos que se han tejido en nuestra familia e iluminando los dramas secretos, los no dichos y los duelos inconclusos… Lo que se calla en las palabras se imprime, se repite y se expresa por los males... Porque la elección nos es dada a partir de la posibilidad de liberarnos de la repetición familiar para reconquistar nuestra libertad y nacer por fin a nuestra propia historia".



*****

Este Texto final que he añadido al relato me ha sido regalado por la compañera Idalia Harolina, son palabras de Anne Ancelin Schutzemberger;
 Idalia me lo pasó después de leer este relato. 


La Pintura inicial de las  manos es obra de Nacho Puerto
 "Abuela" 

La foto final es mi bisabuela Manuela

Y el relato me lo he arrancado
 de las entrañas
 a seis días de cumplir
 mis cincuenta y cinco años.






30.9.18

¡QUÉ VIENE EL CORREO!






Esta entrada de mi blog la he hecho con la nostalgia de antaño, ya sabéis lo sensible que soy a estos temas. Tiempos, para algunos ¡aquellos maravillosos años! Cuando viajar era todo un privilegio, una gran aventura que marcaba la vida de aquellos viajeros de entonces, pero no todo el mundo tenía esa posibilidad de ver a familiares lejanos, encontrar un futuro o recorrer nuevos caminos.

Un viaje debería ser todo un acontecimiento. Paisajes vistos desde el pescante con traqueteos infinitos y narices polvorientas y la emoción puesta en la incertidumbre del camino a rodar.

Las diligencias fueron los carruajes que más evolucionaron y las precursoras de los autocares de línea y autobuses interurbanos de hoy.








Cuando vemos alguna imagen de diligencias viajamos con la mente al lejano oeste, a las películas de indios y vaqueros o algún film novelesco. Pero no hay que ir tan lejos, basta con desempolvar recuerdos y colecciones de fotos de finales del siglo XIX y nos encontramos con alguna que rueda por caminos de tierra españoles. La de la foto es la diligencia de Alcoy, en Alicante, cualquiera lo diría ¿verdad? 

La diligencia arrastrada por caballos fue el medio de viajar más utilizado por todo tipo de viajeros españoles y estaba muy de moda entre los ricos de antaño. Tenía gran multitud de variantes en su diseño según transporte rápido, trayectos cortos, larga distancia o el tipo de clientela.








La llamaron el ómnibus de tiro animal y tuvo una larga vida, casi un siglo, compitiendo con el tranvía eléctrico y el autobús de gasolina; el ferrocarril la delegó a los caminos secundarios, lugares más alejados de las ciudades donde aún seguiría siendo el único medio de transporte.

La diligencia fue muy popular y clasista. En ella se encontraban todo tipo de viajeros que emprendían una verdadera aventura entre vaivenes, saltos y crujir de huesos. Estaba guiada por un mayoral con grandes dotes en el oficio de conductor y conocedor de todas las triquiñuelas para llegar a su destino entre paradores o posadas. Este orgulloso personaje no solía ir solo, por lo general, iba acompañado por alguien para salvaguardar la seguridad de los viajeros ante bandidos y maleantes. Ya entonces se decía que algunas diligencias poseían indemnizaciones ante casos de pérdidas y extravíos, me imagino que las de la clases más pudientes, claro.








Y hablando de clases sociales, la diligencia tenía un sistema de tarifas para cada una de ellas, entre tres y cuatro, según posibilidades económicas. Se hablaba ya entonces de primera, segunda y tercera clase. Los asientos más cercanos al conductor eran considerados de primera clase, los traseros y los de la baca del techo eran considerados de segunda clase. Las más numerosas tenían hasta 22 plazas y las más rápidas podían hacer hasta 200 km al día.

La intimidad física tuvo que ser un hándicap importante porque ya por esta misma época al alemán Karl Benz le rondaba por la cabeza el primer autobús movido por combustión para que los viajeros tuvieran otras mejores y nuevas “experiencias sociales”.








Realmente a finales del siglo XIX y comienzos del XX la sociedad experimentó un profundo cambio. Los avances tecnológicos sustituyeron la tracción animal por máquinas de vapor y después por motores de explosión. El ómnibus, el todo para todos, ya es automóvil, más cómodo y más rápido, aunque aún seguirían los caminos sin asfaltar y plagados de baches.







