21.4.18

ESCALERA DOBLE MODELO DA VINCI








Ella nunca más se cruzaría con él, aunque vivieran en la misma casa.

–Es el fin querido, ya no te soporto más –ella ha esperado a acabar el postre. –
–Yo tampoco cielo, cof, cof –su marido contesta medio atragantado; con la servilleta en la mano– pero, yo aún te quiero.
–Y yo a ti. Quién se va primero. Es lo que hay que decidir.
–Aaah, yo no, he puesto todo mi dinero en esta casa porque tú te encaprichaste en una mansión del siglo XVIII.
–Yo tampoco, he dejado mi vida en esta casa; cada esquina, cada rincón tiene todas mis apreciaciones artísticas del mundo.
–¿No pretenderás Florentina que vivamos juntos aquí y… divorciados?
–Pues sí ¿por qué no? Con probar no perdemos nada, pero con la condición de que debemos evitar vernos.
–Pues tú dirás cómo.
–Entrando y saliendo por diferentes puertas y cerrando las ventanas.
–Pero, nos veríamos por las escaleras, por el jardín, en la entrada.
–Debemos pensar en algo para no hacerlo.
–Ja, podemos levantar una tapia y hacer dos escaleras diferentes, dos puertas, ja-ja, sería divertido, pero incómodo de hacer, sobre todo, la escalera.
–Siiií, no es mala idea, tu subirías por una y yo por la otra…
–¿Dos escaleras? ¿Y si algún día quisiéramos vernos?
–¿Para qué? Está decidido, nuestro divorcio es ad morten.
–La vida da muchas vueltas y las circunstancias pueden hacer que…
–¡Pardie! ¡Pardie! Yo ya estoy harta de darle vueltas; nuestra relación no nos conduce a nada y a ninguna parte… – Florentina, mutis, queda con los ojos abiertos– ¡ya lo tengo! Ves, ves aquí soy la única que tiene la sensibilidad del pensamiento y obra.
–Claro, ¡solo estamos tú y yo! y yooo… ¡puedo cometer delito de omisión!
–Shhh, calla. Ya lo tengo. Las escaleras las podemos hacer como la del castillo ese, el que visitamos en uno de nuestros viajes a Francia; tenía una doble hélice de escaleras con un hueco central… ¡iría en consonancia con el estilo de nuestra casa! ¡Si, si, siií!
–Yyaaa, y con ven-ta-ni-tas claro –la mira y levanta la ceja izquierda– ¿No pretenderás hacer ventanas también en el hueco?
–Sí-i-i, no lo había pensado, es buena idea y además sería nuestra única forma de comunicación.

Y comenzaron las obras de rehabilitación para la consagrada desunión. La casa se dividió por la mitad tras el inminente divorcio para cumplir con todos los cánones de rigor. La construcción de las escaleras se llevó todos los ahorros de la pareja. Dos escaleras en caracol de piedra siguiendo la arquitectura clásica, embutidas en una torre central y un hueco iluminado por una luz cenital. También como correspondía al desposorio se abrieron ventanas y puertas en cada parte del edificio, unas hacia el norte y otras hacia el sur. Solo podrían verse, si querían, por las ventanas de la escalera. Y esto no iba a ocurrir bajo pronóstico. Si coincidían en alguna de las subidas o bajadas, y por casualidad, había contacto visual, sería la señal del encuentro y el contrato de separación ya no sería válido. Esta fue la condición más precisa del pacto.

Las obras duraron meses. Conseguir los materiales y realizar aquella obra arquitectónica en el centro de la casa no fue activo fácil. Se tuvo que contratar a seis empresas diferentes. Nada más que en montajes de andamios y grúas fue una odisea; hacer semejante hueco de diez metros de diámetro, subir los peldaños, acoplarlos a los tres pisos de la mansión y a sus respectivas puertas, y encima, en caracol; además de abrir las puertas de entradas y salidas a ambos lados de la casa, ah, y las discusiones con el carpintero para el tallaje de madera en doble hélice del pasamanos... Y llegó el gran día.

–¡Es una maravilla Pascual, una maravilla! ni Da Vinci ha podido hacerlo mejor.
–Un capricho muy caro, muy caro, Florentina.
–Seremos la envidia de la comarca.
–El hazmerreír de mis amigos.
–Bueno a partir de mañana, nuestras vidas quedan selladas del pasado y es sobre abierto al futuro.
–Tú siempre tan cursi…
–¿Has recogido todas tus cosas?
–Sí, ya está todo distribuido en mi “ala de la mansión” y también Chola.
–¿Chola? ¿Quién te ha dicho que tienes el derecho de llevártela?
–Yo la he criado.
–Yo la he cuidado siempre que ha estado enferma por culpa de tus excentricidades neuróticas.
–Bueno, podemos compartirla…
–Pues, déjame pensar cómo hacerlo.
–Miedo me das, eres capaz de partirla por la mitad.
–La meteremos en la jaula y tú la tendrás un año, y pasado ese tiempo, me la cederías a mí.
–¿Custodia compartida?
–Un año pasa rápido.

