5.5.21

PIEL DE CAIMÁN

 

Acabo de escribir un cuento y yo, te lo cuento. Esta es la historia de una criatura que vivía sola. Sola y triste. Y lo único que pensaba era en comer y comer, pero un día, le ocurrió algo que le transformó el ser.





Al despertar de su siesta Juanolo se había convertido en un caimán. Asombrado giró su enorme cabeza a un lado y a otro. Estaba rodeado de tierra húmeda y de cientos de pasteles desperdigados a su alrededor. Cuando quiso abrir la boca ¡Oooj! No podía. Tenía encajadas las mandíbulas. Y las patas no le llegaban a aquella enorme bocaza. Comenzó a sacudir su cabeza sobre la tierra ¡Plaf! ¡Plaf! Y en estas estaba cuando de pronto le viene un mareo y pierde el equilibrio. Rueda que te rueda en dirección a la orilla del estanque. Pero antes de caer al agua consigue alzarse sobre las patas. Ahora tenía cuatro y muy cortitas. Toda su barrigota estaba llena de plastas de crema, merengue y mermelada de fresa. Se preguntaba si estaba en un sueño. Lo único que recordaba era hincharse de comer y luego dormir.

Juanolo enderezó la cola y se sumergió en el agua para conseguir despertarse y quitarse todo ese dulce de encima. Mientras, lo que acontecía era observado con mucha atención por un cangrejo que estaba cerca de la orilla. El caimán se deslizó por delante de él sin prestarle ninguna atención.

—Qué caimán tan raro—se extrañaba el cangrejo.

Juanolo intentó nadar y solo conseguía coletear fuerte dando sacudidas. Se giraba sobre sí con las mandíbulas abiertas tragando enormes bocanadas de agua. Cuando ya creía que se ahogaba, logró aplastar su dura piel contra un tronco que flotaba. Con los ojos desorbitados ¡Puf!¡Puf! pegaba bufidos a través de su hocico redondo. A duras penas consiguió volver de nuevo a la orilla.

El cangrejo con sus largas pinzas levantadas no podía creer lo que estaba viendo.

—¡¿Acaso se te olvidó cómo se nada?! —gritó el cangrejo.

—¡Haaazze tiempo que no me bañaba! —respondió el caimán casi sin aliento.

—¡¿Qué?! ¡Pero si llevas toda la vida en el agua!

Juanolo no se creía que en verdad era un caimán e ignoró al cangrejo curioso. Pasó días sin meterse en el estanque a pesar del calor. Se escondía entre los cañizos y se le olvidó hasta de comer. El cangrejo ante la ausencia de su compañero de orilla comenzó a echarle de menos. Y un día se le acercó muy despacio.

—¿Qué te pasa?

—No zé nadar. No zé cazar. No zé hacer nada. Yo antez zolo comía y comía. Eztaba tan trizte que no penzaba en otra coza.

—Puedo enseñarte. Yo soy muy patoso, pero si me subes a tu lomo puedo guiarte en el agua. Te mostraría donde comer raíces y buscar gusanos entre las piedras. Incluso hasta podemos pescar juntos.

Y así fue. Juanolo ya nadaba feliz y seguro en aquel estanque.

—Nunca podía imaginar que iba a rezpirar mientraz flotaba ¡y comer lombricez! Decía Juanolo

—Y yo, que iba a comer pasteles —el cangrejo sonreía sobre la panza del caimán mientras tragaba dulces a seis patas.

A Juanolo no le importaba ya si aquello era un sueño o no, pero sí que había recibido una gran lección de su amigo. Gracias al cangrejo, aprendió a nadar y a buscar comida y, sobre todo, gracias a su segunda piel, piel de caimán, que le ha dado seguridad y autoestima.

FIN


CUENTO CONTADO

(Aquí lo puedes escuchar)




26.4.21

LA CAVERNA DE LA REPÚBLICA

 



Quisiera intentar penetrar en las vidas de mis antepasados, desde la distancia, desde la barrera del tiempo que nos acontece. Esgrimir excusas para comprender la era que me han confiado. Hacer lecturas y adueñarme de palabras extrañas en fajas de colores: violeta, rojo, amarillo, y negro, un renegrido tejido, un luto sufrido por tantas vidas eclipsadas.

La Segunda república española. Un acontecimiento que cambiaría el curso de la historia de nuestro país. Después le sucederían otros avatares, hasta llegar a la situación más trágica que puede llegar un pueblo. Mis abuelos, mis padres, son hijos de estos episodios nacionales. Se darían las coyunturas para que vivieran vestidos de miedos y temores, comiendo esperanzas y sueños. Se moldearían sus vidas para no olvidar, como esas tinajas rayadas de barro, y recogerían unos frutos de la tierra con manos mojadas, ora en sudor, ora en lamentos.

Hay quien vivió un cambio de siglo y esa república, esa guerra civil y una política metamorfoseada; y otros, mis padres, coexistirían con la sorpresa descomedida y la inercia copada de décadas de transición, democracia, incertidumbre y mensajería whatsapp. Calados hasta los huesos de un sentimiento de estar fuera de juego; sentirse en la casilla 64 del juego de la oca. Su desafío fue valioso, las miradas de humildad y honradez delatan estos hechos. Sus fotos son un firme abrazo y el tesón del náufrago que afronta la vida. Mis queridas Buenas Personas, esos tiempos que os tocó vivir.

