27.6.18

IGNORADA









He sido despojada de todo. Me han tirado a la calle y aquí estoy, amordazada de pies a cabeza, con un nudo hecho al cuello, para que gatos me arañen las entrañas y mis fluidos se desparramen gota a gota tras los árboles. Aquí me hallo abandonada, cuando ya mi estado de permanencia comienza a ser volátil. Me abrazo a mi vientre, lo siento duro como un corset entre músculos y huesos. Ahora ciño este plástico que se adhiere a mis costados, solo así evito el frío que casi ni siento. Bajo los cartones intento gritar a este mundo nauseabundo donde me encuentro ahora, pero tengo tan quebrada la voz… me escucho hueca, como si estuviera dentro de esas cáscaras de huevo vacías que tiré hace rato. Mi garganta sólo evacua tenues susurros en un babero con leche derramada y trazas de papilla agria.
En mi diario solo he dejado páginas en un blanco sucio y una escritura que ni yo he sido capaz de poder leer, solo se aprecian palabras emborronadas, manchadas de alcohol. Las frases vomitadas se me quedan dispersas entre metal y cartón; solo me quedan unas palabras de aliento que rezuman de mi pecho y que se van clausurando en un epitafio. Una y otra vez vuelven a mi cabeza tus palabras: "¡vete, contaminas con tu presencia, éste no es lugar para ti!" y la mirada de mis hijos, como mochuelos tiritando, desplumados.




De mis orígenes que puedo contar. He tenido una vida corta a diferencia de lo que va a ser mi muerte: un trance lento, muy lento. De mi bochornosa vida no presumo de nada ¿de qué iba a hacerlo? He sido procesada por el avance social, un avance que también ha encadenado de manos y pies a otras muchas mujeres y hombres. Me hallo soterrada en un ataúd andante, con una calentura gradual asfixiante y con la presión de un cristal afilado en las muñecas. Todos han acortado mi vida al máximo, incluso yo misma ya dudo de mi procedencia, de mis orígenes. Me siento como esta comida basura que me dejan a la puerta del supermercado, una cifra más de tantas, sin identidad, en un lote.
Sí, ya veo que te has dado cuenta, soy adultera desde mi nacimiento, con la cuna madurada fuera de tiempo y acelerando mi proceso para adaptarme a ser libre por fin; libre de esnobismo, de cara dura y de especulación. No me reproches ninguna enfermedad, ahora no, ahora que me regocijo en mí, es mi momento, porque ya muerta, puede que se recomponga mi vida por los pedazos que dejo. Mis últimas palabras las vas a escuchar, quieras o no. 

No es por casualidad que exista. Me llevo a la tumba el haber formado parte de una fuerza y de un aliento. Incluso en estos, mis últimos momentos, cuando ya mi energía está más que agotada, estoy manteniendo mi equilibrio. Yo, considerada por ti y por todo el mundo como una mierda de la calle, una basura. Ojalá me entierren como ella, en la oscuridad de la noche eterna, vaciada desde un remolque, caída en un terreno con árboles, con hierba. Y allí me iré pudriendo, para que la tierra pueda renovar savia y germine un hermoso embrión de planta o de pájaro que perdure.




En este instante solo despierto la conciencia de unos pocos que se apiadan, como tú; el resto tienen el ánimo y la credulidad de que hacen un bien a la humanidad. A esas generaciones venideras les digo: ¡valiente desgraciados, pobres y engañados, no sabéis que todo esto es una escena amañada para que unos pocos actores sinvergüenzas interpreten el himno de la alegría!
Es un final deshumanizado y a quién le importa ya. Sin brazos, sin piernas, sin cuerpo, incinerada, sepultada y que más da. Me han hecho desaparecer para que no me veas, para que mi olor desaparezca y mi inmundicia no corrompa tu hipócrita vida. Nos veremos en el más allá, y tal vez entonces, sea yo quien no te reconozca.



