1.3.21

HOSPITAL DE SANGRE




1938. Un año ha pasado desde que salió de su casa.

Raimunda. Raimunda mira el horizonte de secano con el recuerdo de un ideal romántico.

Un año. Y ahora ella cura. Es una salvavidas. Y, ni es por patriotismo ni por ideologías. Le agarró el mucho ruido y la ignorancia. Huyó de la muerte, para encontrarla, de cara.

Las tropas militares que entraban en su Málaga querida. Y la ciudad que se ahogaría en humo y en pólvora. Raimunda con dieciséis años. Es una más entre cien mil. Es una más de La Desbandá. Como pájaros, salieron despavoridos por la carga de la metralla. Sin orden ni concierto. El miedo estaba omnipresente y paralizaba todos los sentidos, menos el instinto de la supervivencia.

Dieciséis años. Y sin familia. Sola. Y huye. Huye por su vida. Camina en silencio. Y no es consciente de la enorme tragedia que se le avecina.



Raimunda marcha como todos, para Almería. Cree que es la frontera, donde allí no pasa nada. Qué después, al otro lado de esa ciudad, estaba Francia.

Es la antesala de la guerra civil.

Concha. Concha es alta y delgada como su madre. Subida en un mulo y con seis meses de vientre que su peso arrastra. Dos niñas, gemelas, una en cada serón abrigando el animal. Y su hijo que agarrado a la chaqueta va con su padre. Cuatro años y siete, son sus edades. El animal arrastrando todo el peso de la familia. Y la familia, el peso de la vida.

Concha no es vieja ni joven. No tiene edad. De brillo azul en los ojos y sandalias de trapo. Y ya sale vestida de negro. Lleva los hombros descolgados de abrazar la tierra y cocer las migas. Y las medias, desgarradas. Concha se tapa la cara y se agarra el cuerpo. En una talega raciona mendrugos de pan. Y en los bolsillos del delantal, lleva higos y almendras. Huye. Huyen de moros que cortan cabezas y diablos rojos. Es lo que escuchan. Huyen esquivando bombas y obuses que revientan a bocajarro desde el mar y el cielo. Desde el cielo y el mar. Esquivan cuerpos tirados, desmenuzados entre las piedras. Son de niños, mujeres y viejos.

Huyen. Huyen por la carretera nacional trescientos cuarenta entre Málaga y Almería.

Para dormir, la cabeza aplastada en el suelo y bajo unas mantas. En corrales o en mitad de un cañaveral. Con suerte, una haza de cañas de azúcar. Salen de noche, pisando muertos antes que la metralla les desgrane la pizarra del camino. Y Concha, que se desmaya, muy cerca de Castell de Ferro.



Por suerte. Una furgoneta la socorre. Una unidad de transfusión de sangre. Un cirujano canadiense y una enfermera inglesa atienden a los heridos. Y una adolescente, salida de la niñez, que también ayuda. Es Raimunda.

Raimunda. Bendita sea la rama que al tronco sale. Morena salada. Ayuda a curar y transportar heridos hacia Almería. Y aprende los primeros auxilios. La columna de tropas italianas, que avanza por la carretera. Los buques, que bombardean. Y ella, testigo de operaciones quirúrgicas de emergencia. Del traslado de heridos. De curas de desgarros y miedos.

Ya en el puerto de la ciudad almeriense, La Desbandá de criaturas que se divide. Unos, en barcos. Otros, siguiendo para el Levante. Y los que se esconden, lo harán bajo tierra, en refugios tras el aullido de la sirena.

Raimunda marcha como voluntaria para Vélez Rubio. Un convento se ha convertido en hospital y en casa de maternidad.

Fueron sus momentos de paz y esperanza entre tanto ruido y tragedia. Madres amamantando. Recién nacidos. Cabecillas mondas. Agrupados en cestas, canastos y camitas. Y niños y niñas. Los más mayores jugando. Allí Raimunda coincidirá de nuevo con Concha que está a punto de parir. Tendrá un niño. Y ya no volverá a verla más.



Pasan unos meses. De la casa de maternidad a un hospital de sangre.

Raimunda. Colorada de noche y de día, mira la palangana. Las vendas llenas de sangre flotan. Esa agua de lluvia que se rebosa. Burbujas que bordean y caen, en una tierra luzbrina que arde. Al fondo, gemidos que se entrecortan, se solapan. Que desgranan el alma. La vida batalla con la agonía en esos colchones. La agonía, con la esperanza. Dos hombres se vigilan el desconsuelo bajo las sábanas. Uno junto a otro. Herido de tórax uno. Herido de vientre otro. Hermanos que en la guerra mueren y a falta de manos para curarles.

A Raimunda algo de café aún le queda en la taza. Agarrada la tiene. Abrazada. Sueña con imaginarla llena. Con un poco de pan y aceite. Gota a gota por el paladar le baja. Bañándole el hambre. Como esa lluvia lo hace al paisaje.

Sobre un banco de piedra, Raimunda ha caído rendida. Turno de veinticuatro y hasta de cuarenta horas, y anda despierta. Sentada a falta de cama. Teme que sus pesadillas puedan llegar si se duerme. Una y otra. Ella que deslía vendajes. Una y otra. Solo brazos, piernas y pedazos de piel. Una y otra vez. No puede lucrarse con la locura. Es un alto precio para quien ayuda.

