23.12.18

FELICITA, CORNELIA Y EMERITA







Momento de felicitaciones, para los que somos y estamos, para los que quedan y siguen. Felicitación por describir y enseñar, porque nos hace más humildes y más pacientes. Felicitación no por lo que acaba sino por lo que empieza. Felicitaciones para ese mundo que nos entra por los ojos y al que todavía no me acostumbro porque es tanto lo que me asombra cada día.

Amigos, amigas, compañeros y compañeras que estáis por aquí, conmigo, no se me ocurre otra cosa que mandaros esta particular felicitación acompañada de un relato y un viaje donde deseo expresar varias emociones: la mutabilidad de las cosas con el paso del tiempo, porque cambia la luz, el ángulo y la percepción, porque cambiamos con ellas, porque también se alteran por lo que sucede a su alrededor. El mismo mármol de la columna cambia, se desgasta, se desmorona, pero algo acontece, alguien lo hace levantarse, lo conserva para que pueda ser contemplado durante años, siglos. Al igual la palabra también queda. Sigamos escribiendo, viendo y amando. Un abrazo y ¡Feliz año nuevo!






I.

Esta dichosa máscara y los crotalia ¡siempre se me enganchan! necesito cambiar estos pendientes como sea, debería, pero también podría cambiarla a ella, mi máscara. Siempre ese rostro boquiabierto, ni tristeza ni alegría, es como el limo gris de un charco de lluvia, sin expresión, tan fría como este mármol rosado de la columna donde me refugio. Ella, mi máscara, con un orificio único y sinuoso por donde me trago el aire y por donde mi palabra es convertida en eco, sonido a veces irreconocible; esa palabra que no se escucha, por que ellos solo ven mi cuerpo tras la túnica. ¡Oh Ceres, diosa protectora, algún día tiraré esta máscara! como otros tirarán la suya, como también caerán estas columnas corintias, pero no, no podrían, antes el tiempo se debería aletargar en ese enlucido de estuco, antes yo andaría descalza sobre estas piedras y dejaría mis sandalias atrás, mis pies bajarían de estas altas suelas de madera deshaciendo las tiras de esparto que los atan. Yo pisaría mis huellas, las que dejo en este escenario, día tras día; una y mil veces las pisaría hasta reventarlas en sangre. ¿Cuántos años han pasado ya? Y tal vez muchos otros les seguirán. Solo permanecerán ellas, las huellas, aplastando la misiva de la palabra.



II.

Mi espera se eterniza tras el pulpitum. Mis palpitaciones provocan esos dichosos tics en el párpado derecho. Siempre igual. Ya es casi la hora. Veo las gradas. Allí arriba, lejos de todos, las mujeres, la mayoría religiosas y aquí, tan cerca, los hombres casados, los que no pierden detalle de mi danza, de mi cuerpo; junto a ellos, los más ruidosos, ahí, esos soldados con su griterío. Y frente a mí las tribunas de políticos, divinos emperadores, los dioses. A ellos sería yo quién les chillaría hasta que tiemblen los pedestales; mis palabras, las que no se oyen, las haré resonar entre los huecos de mi cara, entonces vibrará todo mi esqueleto. Hoy no habrá parodia para ellos, para nadie.
La gente sigue entrando por arriba, por las bóvedas bajo el Pórtico. Esta noche habrá lleno, más de cinco mil espectadores. Apenas veo las gradas más alejadas. ¡Otra vez! No han encendido las antorchas de las galerías de los esclavos.