En esto sí hubo un acuerdo rápido. Quedarse los dos con la cotorra que compraron en uno de sus viajes exóticos. «No comprendo cómo sentían esa pasión morbosa por una altanera emplumada».


Pasó el año sin incidentes. No se vieron. A la hora del traspaso de poderes sobre el plumífero, o sea, pasar la jaula por el centro de la torre donde estaban las escaleras y meterla por una de las ventanillas, esto se les complicó. La cotorra se escapó en una de las lanzadas de jaula de una ventana a otra y quedó revoloteando de arriba abajo en el hueco entre las dos escaleras. La pájara se veía reflejada en el cristal de las ventanucas y salía disparada en otra dirección, gritando TE ODIO, TE ODIO. Se pasaba día y noche intentando ir hacia la luz, y creedme, que esto tenía poco de espiritual con esos chillidos.

–¿Pascual tenemos que hacer algo? – asomada a una de las ventanitas, y siguiendo con la cabeza la Chola– La pobre… está exhausta, se va a desmayar de tantas vueltas.
–Tú me dirás, eres la pen-san-te; te recuerdo que lo de la escalera fue tu idea.
–¿Y si ponemos maderas entre las ventanas e intentamos cogerla? tú por un lado y yo por otro.
–Podemos intentarlo, pero tú te empeñaste que las ventanas no estuvieran a la misma altura para hacer más difícil nuestro reencuentro.
–Debemos entonces abrir todas las ventanas y por alguna de ellas entrará.

La cotorra se debería oler algo, porque se negó a entrar por las ventanas, ni de uno ni del otro lado. Se enganchó del cordón de la claraboya que pendulaba del hueco y desde allí se le escuchaba los chillidos ¡PAR-DIE! ¡PAR-DIE! mirándolos con ojos de Orion.

–No entra Pascual, no entra.
–Ten paciencia.
–¡¿Paciencia?! Sabes que la cotorra es neofóbica.
–Se la provocaste tú con esos vestidos de colores rabiosos.
–Y tú, con tus juguetes voladores, ¡¡le daban taquicardias!! ¡¿y has olvidado cuando te veía andar con tus polainas?!
–¡¡No discutamos!! Busca palos, haremos soportes en las ventanas y le colgaremos comida y agua y seguro que en una de esas la cogemos.

Y así lo hicieron. Todas las ventanucas parecían la entrada de una pajarera. La cotorra se la veía bajar y cuando veía la cara de sus amos se ponía histérica ¡CHICHINABO, CHICHINABO!  ¡REPIPI!  ¡¡REPIPI!!

Por la noche aprovechaba la plumífera chillona para comer y beber, y durante el día se la pasaba colgada bocabajo en la claraboya mirando lo que acontecía por abajo.

–Ay Pascual ¿qué vamos a hacer? Nos echa de menos, mira su cara.
–No se me ocurre nada.
–¿Y si le compramos un compañero? a lo mejor se anima a bajar y entrar aquí. Los huevos claro, ¡¡los huevos!! ¡ella no tiene más remedio que ponerlos aquí dentro!
–Entonces, hoy mismo iré a la ciudad.

Y así fue como a la Chola le trajeron un compañero, y otro, y otro, y otro. El hueco de la torre de las dos escaleras se convirtió en un cotorral. Y ni imagináis la chillería… ¡ZAMBULLO! ¡ZANBULLO! ¡ZAMBULLO! Se escuchaba a diez leguas.

En cuanto a Pascual y Florentina después de romper su pacto, ellos decidieron juntar sus vidas de nuevo. Les dejaron media casa a los nuevos inquilinos y se fueron a vivir al otro flanco de la casa; lo más alejado posible de la cotorrada. Eso sí, todos los días ya felices disfrutando de los cuidos a su progenie alada. Y ahí siguen tan contentos.

FIN


16.4.18

MÍRAME







La vida no siempre está trazada con la edad, la pintamos mientras podemos; se colorea con un lápiz de ojos que a veces quiebra en el contorno de los párpados. Un tiempo se acelera en nuestra corta existencia y desconoces las razones; te asomas a otro mundo y entonces, resignada, es cuando decides dejar libre la mirada. La abuela Adriana algo abriga dentro de sí.