Al hospital de sangre, heridos llegaron hoy. Muchos, metralla en cabeza y vientre traen. Muertos de fríos y dolor. Otros, quemados o con hemorragias, en shock. Y vendajes restan, casi ni quedan. Y apenas anestesia que les duerma. A lomos de mulos llegaron, empapados y cubiertos de barro. Mujeres y niños, desnutridos, con los pies sangrantes y desollados.


Y compartirán las pocas mantas. Y para vendarles, se les cortará la escasa ropa que traen.

Raimunda. Lleva la sangre engarzada desde que llegó. Le colorea el delantal y esa camisa que se arremanga. Rojo que le baja por brazos y piernas, y en el desgaste de sus zapatos, el rojo que se le derrama. Luego ve como le entra de nuevo. Pero sucio cuando al corazón le llega.

Entre botes vacíos de sueros para gangrenas y tétanos, ella busca aceite alcanforado y cloruro. En una jofaina de acero y esmaltado blanco, además, recoge el material quirúrgico. Y un moribundo, que grita de dolor al otro lado. La valentía no le ahorra el sufrimiento. Ella que lo mira. Su silencio es un grito de vida. Le toma de la mano. Y él, calla. Su silencio es el aire que le queda dentro. El silencio. El más íntimo sentimiento.

Se respira tintura de yodo. Hay olor a éter. Pero el más intenso no es ninguno de éstos. Ni el zotal, que pareciera más fuerte. Es, el de la muerte. Una muerte anónima. Sin ideal, ni fe, ni moral.

Ha pasado ya un año. Se han ido arrancando los días con las sangrientas fauces. Un año sombrialargado. Sombras que han crecido al igual que los remolinos del vacío.

Raimunda confía cada vez más en su competencia y su sentido común.

Su marcha por la vida se hará más lenta. Se siente mujer. Ha madurado con los días. Es centinela de ella misma. En la cara le da el aire fresco que entra por la ventana. Un tren con la bandera de la cruz roja que la lleva hacia la frontera con Francia.

En ese caminar rodado conocerá a Norman. Brigadista norteamericano. De puriamor de él se enamorará. Y Raimunda seguirá aprendiendo y ayudando. Conducirá ambulancias y distribuirá quirófanos y material sanitario. Ya no teme a nada ni a nadie. Nadie ya le puede arrebatar nada.

Siente que ha perdido y ha ganado. No entiende de bandos equivocados. Ella, a su manera, vence a la muerte. Ha ido cambiando de piel. Luchando contra enfermedades parasitarias y venéreas. Venciendo la hambruna. Ella se abraza la cordura y, cauta, guarda la moral y las fuerzas. Ya ha conseguido su ateneo libertario.

Su única batalla perdida: todos los que murieron sin poder salvarlos. Cuando no hay suficientes para socorrer se pierde la esperanza de ganar una lucha.

En su cabeza bulle el aislamiento, la ignorancia de esa marea humana civil arrastrada por el miedo. El sinsentido de la violencia y la locura de una guerra de exterminio. Miles de muertos en aquella carretera del sur donde conoció a Concha. Entre Málaga, su cuna, y Almería. Y en ese Vélez Rubio, el único lugar que, entre la lucha, vio nacer la vida. Donde acompañó a Concha.

Siempre en su memoria sedánima, esas cuatro noches y cuatro días. Siempre estará esa huida.

El éxodo y el genocidio de La Desbandá. Febrero 1937.


21.2.21

LA REINA DEL SWING



No soy de ninguna generación, o al menos, así lo quiero creer. Lo único que me podría alterar es una colonoscopia de urgencia. No estoy muy dispuesta a dedicarle tiempo a la incertidumbre que provoca la muerte. Hay cosas en las que el mundo no avanza y esa, es una de ellas. Solo quiero amor.

He vivido más de lo que me queda por vivir. Cuántas encrucijadas y esquinas dobladas. He errado, acertado y resbalado. Y tengo la edad suficiente para seguir enamorándome. Aún conservo mi cuerpo con forma de reloj de arena y estos pechos piña, con cierta tendencia a gota de agua, pero a los que le queda bien cualquier escote. Ya no me preocupo de sujetadores que hagan milagros, ahora tengo la ventaja de que no se me descuelguen los senos y me lleguen al ombligo.

Yo también me enamoré de aquel profesor joven que me apasionó en la escuela, con aquellos zapatos marrones… Federico, también los lleva marrones, pero con la suela ya desgastada de arrastrar los pies para que le baje el azúcar.

Federico, llegó a mi vida despacio, conforme a la edad que teníamos los dos. Se alojó rápido en mi corazón. Fue quién acertó en llegar a mi vida en el momento adecuado. Él siempre atento a cada gesto que hago o palabra que digo. Es mi vehemente admirador. Todos los días espero con ansias a que aparezca cuando yo abro la puerta.

No quiero despertar de este sueño. Sé que, cuántas más miradas reunamos juntos, más exacta va a ser la realidad.

Debo estar enamorada porque el cuerpo se me ha pintado con algo que no se me borra. Como si lo hubiera hecho con uno de esos rotuladores permanentes. Se ha marcado todo por dentro de la piel. No sabía que tenía esta necesidad tan grande de amar. Siento que estoy en la gloria. Viva.