Confío que el coro entre a tiempo con los músicos. Ayer no lo hicieron. Cualquier retraso perjudicará mi actuación. También faltan algunas guirnaldas en las columnas de la derecha, como han cometido este error, saben que el pulpito debe quedar perfecto. Este escenario se ve tan bien con el brillo de esos metales preciosos, esas hermosas pinturas, los ricos tejidos y las maderas nobles. Hoy ya por fin traerán los bueyes para la procesión, irán tras el trono de la imagen del emperador Tiberio, luego deben salir los pantomimos y danzarines cuando resuenen las tibias.
¿Y ese ruido? Es el aire, sí, parece aire. Tal vez haya sido él, el que ha apagado las antorchas. Tras el aire vendrán las nubes, sí, es necesario un cielo gris para que mi trágico momento sea estremecedor, mi muerte debe enmudecer el foro. El graderío tras ese momento se levantará, yo caeré bajo el sacrarium, esta capilla del frente escénico será mi orla final y entonces los aplausos ensordecerán el teatro de Augusta Emerita.




III.


Yo no conozco Grecia, ni Alejandría, ni Egipto, por no conocer no conozco ni Roma, solo Augusta Emérita. Soy el peldaño más bajo social, soy una esclava liberta, liberta de Publio. Vivo aquí o allá, mi vida es sencilla. Solo yo con esta máscara. A escondidas soy un arlequín, un soldado fanfarrón, un amante bobalicón, un polichinela; los conozco bien a todos, pero es la colombina mi compañera y musa, es la tentación, confidente y aliada. Soy la secunda mima, una meretrix dentro del grex teatral. Soy Cornelia Nothis.






Estaba allí, desde el año 16-15 a.C. Grandes letras de bronce lo proclamaban. Ahora ya no brillan, pero están ahí, sus huellas en la piedra aún permanecen en el teatro. Marco Agripa, yerno del emperador Augusto fue su benefactor. El teatro de Mérida, salió del letargo, estuvo oculto bajo las entrañas de la ciudad, bajo tierra, hasta comienzos del siglo XX. Solo una parte alta del graderío asomaba. Hormigón revestido de sillares de granito en un campo de cultivo.

comienzos de 1900



1933





En la actualidad





Y en 1910 se comenzó con las excavaciones. De 7 metros de profundidad pasaron a 9, se descubre toda la gradería baja, todo el hemiciclo y entonces la escena aparece. Es 1925. Sus columnas, partidas, al igual que frisos y tableros decorativos, solo las entradas parecen erguidas. Caído, roto, destrozado, con la música silenciada. Imaginar lo que fue. Ese imponente edifico de mármol con grandes estatuas y ricos materiales de ornato. Su gran fachada del frente escénico de diferentes colores pétreos. Una técnica de reconstrucción metódica le ajustaría los diferentes elementos y se pudo recomponer gran parte de su arquitectura. Lo que es hoy. Lo que fue ayer.



Foto de Verbo Producciones Teatro.


Desde 1933 se celebra en él el Festival internacional de teatro clásico consolidándose como una manifestación única, de esencia greco-latina. Margarita Xirgú, la actriz; Miguel de Unamuno, el escritor; Manuel Azaña, el político. Otros tiempos. La obra fue Medea de Séneca traducida en gran parte por Unamuno. La compañía de teatro de Xirgu-Borrás lo pone en escena. Fue el estreno, después de tanto tiempo bajo tierra.




Margarita Xirgú


De la actriz romana Cornelia Nothis no he sabido nada más. Solo se encontró una lápida funeraria de ella. Hay muy poca constancia de protagonistas del teatro romano. Por eso me he atrevido a reproducir un momento de lo que pudo ser su trabajo en escena. Este relato ha servido para presentaros este lugar único, mágico, sagrado y poderoso donde se iba para ver. Igualmente este edificio era un lugar de culto, lo mismo de asamblea que de homenaje; bien para manifestar temas políticos, mitológicos o para disfrutar momentos de burlas y groserías. Obras para entretenimiento, por supuesto, la mayoría griegas, además nada entendidas por el público romano por aquel entonces, tendría que pasar tiempo. El teatro era para ser visto y poco importaba lo dicho, únicamente lo representado.


*Las fotos antiguas son del Consorcio de la ciudad monumental de Mérida. 



VIAJEYFOTOS 
os desea ¡Felices fiestas!