Pinturas de Morteza Katouzian





24.6.18

EL OJO DE LA INSIGNIA









Es media noche. 
Pedro está convencido que así se protege el cuerpo de ellas. Tomás mientras prepara orgulloso el rifle; le viene de familia su certera habilidad para cazar en la ciudad. Apunta, ajusta el ojo en la mira telescópica, el dedo índice, preciso, en el gatillo y paf, el aire comprimido con el dardo anestésico hará el resto. Revisa meticuloso el equipo, nada puede fallar; está todo el material ordenado en la mochila. Sale de la habitación y se dispone a llamar a la puerta contigua, pero entra. Pedro duerme en el suelo, junto a la cama, yace dentro de una caja de cartón con forma de campana y pintada de rojo.  

–¿Otra vez ahí tirado? ¡Es hora de levantarse! hoy toca caza. Pedazo de idiota, ¿crees que así te desprendes de toda la inmundicia? anda– le pega una patada al cartón a nivel de la barriga y descorre la cortina –las calles te han perforado la piel como taladradoras, menos mal que te ha sanado el alma. Lo peor es la cabeza, esa deberías seguir tapándola, así nunca se te prenderán las luces. Yo lo hago, me ahogo en la almohada, de esta suerte durante el día no tengo que exprimirme los sesos con nada.

Pedro ha vivido muchos años tirado, vagando entre basuras y bancos, estaciones y subterráneos. Tomás lo rescató a cambio de rastrear la ciudad buscándolas. Las conoce hasta tal punto que no duerme en la cama por si les saltan encima.

–¡¡¡Yayyyy!!!  ¡¿qué haces hijo de puta?! Un día te haré tragar ese trasto, me vas a sacar un ojo–  protesta Pedro y sale como un energúmeno persiguiendo a Tomás a la vez que se golpea su cabeza con la mano. Tomás se ríe a carcajadas mientras rodea la mesa y esconde el disparador, luego le encara y simula tirarle otro garbanzo de un soplido. No hay tiempo de más juego y le tira la ropa.
–Ya tengo los perros preparados, hoy tenemos cien a tiro en la estación, ese ramal de metro que cerraron hace tiempo por obras. Coge las linternas frontales.
–¿Ese rincón donde está el almacén abandonado?– Tomás asiente –Buen nido. Allí guardaron durante mucho tiempo mucho papeleo, billetes de metro y billetes de los otros, ellas hacían de las suyas con las sacas de dinero- se sonríe mientras se viste -llevamos días en los viejos túneles de las cárceles abandonadas, ya era hora de salir de allí.

*

Desde niño Tomás disfrutaba reventándolas, luego los restos se lo echaba al hombro, colgándolos en ristra en un palo. Ahora lleva dos sabuesos con pedigrí de raza: un Bedlington Terrier, su oveja gris, así la llama, y un Airedale Terrier capaz de olisquear las guaridas a dos kilómetros. Para animar a los cánidos lleva enganchada al cinturón una bolsa con restos de piel ajada; de pequeños los alimentaba con cadáveres congelados de esas inmundas. Tomás ha tenido varias razas, pero sus preferidos son los Terrier. Es una pena que dejara los perros salchichas, son buenos, muy buenos para rastrear, cuando encuentran alguna juegan con ella como si fueran calzoncillos sucios.

