LABERINTO
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Hablaron
del camino. Fue la primera vez. Cuando jugábamos aquel día a la oca. Ernestina,
mi hermana, decía que era la ruta que debía seguir para aclarar mis ideas. Y yo…Yo
solo veía la cárcel, la posada, la muerte y el pozo. Pero no contaba que
también estaba el laberinto. La complicación de la vida. Y fue la mía, fue
cuando por primera vez el cuerpo se me apretó por dentro y me sangró el alma. Pese
a que se pierde la perspectiva si lo cuento así, es en lo que se convirtió aquel
viaje. Y no era lo que sentía entonces. Es lo que siento ahora.
Me
retaron. Si no me salvaba en aquel dichoso juego debía hacer el camino a Compostela.
Era algo tan absurdo; y además, sesenta y tres días, el número de casillas. ¿Cómo
podían desear mis padres aquello? Intenté persuadirles con eso de que mi vida
estaba bien como estaba, que era feliz y todo lo demás, pero no coló. Después,
mis otros argumentos: no creía en ese umbral entre cielo y tierra, y mucho
menos, en mundos subterráneos —el universo de ánimas— y la vía láctea. Todo
andaba bastante lejos de paisajes verdes y ansias turísticas, la aventura y la
tumba, el buen comer y solidaridad.
Después
supe que había otros motivos para entrar en el camino de Santiago. También
estaban los años de indulgencia del Jubileo. Esos cinco años para buscar el
perdón. Fue cuando volví de nuevo al Camino; entonces tenía otras razones, muy
alejadas de las que conté a mi familia.
Cuando
el Camino te transforma, le da la vuelta a tus sueños; solo queda contarlo.
Contar. Hay que contar, incluso cuando ya no exista motivo o esa historia la veas
quedarse atrás. En el camino a Santiago muchos murieron al iniciarse como
peregrinos, otros como soldados en guerras. Muchos fallecieron de hambre y la
gran mayoría de enfermedades —sorprende que algunas sigan obstinadas hoy día—.
Pocos murieron por diversión —quizás alguno de borrachera— y los menos, por
fervor.
Yo
hice varios tramos al azar. En el primero llevaba a alguien dentro. En el
último, había alguien más conmigo, junto a mí. Este último fue lo más parecido
a una promesa. En el fondo, era supervivencia. Instinto. Carga. Culpa. Deseo. Culpa.
Carga. Instinto. No sabría cuál es el orden de prioridad.
Comencé
por los páramos palentinos. La mochila se me había incrustado en la espalda
como un rompecabezas. Fui sola al comienzo hasta que conocí a alguien. Muchos
dirían que es la promiscuidad del camino, pero este deseo también forma parte
de esa ruta interior. Con lo que no cuentas es que a mis veinte años te
encienda un desconocido y que la llama prenda dentro tan rápido. Entonces no lo
sabes, hasta pasado un mes. ¡Y tenía dos meses de camino! Lo propuesto en
aquella dichosa porfía familiar. Pronto el cansancio y los hinchazones me despojaron
de la rabia que arrastraba.
Mi
camino murió en ese tramo. Ya no importaba llegar. —Y pensar que hay quienes
hacen el camino para alcanzar la fertilidad sobre camas de piedra con grabados
de serpientes. Es lo que me contó Rosalía, después—. El resto del viaje lo
invertí en buscar a quien me había dejado preñada. Apenas recordaba su nombre
solo sabía que era francés, de Aquitania, Burdeos, le entendí, y que seguiría
el Camino francés. Me sentía como una perra guía con su lomo erizado siguiendo
en paralelo los muros de zarzas. Anduve todo lo que pude, y no fue mucho para
otros, pero sí para mí. Porque era a mí a quien le dolía todo. Decidí no volver
a casa. Me quedé en Castrojeriz, agarrada a vómitos. Al principio, en el
albergue, y después conocí a Rosalía; me hospedó en su casa a cambio de ayudar
en el campo.
Limpié
el camino de hierbas; vi el final de la tierra en un faro; y el final de la
vida en restos de cuencos de piedra, poblados invisibles en atalayas que tenían
faldas ahogadas en vapores de eucaliptos. Lo cuento porque peregrino es también
quien se para. Quien tiene sabor a llave en la boca como esperando a gritar, y
no es precisamente la llave de un santo.