No existen barreras eróticas a los cincuenta, ni a los sesenta como muchos creen. Incluso diría que, ni a los setenta u ochenta. ¡¡Puff!! La relación entre dos es tan sugerente.

El primer contacto con la piel son siempre los ojos. Ver a alguien que puede hacerte “tilín”. Al principio no reparé en él, en Federico, y el caso es que, ese elegante hombre hacía tiempo revoloteaba a mi alrededor, sin molestar. Ahí estaba él, que no dejaba de mirarme. No había duda. Se había fijado en mí.

Me cautivó en un cambio de pareja. Me llamó “reina” cuando me tomó entre sus brazos, muy cerca de él. Me miró a los ojos y sonrió dulcemente. Comencé a sentirme embriagada. Andábamos aprendiendo Swing Lyndi Hop. Dán, danán, da na na ná. Yo observaba y me dejaba llevar por la gente más joven, pero cuando bailaba con Federico no teníamos nada que envidiarles. Nos divertíamos igual. Federico tiene esa forma tan encantadora de dar los pasos al bailar... A nuestra manera, nos sentíamos Debbie Reinolds y Gene Kelly. Unos acróbatas alegres y sentimentales.

Me dijo que la osamenta le estaba fallando y estos pasitos caprichosos le ayudaban a mantenerla engrasada, además de ser un bálsamo que le aliviaba y mitigaba sus dolores.

Esa misma tarde me invitó a beber algo. Creí que una cerveza me vendría bien. Pero no, él apostó por algo más fuerte. Se pidió un margarita, «un cóctel ideal para refrigerar los calores del cuerpo, Reina», decía. Tequila, licor de naranja, hielo picado y zumo de limón. Me sugirió, además la sal escarchada en el borde del vaso. Bebí un trago y me dijo que sería entonces mi perdición. Ese nombre inofensivo de flor me cautivó, pero nunca imaginé que iba a resultarme tan fuerte. Aquello resultó un atrevimiento nada saludable. Pero él insistía que era un aguijonazo para tentar a la suerte. Había comenzado una aventura.

De la bebida pasamos a comer juntos. Fuimos a un restaurante íntimo y acogedor con un pequeño patio interior. Mirando la carta me soltó uno de sus golpes de ingenio: «Odio las coles de Bruselas, en general todas las coles, y hablando de coles», y se pasó un rato sugiriendo un plato que a él, le encanta: secreto con coles de Bruselas, limón y queso parmesano. «El limón le quita ese amargor al comerlas… ¿Por qué crees, Reina, qué cosas que comemos de niños terminan siendo preferidos del paladar adulto: cerveza, alcaparras, café?»  Cuando me dijo esto, yo me reí. Yo no soy muy buena en estos de las cenas en una primera cita. Nunca sé de qué hablar. Lo que sí quedó claro que, a él, en el fondo lo que le gusta es el limón. A mí se me ocurrió preguntarle cual fue su primer beso. Federico me dijo que ya no se acordaba, pero que el mejor, estaba por llegar.

Del restaurante me sugirió un hotel. Yo me quedé patidifusa. Aquello iba demasiado rápido. Un lugar donde nadie nos conocería, dijo. Aquella sugerencia me hizo sentir joven. El caso es que, bailando entre pasos hubo más de un resbalón de feromonas. Y hacía tiempo que no sentía estos subidones. De hecho, no creí que ya me iban a dar. Los últimos fueron los de la menopausia. Yo andaba en la inopia, creyéndome muerta sexualmente.

Hay una edad en la que ya no te importa nada. O sí. En el fondo sí. Rozar la gloria a través de la sexualidad, el deseo y el amor. La carne, con el paso de los años, puede ser lamentable, sobre todo, ver como se descuelga, pero también, un éxtasis. Te hace sentir viva. A la porra pensar en tener bien depilado el pubis o tener que vestirte con una ropa interior atractiva que, por lo general, te queda chica, y ese miedo atroz al embarazo… Todo eso no significaba para mí ninguna barrera esa noche.

Subimos a la habitación. Una enorme cama de matrimonio estaba frente a nosotros. A mí se me había olvidado qué hacer. Federico me miraba, y creo que era ahora cuando se daba cuenta que no había vuelta atrás. Hasta ahí todo había ido muy rápido. Pero llegó el momento en el que el tiempo a nuestra edad, tiene su protagonismo. Todo se ralentiza. Yo pensaba en mi atrofia vaginal y él, probablemente, en una posible disfunción eréctil. No hablamos. Solo nos miramos en silencio. Pensé que tenía que vivir el momento como si fuese el último minuto de mi vida. Federico me tomó la mano, la sentía caliente. Aquella caricia me aceleró el corazón, sentía su latir. Nos acariciamos el rostro. Cerré los ojos y dejé que me quitara parte de la ropa. Mi piel era de gallina, como una adolescente. Lo miré y vi la ternura color avellana en su mirada, un brillo intenso. Se sonreía. Me cautivaba. Y nos abrazamos. Pero, en un instante y sin venir a cuento, me agarró un nervio.

Necesitaba mi tiempo. El baño siempre es una buena excusa. Entré en él. Me miré al espejo y me dije que había perdido la razón. Volví a mirarme bien. Y entonces supe que esa razón era la perfecta. Borré mi cara. Debía de limpiar miedos.