4.12.18

FOTO-GRAFÍAS




¡Cómo han cambiado los tiempos! ¿Qué sería de un viaje sin fotos? ¿Y qué sería del fotógrafo sin el espectador? Tú por ejemplo.
Las fotos son nuestros recuerdos. Esas imágenes maravillosas que puedes volver a ver. Esas fotos que le añaden más tiempo al viaje, ese que a lo mejor hiciste tan rápido, casi sin quitar el ojo de la cámara.


Alfred stieglitz1905
Y son esas fotos las que también te hacen descubrir cosas nuevas que probablemente tu objetivo en ese momento ni reparó.
Desde pequeña me han gustado las fotos. Recuerdo mi primera cámara comprada en la feria con un payaso que salía al dispararla. De esto han pasado 50 años y la evolución tecnológica va que vuela. Ahora hago fotos con una cámara digital y con el teléfono móvil.







También recuerdo las viejas películas en blanco y negro en el que el fotógrafo escondido bajo un trapo negro enfocaba la cámara que era una caja sobre un trípode y un soporte que se prendía con un detonador produciendo un destello de luz brillante y una nube de humo ¡qué tiempos aquellos!



Alfonso Sánchez 
 El mundo de la fotografía es apasionante y no menos la evolución que ha tenido la cámara tanto en tamaño como en su forma.
La cámara Mamut, que es la foto del comienzo de la entrada, está datada del 1900, la más grande del mundo y con un peso de casi media tonelada, trasladar este artefacto sí que es ser un apasionado por captar la imagen.
La cámara tiene una historia de casi mil años, más antigua aún que la propia fotografía. Los eclipses de sol en el siglo X se veían en habitaciones a oscuras abriendo un orificio que proyectaba una imagen del sol en la pared opuesta. 

Este fue el comienzo de la cámara oscura, viendo cómo se proyectaba una imagen del exterior en la pared opuesta invertida y borrosa y dibujarla en ese momento.



Son los comienzos de 1800 y se va a revelar el secreto de lo que en el futuro sería la fotografía: como capturar esas imágenes que estaban en nuestro campo visual. Se  comienzan a usar una placa plana de plata y una cámara oscura en forma de caja.





Una caja que va evolucionando para hacerse manejable y con un orificio en el que ya se instala una lente óptica para que la imagen fuera más clara y definida.
La primera cámara fue de madera. La de cajón eran realmente dos cajas cerradas y para enfocar se deslizaban una dentro de la otra. En un extremo el objetivo y en el otro un vidrio deslustrado que hacía las veces de pantalla de enfoque y que, después se sustituía por la placa fotosensible al hacer la toma.
Ya empieza a parecerse más a la cámara que todos conocemos, esas cámaras que se abrían a modo de acordeón. 

1920 fotógrafos












Conseguir la fotografía seguía siendo muy artesanal. El fotógrafo preparaba sus placas en cuartos oscuros y si tenía que viajar y hacer fotos del exterior montaba laboratorios portátiles de campaña.
Antes de cada exposición se insertaba una placa sensibilizada, que es lo que veíamos sacar en las películas mudas. Sigue la investigación y aparece el invento del soporte de papel. A los viajeros les ayudó bastante porque valiente tarea tenían con las placas.


El fotógrafo de entonces era un gran estudioso del dibujo, tenía conocimientos artísticos para dibujar bocetos antes de la composición de la fotografía y para retocarla después.


Las imágenes se comenzaron a dibujar manualmente. Se trabajaban las figuras, el paisaje o el fondo mediante un lápiz de grafito para que parecieran más reales. 




Para fijar esas fotos en blanco y negro y que tuvieran color se coloreaban a mano con acuarelas, óleo, anilinas y otros pigmentos.

Las cámaras de cajón y las de fuelles portátiles fueron evolucionando.

Dorothea Lange




 Con el tiempo empezaron a usar películas en rollo de diversos tamaños. La mayoría de las veces formaban parte del cuerpo de la cámara, pero al menos, ya se hacían varias fotos sin cambiar el negativo. Y para la luz artificial ya las cámaras usarían las lámparas de flash en vez de los polvos de magnesio.