Los primeros autobuses siguen teniendo carrocería de madera aunque ya con algunos asientos de cuero. Los bancos del pescante del techo seguirían siendo incómodos y el espacio estaría compartido con el equipaje.











El chófer aún tiene su cabina abierta por los laterales, bueno sí, fue un detalle que se cuidó más adelante, también para darle más intimidad, digo yo. En algunas fotos que he recopilado me ha llamado la atención la publicidad en los autobuses urbanos, un ejemplo de cómo se valoraba su popularidad ya en esta época. 










El autobús hispano suiza y los americanos ford y chevrolet fueron las primeras marcas viajeras, hechas a conciencia para sobrevivir a una guerra civil y a una posguerra hasta los años sesenta.


Anécdotas


Pasada la guerra civil española en muchas poblaciones la llegada o partida de estos coches de línea era todo un acontecimiento ¡Qué llega el correo! ¡¡Qué llega el correo!! Aún lo recuerda mi padre, es más, todavía de vez en cuando llama así a los autobuses provinciales y es que sus noventa años le obligan a revivir muchas cosas de entonces. 

Donde paraba el gasógeno se reunía una gran cantidad de gente no solo a recibir a los viajeros, sino a llevar o recoger paquetes o recados. Para los niños suponía su sueño futuro: viajar en aquel artefacto que excitaba la imaginación y les permitía huir de sus monótonas vidas. 

Contaba también mi madre que los niños y niñas se subían detrás de ellos, donde estaba la escalerilla; sobre todo cuando rodaban cuesta arriba iban tan lentos estos vehículos que era un juego divertido, así como subir a los columpios hoy en día, y en una de estas travesuras mi madre se cayó para atrás, valiente susto se llevaría que hasta perdió el conocimiento. 

En otras, contaban mis abuelos que cuando los viajeros pasaban cerca de los cultivos de cañas de azúcar daba tiempo a bajar a cortarlas y pelarlas para volver otra vez a subirse y seguir el camino entretenidos chupándolas. Ay esos viajes de antaño.

¿Que te ha parecido? ¿Te ha resultado curioso? Cuéntanos alguna anécdotas que te hayan contado. Un abrazo fuerte.








Con las fotos a color también aparecen los trolebuses,
 muy curiosos por cierto



OTRAS ENTRADAS CURIOSEANDO LA HISTORIA 

18.9.18

EL VERDILLO. EL SALVADOR








«Ya no resbalaré más en el barro de este país». Era su pensamiento mientras terminaba de limpiar sus botas para dejarlas allí, en aquel rancho, junto a la mayor parte de su exiguo equipaje. Le rodeaban los cuatro niños. Sentada en la hamaca, la que había sido su cama durante tres días, pensaba en la despedida. Metió sus dedos entre el calado de nailon de la hamaca y comenzó a juguetear en silencio. La niña más pequeña la miraba con una sonrisa traviesa, estaba feliz, su madre le había puesto su único vestido, uno blanco inmaculado con volantes en la falda, y la había calzado. La hermana, más tímida, se escondía en su gran moño rojo. Era fiesta para ellas. Solo los dos niños seguían descalzos, el mayor sin camiseta con sus amuletos colgándole del cuello. Así solían estar todos los días, acostumbrados a sentir la lluvia en el pecho y las raíces bajo los pies.
Un par de semanas después ella cruzaría la frontera, ya no volvería a ver a esta familia. Había obsequiado una ofrenda al destino y ella solo se dejó llevar por él, como lo hacen las luciérnagas en la noche oscura de la estación seca tropical.

*

Meri tenía un espíritu joven, chispeante; se sentía como una botella de cerveza tumbada después de caer boca abajo y que estaba a punto de abrirse. Sobrada de ilusión por iniciar una vida en solitario. Andaba colocando un pie delante del otro, uno inconsciente y el otro deliberado. Ella sentía que debía hacer este viaje; llevaba organizándolo desde hacía meses. Entre paso y paso, se paraba, mantenía su equilibrio como una trapecista ciega en el alambre y tanteaba entonces en el aire razones que le dieran fuerza a sus convicciones. Le bastaba poco equipaje, considerando que llevaba un saco invisible rebosante de dudas que, si hubieran sido de metal, la hubieran retenido sin vacilar en el puesto de control de la aduana. Cuando salió de España se sentía aún contenida en la presión de los años de estudiante y en la tensión de lo que había sido su primer trabajo, una cosa llevó a la otra y demasiado rápido.