Cuando salí, Federico se me acercó y me volvió a tomar de las manos, las entrelazó con las suyas y nos sentamos en la cama. Me cogió los pies, los descalzó y acarició. Sonreímos y abrazamos de nuevo el silencio. La sintonía era completa. La complicidad se hacía cada vez más estrecha entre ambos. Ahora no me equivocaba. Me vino cien fantasías a la cabeza, desde la nuca a la boca, pasando por las orejas. Sentí que mi cuerpo se estaba despertando a un mundo que tenía olvidado. Me preguntó si podía besarme y fui yo, quién le besó a él en los labios. Un beso de paloma, apresurado, pero lo sentí muy adentro, diría que, por ahí abajo. Me había inventado un beso para su boca. Un beso que despeina. Me sonrojé tanto que se derretían mis ojos; mis párpados se llenaron de lágrimas. Federico me besó en los ojos y entrelazamos los alientos, llamando a viva voz la sangre con los labios y provocándonos palpitaciones. Aumentaron las caricias, las travesuras en la espalda y en el cuello, y esa, mi risa tonta. Federico me agarró las nalgas y me acarició la entrepierna mientras los besos hablaban lenguas vivas. Nos desnudamos totalmente. A mí se me hacían las manos pequeñas a lo largo de toda su piel. Se me aceleró el corazón y despertó ese orgasmo que estaba dormido. A él le faltaba el aire cuando mis dedos estimularon sus genitales; sentía su flacidez empinarse lentamente. Nos amamos hasta la madrugada, cuando el reloj dijo basta. Necesitábamos descansar.

Nos despertamos, nos abrazamos el uno al otro como si hubiéramos sufrido una larga espera. Éramos una esperanza para nosotros mismos y aquella iba ser nuestra forma de amar. Cuando me despedí de él, le di las gracias por hacerlo tan fácil. Gentil hombre, hombre de principios con corazón ansioso, así es Federico.

La habitación 309, la llamaríamos “El Pálpito”, el escondite que nadie más conocería. Aquel refugio que hicimos nuestro. Volvimos allí, una, otra, y una cuántas veces más. Siempre a la salida del baile y hasta que acabaron las clases. Después, nos seguimos viendo, ya en nuestras casas. Unas veces en las de él, otras, en la mía.

Pasamos la prueba del tiempo. Federico descubrió que yo me pierdo cuando me acarician los brazos. Y ahora yo, soy su Tentenpié. «Reina estar contigo es como hacer ejercicio al aire libre, me cambia la presión arterial y el biorritmo del corazón. Siento que se me alarga… La vida» me lo dice sonriendo y guiñándome. Lo hace con los dos ojos. No sabe hacerlo con uno.

Federico tiene buenos sentimientos y no hay mejor persona para colocar los cimientos en esta etapa de la vida donde se comparte la dicha y lo incierto, en la selva y en el desierto. Tenemos muchas coincidencias y muchas diferencias. También somos conscientes de nuestra artrosis. Y que, los medicamentos que Federico toma para la presión arterial y los antiácidos para el estómago, influyen a la hora de hacer el amor. Aun así, no nos quita el sueño, porque ya no lo hacemos como, cuando éramos jóvenes. A nuestra edad, si nos empeñamos, podemos ver serpientes cuadradas, tenemos vía libre.

El afecto y la comunicación que compartimos son los que hacen verdaderos milagros en nuestros cuerpos.

No tengo ya pena por lo vivido, ni miedo por lo que me queda por vivir.



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15.2.21

LA ESFINGE



Nació prematura. En la medianoche de una habitación miserable con papel amarillo despegado a trozos. Nació esmirriada. Envuelta en trapos con aroma de alcanfor. Viéndola, el temor se apoderó de su familia. Su delicada salud presagiaba que no sobreviviría.

Su madre, se levantó vacilante, arrastrando aún la placenta entre las piernas. Quedó espantada al ver aquel pedazo de su carne, casi helado, muriéndose a espasmos. Y llenó su boca de blasfemia. Crispó sus puños en alto para que la suprema divinidad, fuera la que fuese, se apiadara de ella. Era tal el dolor que sentía, que sangraba por dentro y por fuera. Amamantar a su hija. Ese había sido siempre su único deseo. La desesperación se le fue convirtiendo en rabia.

Mientras, las manos pulidas de la comadrona ataban el cordón umbilical al muslo de la recién parida para que la placenta terminara de desprenderse. La madre, blasfemaba aporreándose el vientre, creyéndose culpable por haber concebido a tal engendro en una noche de placeres efímeros. Ya se veía ella burla de los presentes, y esa rabia suya se elevó a plegaria, reduciéndola a una maldición. Sin ser muy consciente de que este reniego suyo, en el futuro afectaría a toda la familia. Deseó en aquel instante de horror que se retorciesen todos, tanto vivos como muertos, para que no retoñara jamás ningún brote viciado. Una maldición que, al hacerla justo en esa fecha, doce de agosto, se extendería a lo más infecto, hediondo y corrompido; unas fuerzas oscuras que imperaban no muy lejos de allí.