*

–¿Qué haces con la mirada metida en ese hueco? – le pregunta la nieta.

–Descansa– dice la mujer con un hilo de suspiro mientras pellizca con su mano derecha el reverso de la otra. 

–¿La vas a dejar ahí? - interviene la joven que no aparta su vista de ella; fija sus ojos en el retrato de la pared, después la mira y a su gran nariz griega; su cabeza le parece más grande y sus brazos son más largos. Sonríe. Se la imagina volando; le recuerda a Elsa, una muñeca de trapo que tenía de niña y que ella le puso alas de campanilla...

–Hay veces que me da miedo. En el lado oscuro de la noche, cuando apenas las farolas alumbran, ahí aparecen las primeras sombras; mi mirada las ve… -contesta ella abstraída con su espalda cifótica como caracola, y calla-.

– ¿De qué sombras hablas? - interviene la joven al abandono de su fantasía; pero la sigue mirando.

– Ellas. Ellas empiezan a aparecer como espectros oscuros, vestidos de harapos que van y vienen. En el jardín, cuando voy a mi paseo, allí las veo… están detrás de la vegetación, escondidas en las fuentes. Otras veces las veo tras el kiosco… – la abuela abre su boca como un pez, tragando aire– ... Ellas van y vienen, son listas, se agazapan para que al volver mi cara ya no las vea; luego en el pasadizo de la calle me las encuentro, también en el arco de la entrada...  y junto a la puerta, en el primer escalón, ese partido por el borde; en la cerradura, al abrir también… Allí se agachan... son figuras irreconocibles...no sé quiénes son... – la abuela traga saliva y temblorosa coge el vaso de agua que hay en la mesa. Bebe. Su respiración no acompasa sus palabras– ... también se meten en las ranuras, ¡no me dejan andar! ¡ni abrir la puerta! - se le acelera el pulso y gira su pupila como unas oxidadas aspas de molino. -

– Abu no te esfuerces más, tu vista ya no alcanza. Son imaginaciones tuyas- ella está quieta, sentada junto a su abuela. La luz de la tarde ilumina esa cara longeva haciendo más visibles sus rasgos; sus orejas grandes que sobresalen de ese turbante - (le debe quedar ya poco pelo y por eso lo guarda dentro de ese atavío)- piensa la joven mientras juega con algo que tiene en el bolsillo.

–Eso es porque no me acompaña nadie cuando salgo... tú... y tu padre... si viniera él, las sombras... ellas se irían... –replica mientras aprieta sus labios finos–. 

–Abuela, vengo cuando puedo- ella no deja de jugar nerviosa; el sonido parece de un bote de pastillas...

– Ayer las líneas de carboncillo de mi cuaderno de dibujo cobraron vida, las caras me miraban... las encontré tiradas en el suelo y se movían…

–¿Qué buscabas en el baúl? Allí solo hay cosas antiguas. Abu... - se levanta y mira tras la cortina. -

– …la mirada se me cierra como una valva de almeja siguiendo esos bultos de aquí para allá. Creo que me persiguen... igual que esas siluetas que se me insinúan... Me duelen los ojos…

–Eso es porque no te pusiste las gafas Abu; sabes que ves cosas raras cuando no te las pones- la interrumpe, se abstrae en un pensamiento. -

–La mirada no las necesita. Si me las pusiera ya no me hablaría el gusto, ni me escucharía el oído, ni olería el recuerdo…

– Abu, ¿no será que...?

– ¡Ssshhh! ¡No! no son manchas como siempre dices...! Pienso que no eres mi nieta... no tienes sensibilidad para apreciar lo que te cuento... no comprendes... Mis ojos... mis ojos ya ven de otra forma. Ellos ven en sinfonía al oído, me sugieren sonidos, la música... se afina en mi mirada... como un violín - se sonríe moviendo sus largos brazos como si tocara; después vuelve a beber, le cuesta respirar - Mis ojos llegan a tocar incluso el acorde del gusto y me hacen oler aromas tan sutiles que tú no eres capaz de apreciar... es como si ángeles los dejaran sueltos... –deja sus manos tranquilas, inmóvil intenta calmar su respiración. –

–A-bue-la, A-bu - la tranquiliza; se sonríe mientras ve todos los cuentos de música que le deja sobre la mesa cada vez que va a la ciudad - ¿Te comiste todas las galletas que traje la semana pasada? - La nieta le pregunta mientras va a la cocina; le prepara la merienda. Saca de su bolsillo algo, el bote con el que había jugado antes; es de cristal con unas pastillas pequeñas rosas, Clonazepam... mira hacia el sillón con el rabillo del ojo y mueve la leche con la cucharilla ... 