En cierto modo, Meri al planear este viaje se quería quitar ese sentimiento de defraudada y frustrada que tenía últimamente.  Muchas cosas le habían ocurrido: una carrera interminable y la decisión de dejar su trabajo tras cuatro años. Pero tenía la corazonada que este cambio radical a su vida, lo cambiaría todo, sin saber el porqué. A sus veinti largos años, le seducía adentrarse en un mundo desconocido: un pequeño país centroamericano, fuera del círculo exótico de las zonas tropicales y del turismo masivo. Un lugar lejano donde pudiera deshacerse del apego, el miedo, el amor, el odio y la ira. No podría borrarlos en tan poco tiempo, pero al menos lo intentaría. Necesitaba buscar otro sentido a su vida y lo haría como cualquier germen de trotamundos que comienza.
Su historia comenzó en la estación húmeda de estas latitudes, justo cuando comienzan los diálogos de luz entre las luciérnagas, en el silencio de la noche.

*

Una falda larga estampada al estilo hippie, unas botas de cuero de montaña desgastadas y una mochila con arnés se hundirían con ella en el lodazal de aquel anochecer. Había llovido fuerte durante el día y aún lo hacía, pero menos, y a pesar de que eran las siete, allí era tarde ya; estaba nerviosa, se había quedado sola esperando, sola, en un lugar que no llegaba a distinguir más allá de un camino de tierra encharcada y unas plataneras. A lo lejos vio acercarse luces y se preguntaba si era el conductor de la camioneta, quién la llevaría a la aldea. La coordinadora de la organización repartió en diferentes aldeas a las cinco voluntarias. La mayoría iban de dos en dos, nadie quiso ir sola. Tal vez la confianza, la propia ilusión por lo desconocido, no le hicieron dudar a Meri. A ella le movía desde que salió de viaje ese sentir del altruismo fraternal, la solidaridad bien concebida. Su labor sería enseñar, lo que había hecho durante los últimos años. Creía que podía aportar mucho de su experiencia en aquel lugar y no necesitaba a nadie para hacer esto.

Había dejado de llover y a pesar de ser de noche, hacía un calor húmedo insoportable, Meri notaba que los pies se le ahogaban. Las botas de piel se habían pegado a sus tobillos como dos argollas, y llenas de barro, pesaban como si arrastrara dos peanas de cemento. Había sido mala idea ese calzado. Sus rizos los sentía como goteras sobre los ojos y la nariz. La ropa la llevaba mojada. La camiseta con el sudor y la lluvia la tenía pegada a la piel; la sentía como si estuviera dentro de un bote lleno de babosas, que no podía separarlas de la piel.

El vehículo paró. El conductor se llamaba Miguel, se presentó como líder de la comunidad “El Verdillo”. En silencio cogió su mochila y la subió a la camioneta. Tenía el rostro gentil, con piel y ojos muy oscuros, con un bigote poblado que le hacía destacar su nariz aguileña.
Al montarse en el vehículo,  Meri vio que el lateral estaba agujereado, parecía un colador. Ni lo pensó, subió y cerró la puerta. La camioneta arrancó...






(la preciosa foto es del fotógrafo japonés Yume Cian) 



5.9.18

LA MALETA DEL VERANO






Hola, bienvenidos a todos los que habéis estado de vacaciones, desconectados de este mundo virtual. Algunas —digo algunas porque han sido solo chicas las que hemos interaccionado con nuestros blogs— nos hemos quedado por aquí. Se os ha echado de menos.

Acompañada de esta maleta llena de ciudades e historias —espero que pronto también vaya de viaje con ella— y estas lunas de verano se me ha ocurrido hacer esta entrada para que conozcáis lo que el blog ha publicado este julio y agosto. Ya lo hice el verano pasado y me gustó mucho el resultado. Al final os dejo el enlace. Junto con cada título os he puesto parte del texto, y sobre el título cliqueáis por si queréis leer el resto. Dos de las entradas las he recuperado y actualizado, algunos puede que ya la conozcáis: los puentes y encuentros y el secreto de la sirena arcoiris. Bienvenidos de nuevo. Un abrazo fuerte.