La partera, golpeaba, obstinada, el diminuto pecho de la niña. Una y otra vez. A la par que le insuflaba su aliento. Tenía la confianza de que la niña no muriese. Según ella, si sobrevivía a esa noche, y a pesar del estigma, le daría un gran poder a la cría sobre las fuerzas terrenales. Pero lo que no sabía la comadrona, es que la maldición de la madre ya había provocado un efecto revelador contrario.

Esa noche, la criatura sobrevivió. Y lo haría por muchas noches más.

El padre, ante la maldición que la madre había realizado en aquel estado de locura de parturienta, y no entendiendo de designios eternos, en vez de enterrar la placenta en una jarra de barro, como era la costumbre, la quemó en el estercolero. Destruyó ese lazo de unión de la madre con la hija. Despojándola así de ese amuleto protector. Pero un trozo del cordón quedó sin arder. Las gallinas no dudaron, y a falta de otra comida, se entretuvieron en picotearlo. Mal agüero. De todos era sabido que, si esto ocurría, y la niña sobrevivía, posiblemente sufriría de convulsiones.

Desesperado, el padre, hombre de baja estatura y renqueante, salió del corral y fue en busca del cura. Su hija debía ser bautizada cuanto antes. Con la confianza de que, en el caso de que muriese o viviera, no llevara esa carga de pecado en su incipiente alma.

La familia moraba en una aldea de menos de doscientas ánimas, todas ellas criaturas enmudecidas. Un lugar nada hospitalario donde se encumbraba a los necios y así, el aburrimiento nunca llegaba a serles doloroso. Un lugar terrible para el resto de pobladores de la comarca. Una aldea que en invierno se transformaba en un cementerio. Un lugar barato para nacer y barato para morir.

El bautismo de Hilaria, que así fue como la llamaron, se llevó a cabo en la Torre Magdala. Un extraño torreón que permanecía erguido en lo alto de una peña desde tiempos inmemoriales. Al parecer, era un resto de una iglesia abandonada que ya nadie tenía interés en visitar, pero por motivos extraños, se conservaba medianamente adecentada para actos aislados de culto. Las lenguas del lugar decían que los templarios realizaban allí liturgias nocturnas, pero por lo que allí aconteció durante el bautizo, se diría que eran otros los poderes que moraban en la torre.

El cura, de rostro de tiza y pelo aceitoso, ante la insistencia del padre de Hilaria, accedió a realizar allí el rito de la gracia santificante. Era un día azotado por vientos helados del norte. Y en lo alto de la peña, el frío quebraba los huesos por dentro. La pila bautismal estaba colocada en una esquina y sobre un suelo de baldosas blancas y negras que parecía una tabla de ajedrez. En el momento que estaba llevándose a cabo el rito, la pila bautismal pareció moverse. Los presentes, padres y padrinos, se inquietaron. Observaron con temor a su alrededor, pero decidieron proseguir y terminar cuanto antes. El cura permaneció clavado con la concha de agua bendita alzada, mirando hacia la pila y a la única cruz que había, una de madera de roble que estaba caída en el suelo a la espera de que algún día pudiera ser colgada de nuevo. Unos destellos de luces empezaron a brillar en los cristales de los ventanales y las paredes comenzaron a sufrir cambios de temperatura. Los presentes, lo mismo padecían sudor por calores, que temblores por frío. El cura aceleró el bautizo y aconsejó salir lo más rápido posible de allí. Mientras cerraba el portalón miró la efigie del demonio Asmodeo que salvaguardaba la entrada y con el rosario en una mano y la biblia en la otra, comenzó a orar: «Bendito sea, mi Dios, que dais el sufrimiento como divino remedio a nuestras impurezas, no dejes que este hogar santo de rayos primitivos se convierta en espejos oscurecidos». Mientras, en el interior, un cuerpo retorcido con garras de arpía y enormes ojos, salía de la pila bautismal.

La familia bajaba bien ligera a la aldea, dando resoplidos y lanzando escupitajos al suelo. Se acusaban los unos a los otros el haber puesto los pies en aquella capilla ya de tiempo cerrada. La tía de la niña, su madrina, insistía que era un lugar de adoración de ídolos antiguos, y a saber si, se había usurpado el descanso de algún ser maldito.

Pasaron los días y la madre, sin cumplir aún la cuarentena, comenzó a dejar de comer. Llevaba días con un aspecto sombrío y enfermizo. Le obligaban a tomar vino mezclado con aceite de aceituna y caldo de cebolla, por si hubiera quedado algún resto de amnios en su vientre aún sin salir. Con el pelo enmarañado, a medio peinar en la nuca y las uñas ennegrecidas, aquella desgraciada se sentaba en la mecedora con la mirada fija al frente, enmudecida. A ratos, se le agarraban unas toses seguidas de pitidos agudos que se le harían frecuentes conforme avanzaban los días. En contra de su voluntad, no la dejaron dar de mamar a su hija. Su marido estaba convencido que solo unas fiebres malignas la podrían llevar a esa extrema delgadez que vestía.

Con el paso del tiempo, la mujer desarrolló una condición autodestructiva y poco a poco, se fue aislando del mundo. Se encerró en una habitación de la que nunca volvió a salir. Y un día, apareció muerta, con sangre en la boca y toda llena de restos de orina y heces. Hilaria, la niña maldecida con la vida, tenía entonces seis años. Y esta vivencia de ver a su madre en esta agonía, le dejó una huella amarga. Sus primeros años los creció como una medalla nueva, con salud normal, pero fue a partir del fallecimiento de su progenitora cuando padecería graves crisis emocionales que más tarde se le complicaría con ataques epilépticos.