– ¿Sabes hija? ya no huelen las manzanas como antes; pero las mandarinas sí conservan su olor y la flor de azahar del jardín... y la piel de membrillo... 

–Bueno, no es raro, todo está perdiendo los olores y los sabores –le acerca una bandeja con leche y galletas. – 

–Pues creo que a la mirada le pasa igual… – mientras habla, ella se limpia con el puño de la blusa el sudor de sus manos y de su frente. –

–¿Cómo dices? - acerca la leche a sus arrugados labios y observa su piel manchada mientras ella bebe. Ve una mujer envejecida, prematura a ese tipo de ojeras. –

–Los ojos también pierden la mirada con el tiempo.... Las imágenes se escapan a través de estas dichosas gafas... por eso me las quito... no puedo ver. ...Tú eres tan joven... –suspira e intenta tocar a su nieta... desiste. –

–Abu... ten– le interrumpe y le da de beber la leche de nuevo, evita tocarla–. 

–No veo con tanta nitidez las cosas, como cuando... era más joven -siente náuseas, malestar en el estómago–  los colores ya… no los veo... todas esas identidades con rostros deshabitados... y esas sombras que están ahí... las siento – la abuela deja de hablar y bebe de nuevo derramando algún trago sobre su blusa... ese temblor de sus manos; se limpia torpemente, le cuesta respirar. –







pintura de Paul W.Ruiz (comienzo) y Alexander Janson (final)




8.4.18

ROJO SOY







Soy un color, pero no cualquiera, soy-de-los-principales en la paleta del pintor. Tal vez sea tu preferido ¿eh? No dirás que no soy enigmático y pasional y sobre todo, fácilmente reconocible, el más llamativo. SOY TODO CORAZÓN. No es de extrañar qué niños y enamorados me tenga tan presente; soy el color que antes ve un recién nacido, nada más abrir eso ojillos, ahí estoy yo. ¿Te has puesto a pensar cómo hubiera sido Caperucita sin mí? ¿y el fuego? ¿o la amapola? ¿y esos labios que siempre seducen?





Hay quién me llama bermejo, bermellón, encarnado o purpúreo pero, ¡no!, ¡no me gustan mucho esos nombres! en ese caso prefiero colorado, que deriva de "color", vamos que viene al pelo. Soy sangre. Soy señorito. Soy chispeante y visto bien. He teñido las ropas de las meretrices; he lucido a las prostitutas romanas y ese descaro que tiene las parras vírgenes gracias a mí. Soy el color preferido de los trajes el pater nostrum y los de la nobleza, ah, y de los altos cargos del clérigo, upss se me olvidaban, e incluso la toga de la justicia del tribunal superior ¡hasta los justos también me llevan! En la tradición soy el flammeun, ese velo de las novias romanas y soy ilusión en las novias chinas y en la India también. Ayyy... y bailando... aquí también doy la nota con ese traje de fiesta andaluz; aunque para costuras me debo a mi preferido, el más venerado en navidad: el traje de Papa Noel. 

A lo largo de la historia he sido muy valorado y es que soy muy polivalente. De ser prohibido en algunas clases sociales a convertirme en el color de la chispa de la vida. Soy el color de la seducción, la sexualidad, el erotismo y la inmoralidad. 




Polifacético que es uno ¿Has pensado qué serían sin mí las cabinas y autobuses de Londres, los tejados de las ciudades medievales ¿y los tulipanes? ¿y las rosas? ¿o los flamboyans? ¿Y qué me dices de la fruta? Quién no se resiste a una jugosa cereza roja o a una manzana dura y fresca, y si no, que se lo digan a la Eva en el Paraíso o a esa Blancanieves de los hermanos Grimm. Y hablando de países, que me olvidaba, en China soy el color de la buena suerte y en Moscú doy nombre a la Plaza Roja, la más concurrida, y allí subo hasta las torres en la catedral San Basilio que es de cuento y caramelo.

Ahora que nadie nos oye, os voy a contar un secreto: no me llevo bien con los números, ni con las deudas. Si no tienes dinero en la cuenta (algo que en estos días será lo más probable) esto no tiene nada que ver conmigo. Tampoco me gusta que acudan a mí para las señales de prohibido ¿y por qué no le dan otro color al código, o a las tarjetas de fútbol, o al semáforo, o a la salidas de emergencia? Es que no quiero que tengas que salir corriendo por mi causa. Más de uno se lo pasa bien en los San Fermines, que lo sé... ¡Eeee, Eeee, que te veo venir!  ni me hables del de-mo-nio.