(...) Se cuenta que los sacerdotes en la antigüedad eran considerados los constructores de puentes, los que facilitaban la conexión de las almas con la otra orilla en su búsqueda de la eternidad. También los puentes han dominado la arquitectura y las técnicas asociadas; son símbolos de poder en el comercio y en el progreso. Sea lo que sea en una misma ciudad puede haber una gran variedad de formas y sorprende lo diferentes que son entre sí. Sólo hay que asomarse a verlos...



(...) Que Granada aparezca en una película de los hermanos Marx parece algo insólito, pero mucho más insólito que sea un pueblo de Granada. Considerados los cuatro jinetes del apocalipsis de la carcajada están haciendo de las suyas en Loja, sí, como os lo cuento...





(...) Todas las frustraciones se convierten en oportunidades. Ahora lo sé, lo he visto, he estado en el puerto más grande de Europa y tal vez uno del mundo. El puerto de Mar del Norte. Grandes posibilidades esperaban a la ciudad que tuvo el atrevimiento de conquistarse a sí misma. Un nuevo desarrollo urbano; ni parecido a lo que fue la urbe que le antecediera, aquella que fue bombardeada en la segunda guerra mundial. A esta ciudad le persigue esa sombra que juega al escondite, un eclipse que se emborrona con el tiempo ¿El puerto hizo a la ciudad o la ciudad al puerto?...










—¿Qué significa que vales poco?, pero bueno, ¿quién se atreve a ponerle precio al otro? Qué se creen… No lo soporto, ya he tocado techo. Toda la vida diciéndome esto lo otro, nada bueno.

—¡Schsss…! Quieres callarte ¿Cómo se te ocurre gritar a estas horas? Ni los pájaros han llegado aún.

(...)




(...) Las letras se derramaban por algún agujero de mi cuerpo que no llegaba a ver. Cuando al fin las perdí todas, ese espacio vacío lo sustituí de rabia, aunque tal vez fuese odio —entonces desconocía fronteras—. Éstas que aquí dejo fueron las últimas palabras. Mi despedida. La razón de odiarle lo contaré después...





(...) Aunque lanzaras ocho miradas al paisaje nunca lo verías. Consumida ya la tarde nos disponemos a visitar el molino de las Laerillas. Muy propio él, ocupa el centro de la población de Nigüelas, en la falda oeste de Sierra Nevada, junto a otras localidades: Padul y Dúrcal, en la provincia de Granada. Una comarca que baja de la sierra, donde pinos y cultivos de almendro se encaraman a las laderas abruptas dejando caer piedras rodadas hasta el valle. Allí, en una planicie cuaternaria, se encuentran los olivos, algunos centenarios, tan cerca de esas turberas ahogadas en la llanura...





(...) En cada abrazo que un río le regala al mar se escapa un arco iris. Este arco permanece reflejado en la orilla y queda impreso, translúcido, en cada una de mis escamas en una sutil curvatura de colores brillantes. Es un tatuaje sin creencia ni tiempo. Un transcurso que es un decir, puesto que en el mar no hay calendario que marque edad, ni una brújula que oriente una era...





(...) 1941. Ella con 27 años está de pie. La silueta va entallada a la cintura al amparo de dos filas de botones enormes. Ella y su silueta esperan. Parece que llevan algo bajo el brazo, lo tapa una amplia manga de un abrigo oscuro, más bien verdoso, —de lana, quizás— con esos cuellos y puños de visón pardo, —auténtico, seguro—. Le brilla un hermoso collar de perlas, grises, de tres vueltas, pegado a su largo cuello y sobre la cabeza un sombrerito rematado en un fino halo de convicción... 






Y hasta aquí, con esta luna que cambia conforme sube por el horizonte, es lo que ha dado de sí este verano 2018. También os dejo el enlace de los aromas del verano pasado. Si os animáis a leer alguna de las entradas, espero vuestros comentarios. Os contestaré. Un abrazo grande.