–¿Has cogido todo?– pregunta Tomás.
–Sí- sí- ¡¡siiiii!!, me tratas como un lacayo, dichoso sucio trabajo …– responde nervioso Pedro, con dolor de cabeza y sequedad en la boca, se levanta y agarra refunfuñando unos guantes mugrientos. El temblor de manos no le deja atinar a enfundar los dedos.
–De que te quejas, nunca has estado mejor, techo y cama, aunque para lo que te sirve, y dinero, ¿cuándo has tenido dinero?– asegura Tomás mientras le acerca una taza de café.
–Se restriegan por todos sitios, dejan su rastro impreso como las serpientes... Quién iba a decirme que iba a ayudar para sacarles la sangre y la saliva a esas condenadas– habla a regañadientes mientras mira la jaula de alambre y se mete un chicle de menta en la boca –aguantarles sus arañazos y los mordiscos a esas asquerosas mientras les cortas el… Se han adaptado mejor que los pobres mendigos llevando más enfermedades encima ¡qué hijas de puta! Y encima hay que cebarlas con manteca y beicon... Tiran un bombazo y seguro que encima sobreviven las muy cabronas.
No te jode, son resistentes. Ellas van a ser las que nos enseñen a sobrevivir en este mundo, cuando una muere ya saben las otras de que ha muerto, no hay mal que acabe con ellas. Puede que sea ese dichoso cambio climático que lo trueca todo– comenta Tomás mientras bajan por el ascensor mandando sentar a los perros.
–Noo, nooo, los ingleses, esos, esos nos las enviaron, pero ¡qué asco de vida! y ahora hay por todas partes, no hay rincón que no viva una- replica Pedro mientras se dirigen a tomar el metro, mira a su alrededor señalando con la mano en una dirección. Se hace un silencio mientras buscan el acceso al área abandonada, la estación fantasma. Entran.
–Intenta tú sobrevivir ciego en esta oscuridad– insiste Tomás, retomando la conversación mientras se colocan las luces frontales –ellas lo hacen; si quieres pruebo a vaciarte un ojo con el garbanzo a ver qué pasa;– se ríe en la oscuridad del túnel y el eco se lo devuelve –venga ahora una dosis de anestesia y todas al laboratorio.
–Espero que si damos con ellas me pagues lo que me debes y no me vengas con que los de la bata no te pagan, eres peor que esos bichos.
–Acaso lo dudas, hoy las encontramos– besa la insignia que lleva cosida a la camisa, a la altura del pecho: una rata negra dentro de un ojo.

Tomás pertenece a la R.A.T.S, un cazaratas como yo, tiene licencia ya veinte años y esta operación es la más difícil hasta ahora. Va a morir y no lo sabe. Hace un año se escapó una rata parda con implantes de células humanas en el cerebro. Se ha hecho más inteligente y ha sufrido mutaciones importantes. Acabar con ella y su prole es, era su objetivo. Yo le sustituiré.




FIN






Graffitis. Las ratas de Banksy y pintura urbana de Robert Proch




16.6.18

TONTINA







Mujeres han recibido la misma carta, una cita. Un viaje y un destino les espera, un lugar donde soplan fuerte los alisios. Una de ellas, arruinada, con la tesitura de decidir qué hacer, ante ella una expectativa valiente: lo más sensato sería asesinar para cobrar, pero también podría disfrazar un suicidio. Sabe que con este viaje quedará desfallecida, tal vez no lo aguante; puede que cuando llegue se deje morir por inanición sin importarle fortuna alguna. 

La tontina, peculiar nombre a un monto de monedas apiladas durante veinte años; esa tontina por fin ha llegado a su fecha de vencimiento. Fueron cuatro las accionistas, cuatro mujeres las que invirtieron en un solo seguro de vida; mutualistas desconocidas entre sí que conformaron un compromiso y al parecer solo quedan dos de esas mujeres, las dos que han sobrevivido. Una de ellas pronto cumplirá 60 años y podría cobrar por fin el capital invertido, una sustancial suma; pero solo podría hacerlo siempre que desaparezca la otra.