Arthur Fellig



La película de 35 mm del cine se adapta a la fotografía y es entonces cuando aparecen las cámaras de pequeño tamaño y de bajo coste. 




















La cámara leica supone un gran avance en las nuevas técnicas fotográficas.
Es la preferida de los fotoperiodistas. 
Ligera y fácil de cargar con una película negativa de 36 vistas. 



Antonio Larraz
Leo Matiz 
Martha Holmes 1947



Por fin el objetivo se puede intercambiar con el teleobjetivo y el gran angular, ya esto si nos es más familiar.




Eve Arnold


Entre tanto aparece la cámara Polaroid que tuvo su momento. Fue otra revolución, sobre todo para la fotografía de aficionados; el atractivo de conseguir fotos totalmente reveladas en pocos minutos. Algo parecido a lo que nos pasa ahora con el móvil-cámara, hecha la foto y mandada a miles de kilómetros en el instante en una red social. 

Es curioso que, además ahora se desenfocan imágenes, se hacen borrosas, se realzan contrastes y se manipulan para parecer imágenes antiguas o asemejarlas a cuadros pintados. Siempre volvemos a los orígenes pero de todas formas ¡cómo han cambiado los tiempos! 

¿Y tú has llegado a conocer alguna de estas cámaras?





OTRA ENTRADA RELACIONADA

25.11.18

AZUL, ROJO O AMARILLO









«¿Qué bando eliges?»

1.
Constituíamos tres bandos y cada uno proyectábamos sombras diferentes en el suelo; me sentía como una ficha de tres en raya, ya sabes, ese juego inocente que jugabas de niña en el patio del cole o en casa. Siempre nos disponíamos en un plano de líneas de fuego entrecruzado, escondida en unas y en las otras líneas nos tirábamos a cuerpo; después calculábamos las bajas. Te preguntarás ¿es el mismo juego? No. Era el de los chicos. Pasé de jugar los tres en raya de las chicas a los puntos y rayas del otro bando. Era más divertido.

Y así comencé con estos juegos de guerra. Una vez enganchados daba lo mismo. Como jugadores lo mismo dirigíamos un barco de guerra que un submarino, una unidad de élite o una tropa; ser un alto mando que definía la estrategia de avance en el tablero de juego y luego me cambiaba para ser un soldado raso avanzando tras las órdenes, y más de una vez, dando palos de ciego porque solo veías ráfagas, ráfagas de luces rojas que en la oscuridad se tornaban azules o moradas.

Sí, un juego. La guerra en sí es un juego. Un tablero con puntos, puntos adimensionales. El objetivo: acabar con el enemigo, fuese como fuese. En una semana llegué a comandar hasta 500 unidades, una de las batallas más emocionantes e impresionantes, todo en campo abierto. Mis preferidas eran las misiones nocturnas, nunca sabías si avanzar o quedarme quieta. Todas eran batallas a tiempo real. Cambiar el curso de la segunda guerra mundial y decidir qué bandos eran los perdedores y cuáles alcanzarían el triunfo. ¿Has pensado por un momento si te hubiera gustado tener la victoria en tus manos? El mundo cambia. La guerra cambia cuando está en manos de las mujeres.


2.
—¡Ángela! ¿Otra vez? —vocifera su marido tras la puerta.
—Joder, mierda… —susurra Ángela para dentro y cierra los ojos intentando volver a coger el mando.
—¿No me has escuchado? Hay que ir a comprar, ¿a ver qué vamos a comer hoy? —insiste el compañero pegando mamporrazos con el cazo en la puerta.
—¡Ay que lo mato! ¡¡lo matooo!! —grita Ángela agarrada como una posesa al mando de la Xbox One y al bolígrafo— ¡¡déjame en paz, estoy cambiando la historia del mundo!! «dios, me falta un ápice para irme de esta dichosa casa»
—¿No estarás otra vez con tus juegos de soldaditos? Guerra la que tú me das ¡¡PLOM!!— Adrián pega un fuerte portazo al salir.
—¡Aghgggggh! ¡Buuu!  ¡¡Más te hubiera valido casarte con una ciega para no verte!!. Soy inmortal, ¡soy inmortal!