Y para terminar, ojo con comprar un coche con mi color que no te vas a librar de una multa segura (aunque tal vez de esto la culpa la tiene Italia, creo ¿o no?) todo lo rojo en carretera no rueda si no vuela... A todo esto ¿hay pájaros rojos? siií ahora que lo pienso, algún loro me lleva por el aire y la mariquita a su espalda. Y también estoy en el agua: el mar, el Rojo y el río, el Colorado. Y las tribus tampoco se escapan, claro los indios pieles rojas. Y desiertos, y...   

En fin, quédate con mi esencia y quédate conmigo. Ponte rojo, ponte roja, porque sabes que te quiero, porque sabes que soy: TODO CORAZÓN.





3.4.18

NUNILO, LA PRIMERA EN LLEGAR AL CIELO







Nuni no era mucho de entrar al trapo con las pesquisas de los vecinos, ni se la veía mucho sonreír en misa. Hay quién le daba de lado y hay quien opinaba que juntarse con ella era mejor hacerlo con amuletos de la suerte. Considerada una verbisingracia, la churrapalos, que es como así la llamaban –apodo heredado del marido por indulto divino– tenía la casa más grande de la cortijada y de ahí venía parte de la envidia de sus vecinos. El marido de Nuni fue gañán de día y gañán de noche. De sol a sol trabajaba a destajo a las órdenes de un indiano que había amasado su fortuna por Santo Domingo; de noche el Damián bebía a destajo y apostaba una mano, y a veces las dos, a las cartas. Su mal beber y su displicencia, o sea desagradable a más no poder, eran temidos los miércoles, viernes y domingos. Las sillas de madera eran empotradas en las paredes cuando tenía mala partida. En una de estas embestidas, el churrapalos murió haciendo gala de su nombre de un mamporrazo que le propinó el hijo del sepulturero. La vieja Nuni se quedó sola, pero enviudada feliz por quitarse a ese energúmeno de encima los lunes, martes y sábados; harta cuatro décadas de reformarle la ropa a ese ruin y cocerle a gusto los potajes a ese vil desagradecido. Una soledad que la llevó de forma divina mientras pudo aguantar su cuerpo serrano, más rollizo que curado.

*


Era el día de los inocentes, esa tarde sobre las seis y después de su devota siesta, murió atragantada. No porque la ahogarán por considerarla pájaro de mal agüero, no, sino porque tenía la dichosa manía de roer garbanzos tostados. Con solo tres muelas, la mitad de los garbanzos que se echaba a la boca le pasaban enteros por el gaznate. Y es que tenía metido en la cabeza (y en el cajón de la cocina) que esta legumbre era buena para la osamenta. Consolación la de los huevos, fue quien dio la noticia. Cada dos días venía a traerle su media docena y al no abrir, entró ella empujando el portalón y en un soplo corrió calle abajo como si hubiera visto el Cascamorras; cómo le vería de desfigurado el rostro a la Nuni y a su expresión de asfixia agónica para correr de esa manera por la cuesta de Ventura que “quién la sube la suda”.

El único sobrino que tenía, Aquilino el de Graná –hijo de su solo hermano también difunto– fue el primero en aparecer al olor del dinero; el resto de la gente, diez de treinta vecinos, se fueron acercando con resquemor por lo acontecido en esa casa. Las beatas del Candelabro fueron las primeras en acercarse para ungir a Nunilo –nombre completo de la difunta, heredado de una de las dos santas mártires de la comarca-. Ese ungüento milagroso de aceite de romero y esencia de lavanda para que entrara como Dios manda en el cielo.




Mientras preparaban a la vieja, justo a medio vestir y a falta del rosario, comenzó a nevar en Las Cucharetas, que era como se llamaba la cortijada donde vivió Nuni hasta ese día; un recóndito lugar en el altiplano de Baza. Sabiendo como allí se las amañaba el tiempo, con rasca y calentura, las vecinas dejaron el cadáver para ocuparse de la nevada. Corrieron a reparar portalones, enderezar canalones y afianzar contraventanas y hacerse con una buena provisión de agua, velas y comida. En estampida salieron de casa de Nunilo, salvo el sobrino. Allí sentado, impávido quedó con su única ceja alzada frente a la finada. Lo que ocurrió después quedándose éste solo, fue un hecho impensable y difícil de creer.

*

–Cuchi con la vieja, qué bocaná acaba de soltar– de tanto meneó que le habían dado a la Nuni, empezó a echar restos de garbanzos por la boca– ¡la Vín, que asco! ¿Y que pollas hago yo ahora?