   *     


Nunca quiso un animal de compañía, ella cree que es un sacrificio inútil tener que cuidar a alguien que no puede hablar, tampoco soportaría tener animales y hacerle el más mínimo daño, tal vez porque ella ya ha estado bastante expuesta al menosprecio. Sus manos temblorosas aseguran los cerrajes de las ventanas, comprueba que quedan ceñidos a la madera, una se queda sobre el postigo, escondida tras el encaje de su manga; su largo vestido de lino y su blanca piel se confunden con las cortinas. Fuera, golondrinas cabeza azul ahogan el pico en el barro. En esa esquina de la balconada, las cortinas de delicado hilado se baten escurridizas, acariciadas por la brisa, mientras que las avecillas vuelan cortando el viento como bumerans. A través de los cristales se ve el reflejo de ella abstraída a la ilusión de esas cortinas, imagina pájaros de hilado que se escapan al viento tras ese ventanal victoriano. Tocan y una voz se detiene tras su puerta. –Señorita North, ¿desear cenar en la habitación? –recuperada del sobresalto asegura su cuerpo sobre la puerta y mira a través del ojo de la cerradura. –Sí, gracias. Ya he dejado una nota en recepción –contesta con su acento de burguesa ilustrada. Coloca la llave de nuevo en la cerradura, una llave con un pesado colgante en forma de ídolo, una india sedente; con una mano aprieta los muslos de la figura y con la otra da una vuelta de cierre.



*   


El hotel-villa es propiedad de un burócrata inglés. En este paraíso del mediterráneo se ofrecen baños de olas, una cortesía de cura, ideal para refugiados abandonados al asma y noctámbulos del teatro; blancos níveos pegado a las carnes con problemas circulatorios y mujeres con melancolía al abrazo de la depresión. Marianne North tras la cena ha salido a pasear por el jardín de este insólito lugar; un cierto recelo le embarga. Queda parada en la escalinata de piedra mirando unas ramas péndulas mecidas por el fuerte viento; las ramas proyectan sus sombras sobre el tronco de un extraño árbol, parecen patas de dragón que se desperezan de su sueño. La sangre le late fuerte en las muñecas y vuelve rápida al interior. En el salón, solo cuatro mesas ocupadas: dos mujeres solas, un matrimonio de arrogancia caniche y algunos caballeros reunidos en torno a una de ellas y a sus vasos de Gin, toda la esencia de gentlemen´s clubs. Marianne tiene pegado su camisón rosado; tira de su vestido, se siente como un higo seco, el fruncido en mangas y escote se le pega a la piel. Suda a pesar de haber empolvado varias veces las arrugas de su rostro, cuello y brazos. Se abandona por el salón; se escurren sus pasos y los zapatos parecen doblarse a mitad de tobillo haciendo equilibrio con ese armatoste de llavero. El maestro del salón la acompaña a una mesa, oportunamente junto a una de las dos damas. Después de presentarles, toma asiento frente a ella. Baja la mirada sobre una túnica de seda malva que deja ver los brazos de su acompañante.

–¿No cree que deberían confiscar tanta vanidad? –le pregunta la mujer mientras observa a todos a su alrededor y bebé té. Su túnica deja entrever un sencillo vestido negro de corte helénico y un brassier prominente. Su tez es morena, perfiladas sus cejas y vaselina en sus párpados, bastante maquillada.
Marianne mira sin mover la cabeza y afirma con la sonrisa.
–No creo que forme usted parte de esta corte de momias sacadas de la naftalina. Me llamo Mary Clarissa- le acerca la mano enguantada en una extravagante rejilla negra.
–Marianne… Marianne North
–Perdone mi curiosidad ¿Anda sola querida? ¿Quizás una vieja rebelde viajera que se ha atrevido a embarcar en uno de esos buques dichosos de la Yeoward Line?
–Sí…bueno…
–¿De dónde es usted? –Marianne no contesta. –Querida ¿está dispuesta a conspirar contra mí? No me fío de una mujer que habla poco.
Soy del sur de Inglaterra… de la costa de Devon. No.., no la comprendo…– contesta apabullada.
–Si está dispuesta a escuchar más que hablar, puedo contarle la historia de mi vida, pero tal vez le aburriría.
–Oh, disculpe, no... no deseo pleitos con usted– Marianne intercambia una risa desconfiada con su acompañante–.
–¿Ha probado ya la receta médica de las olas de mar?
–No, aún no, acabo de llegar… tengo… tengo la piel delicada y no me atrevo mucho a acercarme a la playa. –En estos momentos una cantante comienza su pieza musical y Marianne se siente incómoda en la conversación.
–Yo quise ser cantante, sabe…
–Me siento indispuesta, he debido cenar algo que me ha sentado mal, si me disculpa– Sale rápido del salón, llega a su habitación y repara en la gran maleta que trajo con sus lienzos, pinceles y tubos de pinturas aún sin usar. Ha hecho bien en no traer las acuarelas, no aguantarían esta bochornosa humedad.