27.8.18

TODOS LOS AÑOS TIENEN UN NUEVE DE NOVIEMBRE







1941. Ella con 27 años está de pie. La silueta va entallada a la cintura al amparo de dos filas de botones enormes. Ella y su silueta esperan. Parece que llevan algo bajo el brazo, lo tapa una amplia manga de un abrigo oscuro, más bien verdoso, —de lana, quizás— con esos cuellos y puños de visón pardo, —auténtico, seguro—. Le brilla un hermoso collar de perlas, grises, de tres vueltas, pegado a su largo cuello y sobre la cabeza un sombrerito rematado en un fino halo de convicción. A escasos minutos de llegar, ella ha intentado ver al director de inmediato. Lo conseguirá. Es muy guapa, podría pasar por ser una mujer actual si no fuera por el sombrerito; lleva zapatos de tacón de aguja, bolso estilo cartera, perfume de Rosa de grasse y vainilla, melena oscura bucleada y una máscara, pestañina, delicadamente extendida en una mirada enigmática; la diferencia, que no lleva teléfono móvil y aplicación WhatsApp para entretenerse mientras espera.
Un viejo carcamal con traje convencional de oficinista —al parecer ella odia este tipo de ropa, en realidad, ella odiará todos los convencionalismos— comienza a divertirse con la conversación.
—No lo dudo señorita, puede esperar ahí todo lo que quiera —contesta el viejo alzando la vista. Sonríe mientras la mira, a la par comprueba que su bisoñé está en la posición correcta: a dos dedos de la ceja y tapando sus escasas patillas.

—Señora, si no le importa. Lo que traigo en este sobre no puede esperar —se le acerca inclinándose ante la mesa del oficinista y dando un sutil puntapié a la pata de la mesa—. Nuestro país entrará de nuevo en la guerra. ¿No lee los periódicos? —ella habla mientras con una mano saca un portafolios que trae atado bajo el brazo—; esto puede contribuir a paliar la derrota inminente del ejército inglés en Europa. Un logro que se conseguirá gracias al uso que hagan nuestros soldados de este invento. 

—Dígame de que trata— dice el oficinista mientras le señala la silla.

—Debo hablar con el Sr. Lampier para la patente —insiste mientras se sienta despacio con el torso erguido.

Ella mira desafiante a su interlocutor, al mismo tiempo que lo hace, controla el despacho del fondo del pasillo. Ve la sombra de un hombre moviéndose de un lado a otro tras la puerta de madera con vidrios biselados.

—Está ocupado. Puede dejarme usted el portafolios. Yo se lo pasaré en cuanto termine de su reunión.

—Lo siento, solo yo se lo entregaría al director. Esperaré —se apresura a decir mientras deja el portafolios sobre sus rodillas, abre el cierre metálico de su cartera y saca una larga boquilla, colocando un cigarrillo en el extremo de su arrogancia.

—¿Es un invento? Y me imagino que quiere la patente —dice el oficinista que se le acerca con un mechero cliqueando varias veces. La llama se le resiste en su mano temblorosa.

—Sí, claro ¿Qué otra cosa puede conseguirse aquí? —contesta ella visiblemente contrariada.

Se separa de él recobrando su compostura de mujer elegante y sofisticada. Aleja su cabeza de esa corbata sobada, manchada de un sudor amarillento de días dispares. La papada del oficinista desprende un olor a queso roquefort.

—Y dígame señorita, ¿De qué trata el invento? —pregunta el viejo mientras se reclina en su silla de madera juntando sus dos manos y tocando con los dedos su escasa barbilla.

—Sirve para llevar a cabo la comunicación a distancia..., sin cables —responde dejando la huella de labios marcada en la boquilla con un rojo carmín.

—Eso seguro que ya estará inventado. Sabe, su cara, su rostro me es familiar, —le sonríe con sorna —¡claro, ¿usted no es?! —ahora ríe con más descaro asomándole unos dientes incisivos como aletas de natación.

Ella le lanza una mirada inquisitiva, con sus pantorrillas perfectamente alineadas, aspira encajando el rictus y dirige una larga bocanada de humo hacia la cara del oficinista.