3.
Ángela guarda su secreto en casa: es adicta a los juegos de guerra. Por recomendación de una amiga lleva un par de meses asistiendo a un grupo de terapia. Hoy toca confianza. Ella debe de contar lo que ha sido su experiencia como ludópata. Lleva años enganchada, desde que le regaló a su sobrino una Video consola de sobremesa y comenzó a jugar con él los días que le tocaba ser su niñera. Al principio era una vez en semana, luego pasó a ser dos, luego… Y de eso ya han pasado más de diez años.





Este relato está acompañado por trabajos del artista Oskar Schlemmer, recordado por su innovadora labor como coreógrafo y diseñador de obras de teatro y ballet. El color, la geometría y la palabra. Es mi sencilla manera de traer aquí el grave problema de los y las ludópatas adultos, jóvenes y niños. Me imagino que tú también conocerás casos cercanos ¿verdad?







18.11.18

LA MUJER DE UN SOLO OJO










La criatura olvidada en la torreta cierra el portalón de madera, tira fuerte de la aldaba de cisne, ajusta el bronce y la comisura. La criatura baja con los pies doblegados al húmedo brocado de la calle, despacio, ha tomado las escaleras esculpidas en la roca, las que zigzaguean sobre las palomillas de los muros, las linarias lilas, inapreciables. La criatura parece que se escabulle en las sombras del barrio alto, va en silencio, solo el sutil roce del faldón roza en sus adolescentes piernas. Cuando su trazo oscuro baja por el musgoso arco de la Puerta cerrada son las ocho de la mañana. Sigilosa toda ella evita dejar huella en esa calzada empedrada aún con el fresco rocío de la noche llena.







foto archivo


Es una cautiva de su atavío, pero lícito a su voluntad. Ella es esa prisionera eximida de un tiempo pasado con sus grilletes adornados de falso tafetán; inocente de las circunstancias aciagas, porque no tapa desgracias, no hay viruela en su blanca y fina piel, ella no se esconde de nadie ni de nada, pero aún así, intenta que sus andares se hagan invisibles a las sombras de los muros encalados, que se hagan sordos, que vayan enmudeciendo cualquier eco musulmán lejano. Ella es castiza, es castellana. Esta caminante de la muralla va tapada aquí donde las águilas anidan lejos de la meseta, y lo ha hecho desde siempre hasta que tuvo que esconderse, no porque pareciese monja, sino por que alguna posible arma de fuego en su seno también abrigara, prohibida a salir solo por las dudas, cautiva doblemente.







Por la cuesta del Humilladero con manto y saya, negros los dos, la mujer baja. El manto de lana fruncido con forro de seda, proclama que es de buena cuna. Su mano apenas deja libre un recogido fruncido de ese manto en la cintura y la saya le baja acampanada hasta los pies. Un halo de misterio yace envuelto en su cobijo, en esas tiras bordadas de sus enaguas y en su inmaculada blusa, donde los pechos le laten, donde el encaje con abotonadura se los encierra desde el talle hasta el cuello. Así camina, así va, así se viste.
Ella es la cobijada.