*  


Marianne de niña imaginaba que, tras la cerradura de su puerta, generalmente cerrada con llave, corría un arroyo lleno de álamos y mimbreras temblorosas. Su ventana era tan alta que solo escuchaba el agua. Algunas veces su olor lo sentía fétido, imaginaba una ciénaga llena de mosquitos y raíces zambas de manglar que subían hasta su habitación. Pintaba esos paisajes en su imaginación. Siempre ha huido del género humano, el único que al picar deja cicatriz. Hija de un viudo político parlamentario liberal que la confinó en su mansión creyendo que así la protegía del mundo. Sin referencia materna, solo una vieja institutriz que dirigió su vida hasta sus veinte años. Tras su escapada del salón de baile, Marianne se siente vulnerable. En el baño saca el jabón de su caja roja “Lifebuoy” “salvavidas” y frota con fuerza sus brazos y manos. Baja a desayunar, en el salón comprueba que su acompañante de la noche pasada está de nuevo allí, sola.

–Buenos día Clarissa…
–Buenos días señora North.
–Un día… estupendo ¿verdad? También quise ser cantante, pero perdí la voz y comencé a pintar…
Oh, veo que está con más ánimo que anoche ¿Dispuesta a compartir más información? ¿Quiere acompañarme? No me extraña que se fuera, algunos bailes son una tortura insufrible. No se sorprenda, no congenio con los cánones victorianos.
–Es usted muy amable, gracias. Perdone que no siguiera hablando ayer con usted. Soy por naturaleza esquiva y desconfiada con los desconocidos...– El camarero se acerca. –Tomaré huevo cocido, tostada de frambuesa y café con leche. Gracias.
–Santa Cruz es un paraíso, aquí una puede morirse feliz ¿Piensa quedarse mucho tiempo? –le pregunta mientras juega con su extraño collar de piedras.
–Usted vino ayer, creo que… la vi llegar.
–Sí querida, necesito terminar mi última novela, no hay como una buena dosis de paz, tranquilidad y un poco de inspiración, espero que no se me insubordinen mis acompañantes –sonríe retocándose, aplasta los bucles de su pelo y comprueba que están en su sitio– mi hija ha tenido un viaje terrorífico en ese cascarón flotante, es delicada de salud; al menos este lugar ayudará a sus pulmones. ¿Es viuda querida? Sí, parece viuda. El matrimonio reduce a la mujer al puesto cero; hay que divorciarse pronto.

Marianne escucha atentamente, ella siempre ha huido de convencionalismos e hipocresías. Su acompañante tiene cierta patina cosmopolita para brillar en sociedad, algo de lo que carece ella, y la piel, esa piel tan fina que la muerte ni la ve. Le huele el aliento, mejor hablar para que calle un rato.

–Es…estuve casada, pero prefirió a otra… ahora no me importaría desaparecer y encontrarme viviendo en una cabaña en plena jungla, fidelidad y fecundidad naturales.
–¡Caramba querida ha despertado! Siií, estoy segura que entraría usted en éxtasis con los lirios. Los abandonos son capaces de envenenar a cualquiera. Yo prefiero antes poner cianuro en el dentífrico– se sonríe y muerde la tostada con mantequilla. –Oh, no se asuste querida, todavía no lo he hecho, pero he estado más de una vez tentada.
– Entonces... – Marianne se sonríe mientras come el huevo– no disimula su curiosidad, intenta cambiar de tema traga y no espera– ¿usted es escritora?
–Es mi cuartada para ir asesinando a la gente y después tener suficientes argumentos para escribir mis novelas, si no fuera así, no sería tan popular. La prevengo querida, no se fie de mí. – Mary Clarissa, le guiña.