—¿La que salió desnuda por la campiña en una película?  —contesta seria sin atisbo de arruga en su rostro, con las pestañas lanzadas hacia arriba destacando las arcadas de sus finas cejas y las ventanas de la nariz abiertas de par en par.

—¿Pretende que me crea que es usted inventora?

—Sí, y la primera mujer en salir desnuda en el cine —responde levantándose. El director acaba de abrir la puerta. Coge su portafolios y se levanta mirando desafiante al oficinista —¿su imaginación solo da para eso? Se puede ser guapa y, además inteligente, sabe.

—¡Señorita Lamarr! —saluda el director que le sale al paso parodiando un saludo de cine— ¡Qué alegría verla aquí! Siento no haberla podido atender antes. Si me permite, espere un segundo —sonríe con el dedo índice alzado y se dirige al viejo que no ha dejado de mirarle las pantorrillas a ella. —Señor Pug, dígale a Úrsula que nos traiga un par de cafés a mi despacho.

La indiferente orden del director cae sobre la cara del señor Pug, haciéndole recobrar de nuevo su posición en la mesa, la de ese leal oficinista de sesenta años cabales. El brazo izquierdo del director mientras, se ahueca en la cintura de ella y le acompaña a su despacho.

—Espero que no le haya molestado el Sr. Pug. Es un poco retrogrado, no está hecho para recibir inventos de mujeres —lo dice mientras abre la puerta de su despacho y le ofrece asiento en una de las sillas frente a su mesa.

—Es una pena que solo se haya preocupado en su vida de tener más pelo que cerebro. Si no le importa Sr. Lampier, me llama por mi nombre de casada, Señora Markey, o si lo prefiere, Hedy Kiesler Markey.

—¡Ah el apellido de su padre! debió de ser un gran banquero, Emil Kiesler ¿no?; cómo no iba a tener una hija tan hermosa y famosa. Si hubiera vivido su familia aquí en Estados Unidos, hubiéramos sido grandes amigos, de eso estoy seguro —alardea mientras que Hedy ignora el comentario.

Ella se acomoda quitándose el abrigo, él le ayuda y suelta la prenda sobre un sofá Chester abotonado colocado en un lateral del despacho.
En ese instante entra la secretaria con dos cafés en una bandeja. La coloca sobre la mesa. Uno de los cafés se lo ofrece el director a Hedy con una mirada que recala en toda su fisonomía.

—Gracias Úrsula ya puede retirarse —la secretaria abnegada desaparece tras la puerta— Como le decía…

—Si le parece, Sr. Orguest, hablamos de mi invento —interrumpe incómoda Hedy tras calentar su mano con la taza y soltarla de nuevo sobre la bandeja—. Quiero registrar la solicitud de la patente de mi invento.
—Pssiii… claro, pero…. Bueno cuénteme.
—Como ya le escribí y le dije por teléfono, se trata de un sistema secreto de comunicación aplicable al control remoto de misiles teledirigidos —la expresión interrogante de su interlocutor hace que precise en los detalles—. La transmisión se lleva a cabo en un espectro ensanchado por salto de frecuencia, esto significa que los mensajes desde el receptor se fraccionan en pequeñas partes y cada una se transferirán secuencialmente, cambiando de frecuencia, cambiando de canales.
El Sr. Orguest sonríe con cara de papanatas. Hedy tiene la sensación que no le escucha o no entiende nada de lo que dice. Se le acerca entonces abriendo el portafolios sobre la mesa y mostrándole su contenido. Señala con sus cuidadas uñas rojas una serie de figuras que aparecen en dos hojas y prosigue con su explicación.
—Esta estación trasmisora será capaz de lograr transferir ondas portadoras de una pluralidad de frecuencias. De esta forma no será tan fácil conseguir saber quién es el emisor y, por tanto, de detectar y rastrear un misil teledirigido. Cualquier intruso que intente interceptar la señal no podrá detectar más que un ruido extraño. Este invento se podría emplear incluso para la transmisión de sonidos y mensajes hablados en el futuro.