Esa noche y al otro día no paró de nevar. Tanto fue la gélida cara del tiempo que las calles se cubrieron con un metro de nieve. Se cortaron las comunicaciones a la par que se fue la luz. No hubo coche ni burro que pudiera circular. Y la nieve en la oscuridad de la noche dio paso a una placa de hielo que ni gato o lechuza zarpearía sobre ella.

Aquilino mientras encerrado en la casa. Ante lo que pudiera empezar a oler su tía por dentro y por fuera, divagaba con su menguada cabeza que hacer con la muerta. 

–La Vin compáe que nevazo ¿y qué hago yo ahora? Conti coneso habrá que amortajarla…

Y se la ventiló a la muerta, digo si lo hizo, y como mejor pudo. Comenzó a arrastrar el cadáver por la escalera. Los cabezazos se escuchaban peldaño contra peldaño clom, clom, clom. La subió por las escaleras hasta lo más arriba que pudo: la azotea. Allí la dejó para que el frío la conservara. Se la podía ver a Nunilo, toda ella vestida de luto riguroso en contraste con el blancor nevado y ese cordón de Nazareno, que de la cintura se le había subido hasta el cuello apretándole el pescuezo y acentuando su expresión agónica. Quedó echada con esta mala jeta frente a la cara del tiempo y abierta al firmamento; capa a capa de copo a nieve se fue tapando su cuerpo muerto. Y mientras, el resto del pueblo al calor de las candelas y con migas y gachas que de la fallecida ni se acordaban.






El cuerpo de la Nuni estuvo tres días boca arriba, más sola que la una, hasta que paró de nevar. Medio metro de nieve sobre ella y más tiesa que un uno. Lo que no se esperaba ella es que iba a estar tan cerca del cielo en su muerte. Siempre decía: «de morir que me bajen al infierno entre baile y alegría y no rezando, allí con mi Joselico y con mi Valderrama». La bajaron, vaya si la bajaron, pero de la azotea y en ataúd de hielo. Bajó ligerica por la escalera y después la lanzaron por la ventana para trasladarla al cementerio. Los vecinos, los pocos que vinieron a ayudar al Aquilino, no esperaban que entrara un sol abrasante; se descubriendo caminos y cuestas a la par que los desagües de carámbanos. A la vieja la subieron a un carromato tal cual estaba, porque no había forma de meterla en una caja. El cementerio estaba a catorce kilómetros del pueblo, en Benamaurel, y con tanta sacudida en el camino, el cuerpo se deslizaba como una inverluza glacial, iba de un lado para otro, cabezazo viene y costalazo va. Y como era de suponer, por el camino, se fue descongelando.

La Nunilo al ser enterrada con esa guisa de arrugada y al derretírsele todo el hielo que la recubría, su aspecto de ahogo agonizante se tornó más terrorífico. La gente al verla salió corriendo por segunda vez, huyendo de maleficio y dejándola sola con el sepulturero; éste no se lo pensó agarró con todas sus fuerzas la venganza de su hijo y de un palazo la metió en el agujero.

Y aquí no acaba la historia de la Nuni. Cuentan que en alguna que otra de estas nevadas se la ve salir con el brazo en alto reivindicando su lugar en el infierno harta de su puesto de honor de ser la primera en llegar al cielo.








27.3.18

CHIRIMOYA









Hola amigos y compañeros de G+ hoy os vengo de dulce, dulce flor de la chirimoya que, por cierto, ya termina su temporada de producción, que va de octubre a marzo. En Almuñécar, al sur de Granada, donde vivo (AQUÍ te dejo el enlace para conocer esta localidad) disfrutamos de ser únicos y presumimos de ello ¿de qué? pues tenemos la mayor extensión de cultivo de chirimoyos y hablamos de miles de hectáreas. Estos frutales están repartidos por las vegas de los dos ríos que abrazan al pueblo; verdes entre los tramos grises de los acueductos romanos y además es paraíso de los camaleones, hay una gran colonia verde que se ha reproducido en estas vegas.







¿La conocéis? Me refiero a la fruta, bueno si habéis estado por aquí, seguro que sí. Al menos la habéis probado alguna vez ¿no? Y si es así ¿a que estáis esperando? En esta publicación os voy a contar algunas curiosidades de este árbol y su dulce fruta. Lo primero es que lo mismo responde en femenino como en masculino. Desde pequeña, nosotros le decíamos chirimoyos, igual nombre para el árbol como para la fruta y después, en el mercado se la diferenció. En realidad es su apellido, bueno esto os lo cuento luego.