  *    


Es el tercer día en la isla, Marianne ha decidido salir y pintar. Bebe un café solo y después con el amanecer toma el sendero que baja por el acantilado, coloca su caballete frente a un grupo de pequeñas palmeras canarias. Hay una fragancia especial a canela y pescado en el ambiente. Algunos pescadores locales bajan a la playa. Se ha propuesto pintar hasta llegado el mediodía. Comienza con el verde esmeralda, le sigue el azul. Mary Clarissa viene con traje de baño y albornoz, acompañada, suben del mar. El trazo del pincel se acelera y termina mojado en el rojo. El cuadro cobra un toque impresionista. El sol despunta por la cala, recoge todo y se dispone a marchar.

–Veo que se ha animado a pintar querida. No se acerque mucho al mar. Hoy no han dejado de llegar barquitos de pesca. Por algo no me gustan las diferencias culturales, aunque a usted no le importará que le encuentre algún animal salvaje… Le presento a mi hija Rosaling– una delgada muchacha con ojeras finge sonreír.
–Buenos días, encantada.– Marianne le saluda –A veces la gente menos civilizada puede resultar muy interesante. – Se dispone a caminar tras de ellas hacia el hotel.
–Si encuentra alguno guárdemelo para mi colección de personajes, los tengo clasificados y junto a cada uno, los finales. Sabe, cada personaje puede dar lugar a un final previsible y si los cambias de historia, el resultado puede ser sorprendente. Mis viajes son el salvoconducto para el éxito de mis novelas; no puede imaginar los personajes que encuentro, incluso a veces confinada, sin salir del hotel.
–Se ha levantado viento, debo pensar donde dejo esta noche mis lienzos para que se sequen, no podré dejar la ventana abierta– comenta Marianne mientras agarra fuerte con una mano el sombrero.
–Nosotras tenemos habitaciones que no usamos, si quiere puede dejarlos allí. No tema, mis nervios solo rompen hojas de papel no lienzos.

Marianne acompaña a las mujeres a su habitación les da las pinturas a Mary Clarissa, queda en la entrada. Se le acerca una mujer extraña; lleva el pelo recogido en ondas y bucles rojizos y una tirita sobre su ceja izquierda. Viste un traje de chaqueta gris de corte masculino.

–No tenga miedo, aunque parece una ratita, no muerde, ya lo hizo el gato esta mañana– mira a la pelirroja, cerrando como un chino sus dos grandes ojos grises– ella es Carlo, mi... secretaria.


*  


Marianne está junto a la balconada de hierro francés del salón. Ya ha terminado su desayuno. El fuerte viento ha roto sus planes. Carlo acaba de bajar, se dispone a saludarla. Un nuevo traje de chaqueta y un arañazo destaca en su cara. Desvía la mirada al jardín.

–Buenos días– saluda Carlo tendiéndole la mano a Marianne sin mirarla.
–Buenos días.
–Estos vientos alisios enturbian el día, oscurecen el sol; no me extrañaría que lloviese –se sirve una taza de té y enciende un cigarro.
Marianne se encuentra incómoda, no sabe qué decir, asiente y sonríe.
–Sus pinturas están bien. Ya están casi secas, puede subir cuando lo desee –Carlo deja la taza sobre una mesilla y el cigarro encendido en un cenicero, colocado como si fuera a volver; la mira e insinúa con la cabeza que le acompañe –pinta usted con mucho detalle, casi diría que se adivinan los secretos que esconde– la mira fijamente sin esperar una respuesta, prosigue –estuve tiempo trabajando en una farmacia, no imagina los venenos que tienen estos lugares tropicales, están concentrados todos aquí.

Marianne sube al segundo piso, esta vez entra, es una suite con un amplio dormitorio con salón de estar estilo francés y cuatro habitaciones más. Mary Clarissa escribe de espaldas a la puerta, frente al ventanal, teclea una máquina portátil; la mesa repleta de hojas en blanco y montones de papeles tirados por el suelo. Carlo ha entrado a una de las habitaciones, le da sus lienzos a la vez que tapa su boca con el dedo índice señalando que no moleste a Mary Clarissa. La acompaña a la puerta.

