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HEDY LA INVENTORA

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  Su madre siempre pensó que debió de nacer niño cuando  con cinco años  la vio tirar las muñecas. No comprendía que montase y desmontase cualquier aparato que estuviera a su alcance. O que prefiriera romper tranvías para ver cómo funcionaban. Su hija creció y se convirtió en una inventora que cambió el mundo de las telecomunicaciones. Transformó el suyo y el nuestro actual. Algo que su madre nunca alcanzaría a imaginar. Sin embargo la fama llegaría a Hedy como estrella de cine no por ser una joven superdotada inventora. Este, el que a continuación describo, es un momento clave de su historia. Podemos imaginar que ocurrió así, como si estuviéramos en una película autobiográfica.  Se abre el telón y aparece ella. « Odio los convencionalismos » . Se le escucha murmurar. Con sus veintisiete años está de pie. La silueta se le recorta en la pared. Posee una fina cintura y sobre el brazo, lleva un abrigo oscuro, de esos con cuello y puños de auténtico visón pardo. Ac...

ARREBATO

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Huyeron tras la última oleada de fratricidios.  Ningún lugar era seguro. Los hermanos no podían dejar que sus corazones agriasen y las moscas del rencor les chupasen su sangre.  Aquel lugar acristalado les protegería mientras sus sombras tuvieran la bondad de empatizar y ser generosas con la vida declamada allí. Un mantra de armonía se escuchaba en cada jornada, justo cuando el grillo y el colibrí iniciaban su danza al amanecer. Un día Caín, uno de los hermanos, se desgarró la mano con la hoja de una Nolina al pasar junto a ella. La planta, barrigona y despeinada, vivía en un rincón de aquel invernadero. Caín se enfadó tanto que comenzó a tirar de sus finas hojas, una tras otras; no siendo consciente que se cortaría aún más. Gritó de dolor. Aquel pequeño incidente hizo brotar en lava incandescente toda la rabia contenida. Su corazón combatiente, negro de odio, sacudía sus brazos con aspavientos, tirando todo lo que encontraba a su paso. Su sangre pintó de bermellón las plant...

LA REDONDA LOZANA

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¿Qué puedo hacer cuando alguien te dice que eres Lozana? Y no te engañes, no soy prostituta ni alcahueta; ni tengo rostro de gata ni melena larga. Es por mis redondeces, por el equilibrio perfecto conseguido entre el volumen y la forma de sostener mis senos. Otras veces él, mi amante, me susurra que soy la Juliette del Marqués de Sade porque respondo complaciente al claustro de sus deseos. En este caso no sé qué pensar, porque de monja solo tengo a mi tía Isabel de las Clarisas ¿Cómo puedes frenarte ante tales halagos amorosos, si hasta suenan a libro? Este amor es de reventar costuras, no solo por mi suculenta apariencia, es que no existe pudor en nuestra relación. Me rindo a este ardor con entera libertad y dejo que él, mi joven amante, alto y cargado de espalda, me devore entera. Por mucha piel mía que bese nunca se le reseca la boca. El tiempo no existe en sus labios y nos mordemos las ansias sin mesura. Nutrida de tiempo he ido engordando con esa constancia de lirón cuando lle...

EL ESPÍRITU DE ISADORA

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  Bermejo se llamaba, por el color del pelo y su piel de salmón. Nació no muy espabilado. Confundía la tortilla con la hogaza de pan. A pesar de su incredulidad, siempre supo que allí estaba el espíritu de Isadora. La mujer vagaba por los sembrados del norte como alma en pena. Y Bermejo tenía su vista puesta en el crecimiento del trigo. Cuando germinaba, veía latir el corazón de la muerta a sus pies, y en el trigo ya hecho grano, veía los ojos de Isadora como semillas de rambután. En el pueblo, la gente lo dejaba por loco. “Un inocente que soñaba con espantapájaros”, decían. Pero este espantapájaros se tragaba cantos y graznidos de mirlos y urracas. Isadora murió sin ser perdonada por su hermano y él, por su culpa, quedó amargado por vida. Desde entonces ella vagaría en la oscuridad, evitando así que los demonios se le llevasen y prendieran su alma en la eternidad del infierno.   El atontado Bermejo proclamaba a los cuatro vientos que era el portador de la verdad, ...

LA PRIMERA VEZ DE NIÑA LAURA

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Es la primera vez que lo hace fuera de su casa. Sus ojos miran a la izquierda, luego a la derecha. Disimuladamente gira su cara hacia atrás, y de pronto, una detonación en el silencio:  ¡PPRRRR! Qué a gusto ha debido de quedarse con la reverberación del sonido hueco.   Ha retumbado en toda la calle, habrán temblado las macetas en sus soportes. ¡Cof, cof! Ah, qué mala suerte ¡Chiss! alguien ha tosido desde uno de los balcones. La pobre, ahora baja la cabeza y anda así, como si no fuera con ella. La vergüenza de niña Laura ha ruborizado su cara. Un rojo a mermelada de frambuesa le chorrea por los cachetes. Sigue caminando, cada vez más aprisa; acelera el paso, por si el pedo disfrazado de trueno le fuera arrojado desde ese balcón, como los rayos de Zeus desde el Olimpo. Niña Laura camina hasta volver la esquina. Ahí, se vuelve. Y asoma la nariz para comprobar que nada ni nadie le persigue. Retoma su paso y comienza a hablar en voz alta. «No comprendo como una sana ...

DONACIÓN A LA JAPONESA

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  Un camarero con un mostacho de pelo que le timonea la calva engulle la risa. —¿Masaiko? Un tipo raro ese nipón. Venía, y no a beber precisamente, ¡el muy cabrón! Quedaba con el Cachopin; están juntos en Tokio, plantando arbolitos. Maricones. La mujer aprieta los ojos mientras suelta su cerveza y cinco euros en la barra. Se despide. —Ya sé suficiente, gracias. El camarero escupe sobre un trapo mugriento que coge de la cintura y restriega sobre la superficie de la barra. Coral aplasta el índice sobre su diminuta nariz alzada; abre las dos grandes depresiones nasales y expira el aire contenido. Pasa el dorso de la mano limpiándose y se abrocha hasta el cuello su chaqueta de piel sobada. Era el último lugar que le quedaba por preguntar. Por fin una pista , al otro lado del mundo. Tras un vuelo de catorce horas, Coral sube al vagón del tren Express. Es arrastrada por una marea humana. Allí queda, empotrada en una esquina, donde le aplasta un ejecutivo descoyuntado, cabeza ...