A los pocos años de la muerte de la madre, en la casa, comenzaron a escucharse golpes y extraños ruidos. Pisadas que no tenían explicación alguna puesto que, solo vivían en ella Hilaria con su padre. Estando ambos en el salón de la casa repararon en unas vibraciones que afectaban al mobiliario. Unas veces eran las sillas y otras, eran las camas. A la niña, al principio, todo esto le provocaba temor, pero con el tiempo fue acostumbrándose para luego convertirlo en un juego. Ideó golpes para comunicarse con los sonidos, convencida de que era su madre quien quería jugar con ella. Golpeaba la pared e imitaba los mismos ruidos. Incluso inventó respuestas a preguntas que ella hacía. El padre temía lo peor. Que fuese su esposa realmente y que no abandonaría este mundo dejando a su hija en él.

Transcurrían los días y los sonidos se fueron haciendo cada vez más frecuentes e intensos. El padre no sabía qué hacer. No quería enfrentarse a las posibles habladurías. Si aquello se llegaba a saber sería un infierno. Sin duda, era consciente de que la familia había caído en un castigo eterno y no tardó, en decidirse. Se llevaría a su hija de allí, abandonarían su casa, los pocos bienes que tenían. Buscaría algún lugar donde se olvidarán de todo, y con la fe ciega de que mejorara la salud de Hilaria. Lejos, lo más lejos posible, distantes de cualquier rastro de aquel espíritu ennegrecido de su madre. Pero los caminos del mal son inescrutables.

Hilaria con diecisiete años se convertiría en una médium. Convocaba a los espíritus en un ambiente de maderas secas de Palo Santo que ella misma quemaba para los rituales. Lograba así los momentos más íntimos con los seres queridos de la gente que le visitaba. Su mente había evolucionado mucho desde aquel primer encuentro de niña con el fantasma de su madre. Era respetada ahora por todos, incluso los más incrédulos e ignorantes de las malas artes. Todos la buscaban a ella por el miedo a lo desconocido. A Hilaria, por entonces, se le había acentuado sus ataques de epilepsia, contribuyendo así a darle más credibilidad si cabe a las sesiones de espiritismo. Pero el diablo no se había olvidado de ella. Se agitaba a su alrededor sin cesar, flotaba como ese aire que es impalpable, infundiéndole a Hilaria, sin saber por qué, un deseo de culpabilidad. En algunas sesiones, ella terminaba jadeante, tremendamente fatigada. Con los ojos sangrándoles de confusión y las heridas de su alma abiertas.

Hilaria se transformó en su mayor enemiga. Su mundo se movía en un cieno de fanatismo, un fango de supersticiones, que la consumían y la hacían dudar de todo. Ya se había robado a sí misma cuando penetraba en los cuerpos de los difuntos. Ya apenas dormía. No descansaba y se terminó autolesionando con las sacudidas que le daba su cerebro, esas dichosas convulsiones recurrentes.

En esta vulnerabilidad, y por suerte para ella, Hilaria congenió con un hombre que daría aliento a su vida. Él era conocedor de los males que sufría y a su dedicación, aun así, se enamoró de ella. De algún modo, compartían pasiones similares. Se dedicaba a la arqueología. Le asignaron importantes excavaciones de tumbas y se llevó a Hilaria con él. Conocerían Turquía y Grecia, Egipto. Descifraron signos y señales en los enterramientos, jeroglíficos. Se instruyeron con los grandes guías de las almas. La comunicación de Hilaria con los espíritus se haría cada vez mayor. Se entregaba a prolongados éxtasis sin la duda de no despertar.

Hilaria pasaría a llamarse la Esfinge. Fue en El Cairo. Al poco de llegar, pronto se supo de sus rituales e invocaciones y esa facilidad innata que tenía para comunicarse con los espíritus. La elevaron a sacerdotisa. Decían de ella que permanecía expectante a lo desconocido y que era como una de esas tumbas que profanaba junto a su marido. La esfinge. La que antes de tener miedo, su boca silencia. Un halo de misterio sin ambición ni orgullo.

Con esta condición de sumo poder, penetraba en las tumbas por la noche, profanaba el silencio y la oscuridad. Indagaba hechos y verdades más allá del límite de la percepción. Le fascinaba el control de la muerte.

Fue aquí, en Egipto, donde rebosaría de saberes ocultos. Y fue aquí donde, paseando por el desierto, encontró una rosa de Jericó, una Anastática. La planta la esperaba. A sus manos llegó seca, cerrada sobre sí misma, volteada mil veces por el viento a través de las dunas. Traía el poder de una superviviente de muchísimos años y una apariencia frágil, al igual que ella. Hechizada por su forma la consideró sobrenatural. La Esfinge la incorporaría a sus sesiones de vidente. Comenzó poniéndola sobre piedras en un cuenco plateado y la sumergió en agua. Un bautizo de vida para darle aliento. La planta se abrió como un milagro. Parecía palpitar. Pero lo extraño fue, que lo hiciera en la noche, sin luz alguna. Sus hojas y tallos se iban ennegreciendo mientras extendía sus ramas. Lejos de ser un talismán para la Esfinge, se convertiría ella en la prisionera de aquella planta.