La mujer que tapa su rostro, la que apenas deja enmarcar su cara. No hay un rastro que se insinúe más que esta cobijada con un único ojo visible, el izquierdo, ojo que punza, ojo que te penetra. Ella baja cubriendo su rostro, tapando la silueta y ciñendo el talle, insinuante, seductora; la que no deja de ser coqueta bajo los arcos. Contorneando sus caderas la cobijada baja y deja desplomar los cuchicheos a su paso, tras los portales. Tiene rango, tiene jerarquía, a pesar de ir tapada. A los ojos de extraños parece clandestina, parece mora, con la libertad o la prisión se tapa, con la historia se topa, es de arraigo castellano aun siendo andaluza. No me detengo a preocuparme de mis dudas, ni me agarro a la desconfianza, no soy escéptica, dejo para otros el mezquino pudor, los prejuicios, solo la veo, la describo a ella. La historia vendrá antes o después. Pero ahora hay dos, no, son cuatro y la inocente apariencia engaña.




Cobijada mayor y de honor 2018. 

La mujer de un solo ojo, el izquierdo, vive dentro de las murallas de Vejer, la dominada por los Guzmanes, ese señorío del estrecho de Gibraltar, donde aflora el cabo de Trafalgar, donde batallaran entonces ingleses y españoles, y donde ahora arriba la esperanza de pateras. 

Vejer, es la de la judería, es la de la peña, la que mira a la bahía de Cádiz, la del salero de las marismas de Barbate. Vejer donde los molinos miran en silencio el vuelo de los estorninos sobre la amarilla campiña. El Vejer el de la Frontera, el que fue límite de un reino, el de Granada, el Vejer de la comarca de las Jandas. Aquí vive la cobijada.

Aquí sigue viva la tradición, la historia, y aunque te extrañe toda ella, la tapada negra sale hoy, de mañana, acompaña a la Señora de la Oliva, va en comitiva con carne de toro y dulces de origen andalusí, hojaldres y tortas. Ahora ella es reina de la fiesta, ahora ella de su folclore es artista, blanca por dentro como una berenjena, hermosa y negra, la de un solo ojo, la tapada, la cobijada de Vejer de la Frontera.






¿Conocías a la cobijada?



5.11.18

LA HABITACIÓN FLOTANTE






Siempre pasaba frente a este edificio de camino a casa. Volvía de la oficina con el ronroneo diario de lo que había sido la agotadora jornada laboral y acercándome al número 4 de la calle Sister, el impulso de mi cuerpo se empezaba a ralentizar. Y aquí, justo aquí, se paraba.

Esta inercia ¡paf! me hacía olvidar todo cuanto traía en mi mente. Admiraba las balconadas corridas en el frontal y las contraventanas de madera blanca, su filigrana en las barandillas y ese portal de entrada. Una entrada con un viejo escalón de mármol gastado en su parte central. Era la nota principal del tiempo: miles de pisadas de acceso y salida, de espera en días lluviosos o de fuerte viento de terral. Y un día, ya no pude evitar mirar adentro. Traspasé la enorme puerta de madera y entré en el zaguán. Había unos dibujos infantiles en ambas paredes que me recordaban los de la pastelería que solía frecuentar con mi madre y una puerta acristalada con esquinas caladas y detalles grabados que daba paso a la intimidad del edificio. Esta entrada también era abierta. Delante había un viejo ascensor y una escalera de mármol blanco con un pasamano de hierro pintado a juego. Había un gracioso detalle de madera al comienzo de subir, era un angelote sonriente… Casi podría pensar que al mirarlo me quería contar un secreto. Con esa invitación volví a mi casa.


 



Pasaron algunos años, años en que la crisis económica dejó mella en mi empresa. Me quedé sin trabajo durante un tiempo hasta que por una suerte casual volví a este portal. Comencé a trabajar en el 4º piso de ese bloque de viviendas de la calle Sister. ¿Qué influjo, reflujo, embrujo me llevó entonces a entrar la primera vez en este zaguán? Porque desde el momento que empecé a trabajar aquí mi vida cambió. A partir de ese instante me vi muy diferente de cómo era. Siempre me había considerado una mujer bastante aburrida, apática, negativa. No sé si fueron las escaleras de mármol, el angelote, las paredes altas de mi lugar de trabajo o las hermosas contraventanas que parecían abrirte al mundo. Alguno, o todos, me habían corrido las cortinas a una vista diferente de mi vida. 