Se introdujo en Almuñécar proveniente de América, en concreto de Ecuador, Perú, esto sería más o menos entre los siglos XVI y XVII. Allí aparece de forma natural, a unos 1500 o 2000 metros respecto al mar. Claro en mi tierra no encontró esa altura porque estamos en la costa, pero le benefició la temperatura, ese carácter subtropical del clima y sus suelos húmedos. Aquí se adaptó y aparecieron variedades diferentes: Fino de Jete y Campas, la primera es la variedad más abundante. Los árboles no crecieron igual, ni la fruta era del mismo tamaño y gusto como en sus lugares de origen. Con el tiempo el árbol y su fruta fueron cambiando y nada que ver con sus ancestros frutales americanos. Aquí el clima es más seco y caluroso. Tal vez sea esta la razón de que la chirimoya sea más dulce. Sus hojas son grandes y aterciopeladas. Me encanta el olor a anís que desprenden cuando coges una. Y sus flores son tan pequeñas y verdes que apenas son apreciables en el árbol pero en su época de fecundación ya huele a fruta. Toda la vega huele de forma muy particular, dulce aroma de hirimoya.




flor femenina de chirimoyo


Este árbol responde a las estaciones de forma diferente a como lo hace el resto que conocemos, tal vez porque se ha adaptado, pero lo ha hecho al revés. En verano pierde la hoja por el excesivo calor y en invierno se cubre por completo. No tiene miedo al frío, y eso le viene de sus antepasados en las altas montañas (el nombre chirimollo viene del quechúa chiri,frío, y muya, semillas: semillas que germinan con frío) vamos que huye todo en él de las altas temperaturas estivales ¿curioso verdad?





La fruta ya la veis. Es muy diferente a cualquier otra que conozcáis, algo así a una piña, pero vista de lejos claro, muy de lejos y aun así no se confundirían. Fruto verde, acorazonado con piel muy lisa si es Fino de Jete y si tiene bultitos es la otra variedad. La piel es tan delgada, con esos pliegues, como las escamas de las piñas o las alcachofas. Dentro hay semillas negras “encamisadas en la pulpa” (no es el primero que comiendo una chirimoya se ha tragado la pulpa y las semillas, tó pá dentro) y esa pulpa es muy blanca y ¡¡muy duulce!! que contrasta con sus semillas negras. Cuánto más madura, más dulce, y a mayor número de pliegues marcados tiene esta fruta más semillas tiene; algo a tener en cuenta a la hora de comprarla si no quieres estar "escupiendo" semillas todo el rato. 





Ya os podéis imaginar que además de fruta como postre, es también una base de helados y pasteles, batido y mousse; hasta han llegado a hacer con ella gazpacho, inventillos de los chefs michelín que habrá que probar algún día ¿si hacen gazpacho de sandía porque no de chirimoya? ¿no os parece? Aquí os he montado esta composición fotográfica siguiendo los consejos prácticos de un programa de diseño artístico aportado en la reseña de nuestro compañero David Rubio (os dejo también el enlace, es muy interesante).





Desde 2002 este cultivo tiene sello de denominación de origen protegida, procurando así vender un fruto con la máxima garantía y calidad. El Consejo Regulador de la chirimoya controla su recolección y comercio. Deciros que al tener esa piel tan fina, la hace una fruta muy delicada y su tendencia es a madurar muy rápidamente. ¡Ojo con este detalle! Si compráis chirimoyas y la dejáis en un sitio caluroso la podéis comer casi en dos días y además, maduran toooodas a la vez.

En la actualidad los sistemas de poda del árbol y los sistemas de polinización son forzados (ya no es solo trabajo de los insectos también las personas se prestan a la fecundación del fruto) y se ha conseguido que haya fruta casi todo el año; puede aparecer en el mercado casi como el tomate y el pimiento, fuera de su temporada natural.






Para terminar, os cuento que es un fruto que, por su índice glucémico tiene un azúcar de asimilación lenta y la hace ideal para que diabéticos de tipo dos, la puedan tomar, al parecer, sin problemas.  Los médicos la comienzan a aconsejar como fruta por que previene la hipertensión arterial,  patologías cardio vasculares en general. Os digo que en América hay otra Anonna, (Annona es por el nombre científico del chirimoyo: Annona cherimola, vamos su verdadero nombre) en este caso es la Guanábana, que la usan como anticancerígena. Y aquí, por ser un fruto tan parecido se ha fomentado el consumo de la chirimoya para prevención.

Yo soy partidaria de comer fruta, sea la que sea, cuanta más variedad mejor, si es de la estación mejor que mejor y si encuentras chirimoyas en el mercado, mi vida, pruébala, te gustará, comerla en su punto puede suponer un tentempié perfecto a media mañana, te mantendrá un buen rato con las pilas puestas.