Mi
cuerpo se inflaba. Se plegaba rápido en el diario de veinte años. Ya nadie
quiere escuchar historias que se paran, pero yo parí dentro de un hórreo. Y
muchos querrán saber si es verdad o mentira, pero eso es contar sobre una raya;
la que se para y después sigue más abajo, donde está la sangre en las manos y
restos del cordón entre dientes. Colgar a un niño a secar entre maíces mirando
por las tablillas y esperar con ansia a que venga alguien a socorrerte.
El
camino terminó en ese preciso momento entre resoplos, gritos y jadeos cuando en
aquel almacén de patatas y cebollas —al que había que subir como un trono de
piedra— comenzó las contracciones y rompí en aguas. Y ya no pude bajar, por
mucho que gritase. El camino acabó cuando sentí desmayarme entre la angustia y el
desconsuelo. Había visto calmar a las vacas parturientas con un beso entre los
cuernos. Y yo, ni eso.
No
quise saber nada más. Estuve sin hablar. No existía Galicia. Hasta que comencé
a contar los pasos de otro, pasos pequeños, a tientas; recordé que no calentaba
el sol cuando nació sobre las patatas. Un diálogo interior que no cesa. Tenía cinco
años, cuando decidí volver, regresar al convento de Sancti Spiritus. Debía
volver al camino para encontrar el perdón. Redimir pecados. Perdón. No importa
orden. Encontrar a mi hijo.
Me
podría haber ocurrido en otro lugar, pero fue allí, donde hay magia en bosques
de hoja lanuda con forma de mano de
rana. Hay algo de motivo espiritual porque yo sí encontré la paz en el camino.
Y muy lejos de lo que anduve, o dejé de andar, puso a prueba mi resistencia
como mujer y como madre.
Muy bueno. Los que murieron por aburrimiento o borrachera me han encantado. Sí, cada tramo del camino, de ese laberinto de la Oca, tiene su climax y su meseta, algunos hasta llegar a precipicios.
ResponderEliminarUn abrazo, y por Camino de Santiago
Gracias Mari Pau, claro es un decir, pero que haberlos haylos ;). Un abrazote
EliminarUn camino duro y con una gran diversidad de paisajes y sentimientos, de soledades y compañías (alguna con regalo para recordar). Un camino que no he hecho y ya no haré, por edad y para evitar sufrir por fuera y por dentro.
ResponderEliminarUn abrazo.
P.D.- Ignoraba que a las vacas se les alivia el dolor del parto dándoles un beso entre los cuernos. Supongo que es una creencia sin ninguna base, ni siquiera empírica, je,je.
Hola amigo Josep Mª. Yo hice varios tramos en diferentes momentos de mi vida: un campo de trabajo como adolescente ( primer contacto con el camino de Santiago) y después, con un grupo de senderistas, hice el comienzo desde Roncesvalles. Tengo un buen recuerdo. Yo espero volver, esta vez será diferente. Quiero conocer Lugo. Y el camino estará por ahí, esta vez lo veré de largo; pero seguirá apareciendo en el caminar de la vida. Muchas gracias por la lectura y el comentario. Un placer leerte, como siempre. Un abrazo
Eliminar¡Hola, Eme! Jo, un relato con el que alimentas los cinco sentidos. Ese "sabor a llave" me encantó. Un camino, una vida. Sin duda que el Camino de Santiago tiene su fuerza en el carácter simbólico del mismo. Es la propia vida, que en tu relato personificas en la de esa muchacha, que era una cuando dio el primer paso y otra muy distinta cuando dio el último. Como en la vida, caminando ganamos y perdemos, olvidamos y anhelamos, huimos y nos encontramos. Fantástico relato. Un abrazo!
ResponderEliminarHola amigo David, gracias siempre por tus apreciaciones de la historia. Esta vez del Tintero al Camino. Una senda donde se transloca la cordura; es el nacimiento y el reencuentro, el encuentro y la unión. Un abrazote.
EliminarHola, Eme.
ResponderEliminarEstoy con David, el camino de la vida. Un viaje de inicio y fin, o más que fin, de reencuentro con uno mismo, de aceptación a la adversidad y de transitar, porque la de ese bebé no acaba más que empezar.
Un relato muy emotivo.
Un beso.
Hola Irene, qué alegría saber de ti. Muchas gracias a ti por esta sorpresa. Un beso
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