Comenzó a crear una serie de artes para sus rituales: cintas rojas con nudos, piedras, cadenas, agujas y alfileres, mientras murmuraba: «Conozco la ciencia que en el fondo del lecho diluye la conciencia y a esta maldita lucidez». Y en éstas estaba, cuando de súbito, vio un humor viscoso y purulento que se deslizaba furtivo por debajo de la puerta. Confundida y temblando de frío, cerró los ojos. Su mente se ausentó de aquel espacio y momento, intentó evadirse de aquella realidad. Sabía que una fuerza maléfica la acompañaba. Un agrio crujido en las ventanas y en el suelo le provocó un chirrío en los dientes. Abrió los ojos. Y todos los alfileres, agujas, cadenas, piedras y cintas estaban frente a ella. Los brazos y piernas comenzaron a sufrirles movimientos espasmódicos y un dolor en el pecho la abrasaba por dentro. Sentía como si le succionaran la médula de sus huesos. La Anastática comenzó a tomar el color rojo de la sangre a la par que se escuchaba: «Deja este juego feroz y ridículo, morirás con él». Ella, temblando y sin fuerzas, le contestó: «Boca cruel, monstruo asesino, es mi sangre la que se esparce en el aire y en mi destino».

La Esfinge se consumía en el ingrato mundo que había creado. El recuerdo de su madre le había oscurecido el alma y ahora, estaba más presente que nunca. Su padre, en el lecho de muerte le susurró esa confidencia penosa. Le desveló su prematuro nacimiento y lo acontecido en su bautizo. Esto confirmaba las presencias diabólicas. El aliento de su vida era una maldición. Su progenitor le imploraba su perdón. Todo lo había hecho para que la familia no se avergonzara de ella. Balbuceaba con la traición humana, el desengaño. Sin embargo, ella solo veía su liberación en su propio pudrimiento. Era como si sus ojos se hubieran colado dentro de su cuerpo y lo viera descomponerse.

Desvanecida y derramada en sangre la encontraron. Tirada en el suelo con alfileres y agujas clavados en el cuerpo como un muñeco vudú, y un cuchillo hincado en el pecho. Aún respiraba.



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8.2.21

HOLA CARIÑO

 



Reinaldo traga un buche de agua. Respira hondo. No sabe bien por dónde le va a salir su mujer. Al fin y al cabo, el dinero es suyo. Intenta desenroscar el cuello; las cervicales las tiene empaladas. Vigila la puerta del baño, y en cuanto la escucha abrirse, busca desesperadamente algo con lo que trastear y no mirar a su mujer a los ojos. Escurre el trasero, escondiéndose tras la pantalla del ordenador. Su esposa, furiosa, acaba de salir de la ducha con el pelo enmarañado; chorreándole aún el agua por la nariz. Más que secarse, lucha con la toalla que la envuelve, frotándose enérgicamente parte de su celulítico y redondo trasero.

 

—¡¿Y no te has dado cuenta que era mucho dinero?!

—Virti… ya te lo he dicho, me iba a pagar el doble de lo que vale.

—¡A quién se le ocurre darle dinero a una desconocida!

—Virti, no es cualquiera, es la princesa de Burkina…

—¡Exiliada en Holanda, Reinaldo, exiliada!

—Quiere cerrar de inmediato el negocio que tiene en Hong Kong.

—¡¿Y no te mosqueas si alguien quiere pagar tanto dinero y con tanta prisa?!

—Nuestro piso no es cualquier cosa. Tiene vistas al mar.

—Sí, desde una esquina. Y hay que subir a la azotea del bloque para hacerte una idea que a lo lejos se ve una franja azul.

—Sií, bueno, está limitada visualmente.

—Tú sí que estás ciego ¡Y mírame, por favor!, parece que hablo con el vecino.

—Hombre, la realeza… No son santo de mi devoción, pero tienen dinero en paraísos fiscales.

—Claro, y te iba a comprar a ti un piso de cien metros cuadrados con una terraza con vistas a un monte peláo y seco, y encima, en una tercera planta. Estos compran todo en bajo… Me visto y caliento la comida.

—¿Hoy qué toca?, ¿estofado de víctima?

—Reinaldo, te sobra ingenuidad en ese buche.

—No puedo tragar. No me pasa nada por el gaznate…Vamos a mirarlo por el lado bueno, Virtudes. El dinero era de tu abuela, y no te caía bien ¡Y, además, era una roñica!

—La culpa es de este dichoso internet. Hay que quitar el anuncio, Reinaldo. Cara a cara, es lo mejor. Y, además, seis mil euros ¡Seis mil euros que nos han timado! ¡¡Seis mil!!

—No hace falta que me lo repitas, Virti. La carga cansa… ¿Quieres una cerveza?

—¡Y la sobrecarga mata! No, mejor vino.

—Es por los servicios de la mensajería diplomática, ¿no lo ves? Envían el dinero desde Hong Kong. Así el pago se hace efectivo.

—¿Juegas a hacer el tonto? Déjalo ya.