foto archivo



Subir y bajar era un pulso divertido y estimulante cada mañana. Siempre subía por las escaleras saludando a ese ángel sonriente. Era divertido encaramarme al trabajo tocando la suave barandilla e ir cliqueando todos los viejos interruptores de luz de cada piso. Pasado el tiempo descubriría que el ascensor (que desde el principio me produjo un gran rechazo) me cambiaría la percepción de la realidad. Este “levantapiés” tenía la madera parecida a los féretros antiguos y con un olor peculiar a medicamento, en cierto modo me producía estremecimiento. Meterme dentro de este cajón era como hacerlo en una vida que agoniza.

Un día me fijé más en él. Algo me atrajo: sus detalles. Su señalización de subida y bajada era media esfera de reloj que marcaba el número de los pisos; después traspasé la cabina y miré dentro de la caja. Entonces vi sus molduras, la lámpara en su interior, su espejo y su silloncito. Una pieza de arte, por donde no había pasado lija por sus maderas, conservaba toda la pátina original. Estaba diseñado para decorar. Un ingenio que subía a personas y que además estaba creado como una antecámara, un pequeño recibidor de una casa. Parecía una habitación flotante. Un capricho muy costoso en su tiempo. Una exclusividad de gente antojadiza que dejaba en los pisos bajos a las personas más menesterosas y como no, a la portera. Un artilugio que pertenecía a esos tiempos en que no se dependía tanto del fluido eléctrico, había gas, incluso carburo y acetileno. Por increíble que pareciera me sorprendió mucho descubrir este noble cajón y, sobre todo, pensar que él era la razón de que existan esos enormes rascacielos y como no, algunas películas de terror. Mi recelo del comienzo estaba más que justificado. 



foto archivo



Desde el momento que empecé a utilizar esta habitación elevadora algo inesperado pasaría. Cada vez que entraba y me sentaba en su viejo sillón me sentía que cambiaba. Si entraba triste salía sonriendo, si entraba enfadada con solo abrir su puerta ya cambiaba mi expresión, unas veces bastante y otras menos, me sentía distinta. En su interior frente al espejo, el tiempo era como si fuera hacia delante y otras veces, lo sentía que iba hacia atrás. Había algo mágico. Mi reloj dejaba de hacer tictac. Al principio no me di cuenta, era algo sorprendente, no me lo podía creer. Pasaron los días y establecí un vínculo especial con aquel ascensor.

 


foto archivo




Después de terminar mi jornada laboral entraba en aquella salita especial y me dejaba llevar. Cada día ocurrían cosas diferentes, veía situaciones inesperadas de toda la gente que había subido y bajado; me había convertido en un testigo de cuántas situaciones puedas imaginar. Vi personas y personajes, animales y animalajes. Escuché de todo. Palabras y palabrerías. Pedos y pedanterías. En su interior se habían tramado divorcios y se habían fraguado sueños de casados. En las paredes podías ver escritos lamentos y sollozos, fechas y fechorías, se escuchaban gritos de alegría, de orgasmos, de miedos y supercherías. A unos les había dado un infarto, a otros una bajada de tensión. Este elevador, que bien podía ser una invención de Arquímedes (“Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”) me tenía como hipnotizada. Cuando pulsaba sus botones era como si subiera y parara en un rellano del tiempo. Un día no quise parar y me dejé llevar por un viaje donde me perdí más allá del último piso. La luz se apagó entonces, la media esfera dejó de funcionar y el espejo se esfumó. Me di cuenta entonces que mi rutina y la vida que había llevado no era más que una fase de esa maquinaria imparable del tiempo, recobré mi consciencia y salí de ese SUEÑO. Había estado encerrada en aquella caja a-temporal donde perdí mi reloj de pulsera. No me importaba, al fin era libre, logré adueñarme del secreto que había guardado el inventor dentro de aquella habitación flotante: SUBIR Y PERDER LA NOCIÓN DEL TIEMPO.