—¿Y está usted convencida de que su invento podría ayudar a nuestro país a ganar si participa en esta segunda guerra mundial? —se sonríe escéptico exhalando aire por su nariz chata—. Señorita, me parece absurdo lo que cuenta. Se adelanta a los acontecimientos; pronostica algo cuando todavía no hemos ingresado en el conflicto bélico. Y, además, nuestros militares estarán más ocupados en ganar la guerra que en probar nuevos aparatos ¿no le parece? —se levanta y se le acerca—. Le aconsejo señorita que se cuide por sobrevivir si entramos en guerra y no morir frente a esos odiosos alemanes. Por cierto, creo que su primer marido es nazi ¿no? Seguro que si él muere no será una gran pérdida, siendo usted… judía. El arte de ese malnacido para fabricar y vender armas a Hitler y Mussolini tal vez le haya inspirado a usted para este juguete que me trae ¿Estoy o no en lo cierto, señorita Lamarr?

—No temo a la muerte Sr. Orguest, en realidad, no temo a nada, y mucho menos a las cosas que no comprendo. Cuando empiezo a pensar en eso, sabe usted, me dan un masaje y se acaba el problema. Olvidaré su comentario improcedente Sr. Orguest —dice furiosa, pero se arrepiente inmediatamente, no va a ponerse en evidencia frente a ese patán—. Será mejor que vuelva mañana y entonces, registraré la patente.

—Este oficio señorita tiene sus reglas y… —cambia su tono cuando advierte la mirada penetrante de Hedy —claro, espero verla pronto por aquí.

Hedy se levanta altiva, sale del despacho, pero regresa de nuevo a coger su abrigo. La mirada clara se le ha vuelta tan oscura como esa prenda que lleva en el brazo. Su aliento se queda reprimido y el portafolios otra vez apretado bajo la manga. Un lance más en su dignidad ya herida, como un calamar sin bolsa de tinta. No parará en su empeño. Hedy baja la escalera; en la calle se enfrenta a un frío diferente, el de ese suelo húmedo y gris. El anochecer prematuro del invierno le provoca hoy más desasosiego que nunca. Atrás queda el edificio del Consejo Nacional de Inventores. Su invento y la patente del mismo tendrán una importante repercusión mundial. Y ahora, es ajena a esto. En ella hay presente un compromiso que va más allá de las repercusiones bélicas. Su pensamiento está amarrado, igual que su portafolios, a un secreto orgullo de pertenencia a Europa, a orillas del Danubio, a su cuna judía, y es una mezcla entre temor y vértigo.


*


Hedwig Eva María, Hedy, vuelve a su mansión con tal carga de enojo e indiferencia que deja la puerta medio abierta. Se abandona sobre la alfombra del recibidor y el portafolios cae. Se desploma lentamente sobre sus rodillas como una silla desplegable. La alfombra, allí donde tantas veces George y ella han construido sus artilugios con cerillas y cajetillas de plata. En ese momento suena el teléfono.

—Hola Hedy ¿Lo has conseguido? —le pregunta nervioso su amigo, George Antheil, al otro lado del hilo telefónico —llevo llamándote toda la tarde.

—Decían que siendo famosa puedes conseguir lo que te propongas. ¡Ja! Pues mi carrera de actriz, en esta ocasión, no me ha ayudado en absoluto. Debo intentar hablar con el gobierno, George. No es solo la patente, debo convencerlos de usarlo. Tal vez ellos… cuando me vean trabajar directamente con esta tecnología quizás…

—Ven a mi casa, Hedy —le interrumpe George—nos tomaremos una copa.

George y ella son vecinos, se conocieron en una fiesta. George es además su colaborador en el invento. Un compositor vanguardista, un alma afín, inquieta y cultivada en la música y en las técnicas musicales. Desde que Hedy le planteó su proyecto han pasado juntos muchas horas disipando incógnitas y parámetros, con un parloteo continuo de tiempos de transmisión de frecuencias, emborronando esquemas y gráficos de ingeniería y aplicando técnicas de mecánica musical. Unas aforadas discusiones entre la mesa de trabajo y las pianolas, de las partituras a los gráficos les han llevado a esas maquetas de las estaciones emisoras y receptoras que hay sobre la mesa, con esos rollos de papel agujereado usados para sincronizar y conmutar las frecuencias, ahora muchos de ellos ya inservibles, tirados por los suelos en la habitación de trabajo de la casa de George. Horas y días donde cualquier ruido ajeno a su empeño persistía como una psicofonía ignorada. Un tiempo en el que Hedy se olvidaría por completo del mundo de los flashs, el celuloide y el glamour.