Y ahora tú, cuéntame ¿conoces esta fruta?




23.3.18

SU MENTIRA






Hoy llueve fuerte. Llueve intentando aplastar el asfalto. Llueve de una forma que el agua se traga la espuma del barro; la veo correr calle abajo para ahogarse en las alcantarillas. Hace un rato yo me he tirado bajo esa agua y han sido sus guantazos en mi cara los que me han ayudado a verlo claro.
*
Llevo media vida recibiendo abrazos, falsos abrazos; media vida con apretones de manos, diligentes e interesados. Y esa mitad de mí mismo hubo un tiempo que estuvo llena de palabras, palabras amarradas a ideales; pero pasó, se vaciaron, sucumbieron en una mentira y detrás vino otra.
Y hoy por fin, lo veo claro. Renuncio. Porque es ahora cuando escucho esos murmullos pegados a mi frente, gritos de quienes no les he prestado la atención que merecen.
Soy ministro, casado, cincuenta ¿y que más? Político ocho horas al día, una hora marido y media padre. Visible a tiempo completo, invisible para mi familia. Como rata deambulo por todos lados donde me lleva la corriente de mi partido. Asiento por natural convicción de principios, aunque después hago lo que me da la gana. Mis ayudantes me llevan a contracorriente y transcriben las palabras que debo decir; ellos me quitan las pulgas en partes que yo mismo ni me las veo y también, claro, por si alguna de ellas les salta y les pica.
Soy Alejandro y he descubierto mi pasión tardía: ser persona.
Estoy sobreviviendo en un caos que lo siento en mi propia monotonía. Cuando llegué a la cantera joven de mi partido, lo vivía con cierta pasión y no era engaño, pero... esto ya lo he dicho ¿no? Mi vocabulario era escaso y aun así articulaba palabra con palabra. Ahora no quiero ni escucharme; respondo lo mismo una y otra vez por inercia y con una sonrisa muy estudiada. Aprendí con sobresaliente el lenguaje del gesto y el saludo mudo; hasta tal punto lo manejo bien, que a esta altura de mi vida he olvidado lo que es pronunciar palabras por impulso natural, con convicción.
Cada día uso un traje como un muñeco de papel, de aquellos recortables, y con ellos falseo mi aspecto para hacer creer que las cosas avanzan y la grosería no se me nota. Mi jornada política comienza cuando mi secretaria me trae el desayuno y le manoseo la apariencia. Releo las noticias, para ver donde cae el “si tú más” y donde entro mejor con mi tirada en el tablero de juego "quita que yo me pongo". Estudio poco, nada, a veces como si estuviera leyendo un tebeo de Pepe Goteras y Otilio. Mi estrategia es asegurarme día a día que peones caerán y que peldaños subiré yo.
A mis pies hay una cartera de piel, piel de ministro, vacía, casi desmayada de aburrimiento; ahí está ella, sin abrochar, sobre la alfombra, la única conciencia abierta que me queda. La gente de mi alrededor es el tablero que piso y sus cabezas, las baldosas sobre las que me muevo, como una tarima flotante. Poco a poco me he instalado en una vida falsa, en un sillón falso, rodeado de avatares que muevo a mi antojo. Me importa una mierda las miserias de la gente, forman parte del juego ¿esto también lo he dicho? o quizá ya se ha supuesto.
Pero ahora, con ese baño de agua, todo ese millón de gotas sobre mí; ahora es cuando empiezo a sentir melancolía de la verdad. Voy a por los remos. Aunque comience con estos pies falsos, pero al menos con ellos sé que puedo salir a nado antes que me ahogue en mi propia miseria humana. Ya no lo aguanto "sálvese quién pueda". La población se ha echado a la calle por lo miserable que soy. Me han caído encima, son como ese aguacero, la gente la he sentido como esa tormenta.
He mantenido el tipo con la independencia, con la luz y los carburantes, la reforma fiscal, pero con ellos no puedo. No puedo ser ajeno a sus manos temblorosas, a su paso lento y a sus palabras escritas en cartones. Me pesan demasiado estas imágenes, esos gritos. Voy a ser benévolo. Necesito dejar de ser político para convertirme en persona, entrar en las vidas, en las suyas, las que me han mantenido en el puesto hasta ahora.
Y es ahora cuando abro mi escritorio, con vergüenza, para escribir una nota de mi propio puño y letra: «Dimito. No sé quién soy». Y tal vez, en la próxima avalancha humana yo vaya también buscando mi propia dignidad en la tormenta. Esto último lo pienso, quedaría bien, pero mi partido no me creería.