–No encuentra un personaje y llevará tiempo encontrarlo. Estará todo el día encerrada escribiendo y luego... luego yo tendré que limpiar la escena hasta que aparezca el cadáver. Buenos días.– Carlo cierra la puerta tras ella, Marianne acomoda sus lienzos y baja pensativa.

«Si no fuera porque es escritora y es una novela se diría que un asesinato está a punto de perpetrarse» Marianne se va a dormir con esta idea. Lo mismo piensa de Carlo, «si no fuera por su pelo y su cara delicada se diría que es un hombre. Tal vez un joven amante disfrazado… es absurdo.» Duerme.


*  

The Canary Islands ReviewÚltima hora. Trágica muerte de una escritora en la Villa-Hotel de Tenerife, en la OrotavaDos cadáveres encontrados en extrañas circunstancias, uno medio enterrado en la arena en una cala cercana al hotel y otro en una de las habitaciones; uno de ellos podría ser de la conocida escritora Agatha Christie. La policía valora las causas de estas dos muertes. Se descarta asesinato.

–Señora Fletcher hoy no podrá salir de su habitación, le traeremos su desayuno– el camarero anda precipitado tocando todas las puertas de los huéspedes del hotel.

¿Nunca se ha hecho pasar por alguien? Es divertido, créame ¿Y ha resuelto crucigramas? es una prueba de relevos para la memoria, sobre todo para la mía ¿Se pregunta quién soy? No recordaba lo gratificante que era liquidar a alguien, te saca de la rutina y de la pereza. No se confunda no soy un personaje ficticio, podría serlo; también estoy hospedada en el hotel, he estado desde el comienzo, en la otra mesa, en otra habitación, pero nadie ha hablado hasta ahora de mí, solo de ellas dos; esa, esa ha sido mi ventaja. Ha sido fácil. Morir enterrada en la arena, ahogada por las olas. Hay playas volcánicas donde el baño de mar se convierte en algo terrible. Dirán que era una mujer solitaria, triste, abandonada y las deudas la carcomían. Esa avenida de árboles que conducen al acantilado...Se pudo suicidar envenenándose. Una mujer frívola de humor ligero con una vida llena de infidelidades y en la actualidad, un fracaso rotundo como escritora. Sus novelas ya no tenían éxito. Su hija enferma la odiaba por su control obsesivo y su joven amante la despreciaba. Su última novela iba a ser un fraude. La cita era para las tres y dos debían morir. He afrontado el final yo sola, sin distinciones ni sutilezas de lenguaje, pero al final la tontina se queda conmigo.



FIN




10.6.18

SAINT CIRQ LAPOPIE







No te lo voy a contar todo porque el relato quedó inconcluso y bajo candado. Mi desafío es recuperarlo algún día; confío que la posadera tenga bien en devolvérmelo cuando regrese. Esta historia te trasladará a un lugar lejano y a un tiempo incierto, pero tranquil@ me quedaré rondando tu imaginación para seducirla y así permanezcas a mi lado por un lapsus de tiempo. Las imágenes te contarán gran parte de la historia que falta. Te adelanto que hay personajes ficticios, un vis a vis con el medievo; ellos solo actúan acorde a la esencia que les conforma. Mantener la distancia con ellos va a depender solo de ti; pero te aviso que si pueden, ellos van a intentar tocarte. Aquí comienza la historia y con esta música de fiesta.











Hay una carretera que zigzaguea entre prados y robles; la orilla de muros de piedra te deja ventanas para que te asomes entre los árboles y divises a lo lejos unas pequeñas aldeas aisladas de madera, piedra y teja. 






Grupos de ovejas pastan inmutables a cualquier ruido. El tiempo se ha detenido en estos valles des Causses du QuercyBien podríamos estar en el siglo XIII.