—Si te acercas a la élite militar lo más seguro es que te lleven a diferentes lugares para levantar el ánimo a los soldados y no para convencerles del alcance de tu invento. Eres demasiado joven y bonita —le dice cuando la recibe, nada más entrar—. No te tomarán en serio, no lo entenderán. Hacer creíble un invento de ingeniería como éste es complicado. 

—Si he estado prisionera y atada a la cama como un perro por el ser más odioso de la tierra y he escapado de sus garras puedo hacer lo que me proponga. Mi primer marido quería lijarme, ris, ras, —hace gestos con las manos— ¿Sabes que sólo podía desnudarme y ducharme si no estaba él presente? Y todo por aquella dichosa película —habla ensimismada mirando el piano, acaricia las teclas. —Mi madre me decía que tenía que haber nacido chico. Cuando me vio por primera vez tirar las muñecas, tenía entonces cinco años, no comprendía que yo prefiriera romper tranvías para ver cómo funcionaban. Después ya no me conformaba, me atrevía a montar y desmontar cualquier aparato. George —susurra de pie frente a él— creo que mi belleza y mi glamour se están convirtiendo en una maldición; comencé con belladona dilatando mis pupilas para parecer más atractiva en la pantalla y creo, que terminaré mis días como Dorian Grey… Si yo no me hubiera encontrado en el tren con ese mandatario de la Metro Goldwyn Mayer sería, tal vez, otra persona. Al fin y al cabo, cualquier mujer puede ser glamurosa, es solo quedarse quieta y parecer idiota.

—Cada vez que intentan minar tus fuerzas, Hedy, consiguen el efecto contrario. Eres una extraña combinación ¿Qué circunstancias deben darse en las constelaciones para pasar de ser actriz a inventora y nada menos que en el complicado mundo de las comunicaciones? Tal vez no pertenezcas a este tiempo… Hedy, eres un adelanto, ¿lo has pensado? —le sonríe con cariño—. Toma, bebe —le acerca una copa y le hace mover los pedazos de hielo con una varilla de cristal —tu invento ayudará al ejército tarde o temprano. Los operadores de las estaciones de radio están demasiados expuestos, son demasiado vulnerables, y la recepción de las señales se ven continuamente afectadas por las interferencias, la meteorología y los accidentes geográficos. Por no hablar de todas las reflexiones que se dan en las capas de la atmósfera. Nuestro sistema es inmune a todo eso. Es un avance tecnológico maravilloso.

—Es un anticipo a lo que puede ocurrir en el futuro y, tú y yo no lo veremos. Mis películas quedarán entonces en un cajón mientras que este invento...

—No digas tonterías, eres divina. Con tus inventos no solo detendrás torpedos también serás considerada una diva del cine, bueno, ya lo eres. Eres capaz de estar trabajando en tu proyecto del escudo antiaéreo y estar con Bogart en esa nueva cinta, ¿cómo me dijiste que se llamaba? ¿Casablanca?

—Sí, pero al final no voy a protagonizar la película y ese proyecto, el del escudo, lo tengo abandonado, tendría que retomarlo —sonríe arqueando sus finas cejas.

—Lo único que me apesadumbra ahora —mira con dudas a Hedy, no sabe si seguir hablando.

—¿Sí? Dime.

—Hedy ahora que nos sinceramos, siento como si luchara en contra de mi generosidad. Sabes, yo… Es que nunca pensé que mi técnica musical —dice mientras pasa despacio su mano por la maqueta del transmisor —pudiese ayudar a mejorar un arma de guerra. Siempre he tenido presente que la música se ha hecho para salvar el mundo de sí mismo. Mis sinfonías…

Silencio.
*
Primera foto es de una compañera de esta red a la que estimo mucho, 
es Encarna Mora, de su blog Fotos con sentimiento "Amarillo y negro".


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y AQUÍ ABAJO, ES ELLA, 
HEDY KIESLER MARKEY (ENTONCES) 
HEDY LAMARR (SIEMPRE) 








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