—Tengo que pedir cita al odontólogo. Creo que lo del cuello viene de la mandíbula…

 

Pasa un mes y otro. Nadie les llama para el piso. La pareja decide entonces volver a poner el anuncio. Se les acaban los ahorros y la posibilidad de un paro inminente les embarga el sueño, sobre todo a Reinaldo. Y, además, un desconocido ha irrumpido en la vida sentimental de su esposa.

 

—Virtudes, tú tan esquiva ¡Y caes en brazos de un militar!

—Reinaldo, es un soldado americano de la guerra de Irak. Y, además, no puedo evitar verlo como el aviador de Top Gam.

—¿Estás segura que es de esa guerra?, ¿no será de Bosnia o de Afganistán? Mira que el tío Javier conoce a un teniente en Bosnia y a lo mejor…

—Dice que, ha acabado con una célula terrorista y se ha quedado con el dinero que llevaban ¡Son muchos millones!

—Virtudes, tengo una duda, ¿y tuú, le has creído?

—Y, además, quiere destinar el dinero a obras sociales. Dice que él no puede hacerlo porque es militar y excombatiente, por eso busca una “buena persona” que le eche una mano.

—A ver si la gente se cree que somos una Ong.

—Reinaldo, ¿por qué no me has dicho que tenía el carnet caducado?

—¿Y yo, me tengo que acordar de tu carnet? ¿No le habrás dado ningún dato?

—¿A quién? Aah…No.

—Virtudeees que te conozco. Los datos personales son sagrados. Yo, a la princesa, ni la cuenta bancaria. El dinero lo envié en un cheque a una dirección que ella me mandó.

—En los tiempos que corren tus datos los pueden saber todo el mundo. Está todo en la red.

—Eres tonta, ¿entonces, para qué tenemos mil claves? Que si para el teléfono, la cuenta del banco, tarjetas, móviles, wifi, compras online...

—Reinaldo, no lo entiendes. Me ha tocado la fibra este militar. Su esposa y su hijo murieron en la guerra. Y, además, su vida puede estar en peligro. Por eso quiere cuánto antes deshacerse del dinero y comprarnos el piso.

—¿Qué más te ha contado?

—Qué cuando reciba mi respuesta de aceptar su dinero, me da la dirección de contacto de su compañía financiera… en… Reino Unido… Lo que más me mosquea es que..., ¿dice que le recuerde en mis oraciones? Jó-der. ¡Ah, noooo! A mí no me la va a dar ese ¡Valiente capullo! Tengo que quitármelo de la cabeza... ¡Y tú, sin rechistar, que te veo venir con la princesa! 

—Nada, nada, no pienso decir esta boca es mía.

 

En la pantalla del ordenador, aparece un nuevo email. Reinaldo lee:

Hola cariño, gracias por contestar. Estoy genuinamente interesada en comprar su propiedad. Mi nombre es Dra. Gamila Issawi, soy médico, vengo de la región de Al Daraa, una región de la minoría cristiana siria (…)




31.1.21

ARCADIA




Nació en la inmensidad. 

En el abismo.

El mar es su hogar, su alianza atávica.

Mil razones son y mil eran sus ancestros.

 Su genética, es origen. 

Su cuerpo, agua viva.

Cada gota salada enluce su silueta.

Y su cromática, sin ser espíritu, la hacen digna.

 Es la sirena.

La criatura redimida siempre al mar y al meandro.

Es corriente al abrazo de olas y mareas.

Un arco iris la abraza. 

Un tatuaje marcado.

Arco escapado del río. 

Abrazo regalado al mar.

 Ella es la que espera.

Cerca de la roca o dentro de la marina cueva.

Arcadia se llama. 

Y se la ve más nítida en la pausa del mediodía.

Cuando las sombras se hacen más cortas.

Cuando se entrelazan las caderas del agua.

 La sirena, ondina excepcional. 

Cacofonía.

La que levita en el blanco lecho de rocas pulidas.

Piedras talladas que no presumen de pertenecer a ningún artista.

 Dicen los poetas de ella que es un suspiro de la mar.

Incluso hablan de que está envuelta en lamentos.

Pero no están en lo cierto.

 La agonía marina no existe.

No es un sollozo de un alma perdida.

 De coyunturas terrenales ella no entiende.

No se deja llevar por remilgos ni sentimientos.

Su euforia no entra en crisis. Es otra cosa.

Solo distrae la razón. 

La única verdad que ella siente.

 Muchos dijeron que la sirena no era del mundo de los vivos.

Pero es su único motivo de existencia.

Dilucidar la verdad, la transparencia.

Mantener vivos mitos y leyendas.

 La sirena no canta ni tampoco es quimera.

No es tentación ni, traicionera. Ni ángel caído.

Es la marina humana que diluye su perfil en su destino.

 Ella, está tan presente hoy como lo estuvo siempre.

Es pretérita y es perfecta.

Su enigma a nadie dejará descifrar ella.

 La divina inmortal.

Superadas tiene las frustraciones de andar por la vida.

La que ama por toda la ciencia. 

Por toda la inmensidad.

Lleva tanto tiempo nadando que Poseidón la libra de pecar.

 Ahora, mira ese trazo de refracción de luz en las olas.

Escucha, ese salmo en el amanecer abierto. 

Estará ella.

Si quieres algún día a la sirena tocar.

Recuerda ese abrazo del río que le da al mar.

Ese arco iris de sal.



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