En un recodo de la carretera aparece un pequeño pueblo medieval, dominando sobre el valle. Los restos de castillo y su iglesia se alzan en un montículo de piedra a un centenar de metros del río Lot.









Las campanas de la torre llaman a la oración y hacen revolotear las aves que anidan entre los aleros. Los monjes ya llevan rato despiertos aferrados a las escrituras y a los desvelos de los aldeanos.








Las casas se disponen sobre la fortaleza ganando terreno a la piedra. Tienen tejados con un color ladrillo muy característico de la región; guardan esa armonía, el mimetismo con el color, el de la piedra calcárea y la madera de roble. La calle central, la única que vertebra, te invita a que entres sin reparo; uhm, huele a pan de horno y queso recién hecho. Se despierta la mañana en el territorio de Quercy.








Mientras la luna se va a dormir, por la estrecha calle empedrada del castillo se oye que cabalga alguien, reluce el metal, posiblemente sea un caballero.















Ventanas, ventanucos y buhardillas, se abren a los rayos del sol. Portezuelas y postigos se escuchan entreabrirse al paso de tus pisadas. Humean las chimeneas con el desayuno. Hay esquivos de movimientos en el patio trasero, se oye el caldero, tal vez coge agua del pozo o... alguno que sale de la letrina.













Se ven viviendas diferentes; algunas sencillas, como la de los campesinos, con una sola estancia que hace de cocina, salón y habitación; es el lugar donde más se trabaja, hay espacio suficiente para almacenar la cosecha y lo útiles de arar. 















Otras casas tienen varias dependencias, más señoriales, con huerto y corral. Cercana a la calle principal los artesanos comparten su casa con el taller y en mucho de los casos con la tienda que empieza a abrir su puerta a esta hora de la mañana.









Los carpinteros comienzan la jornada cortando la madera de roble oscuro de la meseta. Hay que terminar todos los encargos de los muebles, y hay que apilar las vigas recogidas del bosque cercano.








El gremio de los armeros preparan los artilugios para los cazadores y para los caballeros que se aprecien en el arte bélico.













En las casas de más abajo están las modistas, sastres y las trabajadoras de la lana. Todos en la mañana, hombres y mujeres, están cortando patrones de trajes y tejiendo solo se les ven a las mujeres. La calidad del traje y el precio son muy valorados, sobre todo si es el traje del domingo, es el gran día y toda la familia va a misa luciendo sus mejores ropajes.







Hay una ventana abierta; se comparten saludos, parecen que te invitan a charlar a pesar del ajetreo que se  traen. Dos modistas te cuentan sus quehaceres diarios. Hoy tienen la reunión con el gremio, un evento muy importante para un artesano que se aprecie.







El sendero con la puerta del arco lleva al molino del río. Huele a piel curtida y tinte, olores agridulces que amargan el olfato. Unos aprendices en el oficio bajo la mirada atenta del maestro mueve que te mueve tinte y lana, agua y paño.













El río, la noria, pescadores y labradores; en Saint-Cirq-Lapopie todos saben que dependen de la naturaleza que les rodea, es su supervivencia y su integridad. Los agricultores cuidan los bienes apreciados de los campos, el agua, incluso parte del ganado. Los recolectores de plantas medicinales bajan de los prados y los bosques; traen cestas de mimbre con hierbas cogidas con el esmero y la esperanza de la curación. 








Toda la aldea al unísono, al compás. La gente comienza a reunirse cayendo la tarde. La vida cotidiana de este pueblo gira entorno al tiempo y al espacio, y el ritmo de la vida depende de las horas de luz. Es la hora de la comida más preciada del día, la cena; pan, vino y cerveza no pueden faltar.






Alguna cantiga se escucha a lo lejos en las casas más nobles. Los juglares son el centro de atención. La poesía, el mayor divertimento del pueblo noble, junto a la taberna. ¡Señores,señoras aquí se reparte vino, comida y diversión!

Se cierra un día en Saint-Cirq-Lapopie.








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