DONACIÓN A LA JAPONESA
Un camarero con un mostacho de pelo que le timonea la calva engulle la risa. —¿Masaiko? Un tipo raro ese nipón. Venía, y no a beber precisamente, ¡el muy cabrón! Quedaba con el Cachopin; están juntos en Tokio, plantando arbolitos. Maricones. La mujer aprieta los ojos mientras suelta su cerveza y cinco euros en la barra. Se despide. —Ya sé suficiente, gracias. El camarero escupe sobre un trapo mugriento que coge de la cintura y restriega sobre la superficie de la barra. Coral aplasta el índice sobre su diminuta nariz alzada; abre las dos grandes depresiones nasales y expira el aire contenido. Pasa el dorso de la mano limpiándose y se abrocha hasta el cuello su chaqueta de piel sobada. Era el último lugar que le quedaba por preguntar. Por fin una pista , al otro lado del mundo. Tras un vuelo de catorce horas, Coral sube al vagón del tren Express. Es arrastrada por una marea humana. Allí queda, empotrada en una esquina, donde le aplasta un ejecutivo descoyuntado, cabeza ...