Un 14 de abril, un 14 con crisis, como ha sido el nuestro. Con ideales y pasiones, tal vez… no como hoy. Y yo me pregunto ¿Qué mueve a un pueblo? ¿Qué le agita para que se acueste monárquico y se levante republicano? república, monarquía son palabras que se me escapan… yo nací en una transición calmada.

En 1931 se proclama una república, en 1939 termina una guerra civil. Muchos emigran, muchos se exilian, muchos mueren… En solo una década. Visto desde esta perspectiva parece corto el tiempo… Les he escuchado hablar de miedos; les he visto guardar y almacenar alimentos; les he observado como ahorraban hasta la última peseta. Yo, esa niña, persuadida por la inocencia, agregada a una escena, figurante de un recuerdo: Esas noches de tormenta a la luz de un quinque de petróleo. Mi padre escribía el jornal diario, con esa lentitud temblorosa, susurrándole a las letras para que cayeran sobre su libreta de labriego. Mi madre, abstraída en sus esquelas de cocina o macerando su memoria empeñada en recordar esas muestras de crochet con puntos calados que había visto en un escaparate o en la blusa de una amiga.

Siempre me asombraba esa fina memoria visual que tenía ella, podía tejer esos detalles de lazadas y arcos de cadenas en “papel de una raya”. Palabras que solo ella llegaba a comprender con su natural lenguaje. Los dos tenían una caligrafía ingenua, propia de los años 40, impasible a cualquier error ortográfico. Lecturas, pocas, ninguna, no había tiempo de descanso entre sol y sol. Solo a ratos paseaban la mirada por párrafos de libros, los más inverosímiles que otros desechaban, o por revistas con la sonrisa de entonces, escogidas por burgueses de entonces. Revistas que tenían anuncios borrosos con escasos colores y algunas letras caídas por la humedad. Yo siempre curioseaba en esas cajas de cartón ajadas. Se podía encontrar mezclados con esos semanarios algún cuaderno grapado de papel sepia con noticias bélicas de mediados de los treinta, recortes escogidos por el señorico pegados uno junto a otro. Palabras sin dibujos que yo no llegaba a comprender: La marcha hacia el Este del Gran Reich alemán, Discurso de Chamberlain, Declaración contra Alemania del Gobierno Norteamericano, Francia en pie de guerra, La cruzada inglesa contra Hitler.., cerraba decepcionada los recortes y ojeaba los dibujos de esos capítulos encuadernados en tela de flores multicolores que me atraían mucho más.

La sociedad española, ese mundo que mis abuelos conocieron, entonces era mitad campesina y analfabeta y no había experimentado aún la revolución industrial. Siglos de atraso. Solo supervivencia y subsistir. Por entonces les llega la república, se comenzaría a hablar de derechos y libertades. Me pregunto si mis abuelos votarían entonces en ese primer sufragio del 23 de abril del 1933, celebraban elecciones municipales y por primera vez en la historia de España las mujeres podían votar. Estoy segura que nunca sabrían que entonces ya se reconocía el matrimonio civil y el divorcio. Ellos vivían aislados en el campo, ajenos a estos cambios. Se hablaba de reformas laborales, convenios colectivos y sindicatos. Sé que aprendieron a leer y escribir, pero se perdieron los escenarios del teatro de Lope de Vega y de Calderón de la Barca, y muy alejada de ellos, rodaría la barraca de García Lorca.

A mis padres les llegó de lleno la otra cara de los tiempos: la guerra civil, la era de la depresión económica: los enfrentamientos ideológicos, el miedo del profundo analfabetismo, el desempleo creciente, la hostilidad callejera, las revueltas anarquistas, asesinatos de uno y otro bando, golpes militares de estado y huelgas revolucionarias. Un cataclismo donde el resto del mundo quedaba al margen. Se aislaba la España de la juventud de mis padres. Toros, cine y NO-DO. Los grupos inversores extranjeros no les interesaba entonces meterse en esta trifulca ideológica que acontecía, sobre todo por miedo a perder sus negocios en España. Telefónica era norteamericana, los ferrocarriles, franceses, y los tranvías y las eléctricas, de capital belga y británico.

Ahora escribo mis episodios, los actuales, los que están yuxtapuestos a estos de mis antepasados, desde la cercanía, desde la barrera del tiempo que me acontece. Escéptica de la era en la que vivo: europeísmo, globalización, mundo cibernético, lámparas con esos diodos ledes, covid y el poder más allá del poder: recelos, intransigencias y divisiones que siguen rompiendo las costuras.

“Esta ha sido la historia de mis antepasados, una empatía retórica, un arrebato nostálgico con sombras proyectadas y esa lucha de clases. Es una tentativa trascendental de comprender lo que acontece a mis espaldas”.




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19.4.21

OBSESIÓN



Camille no atendía a razones. Solía ser bastante terca. Si se le metía algo en la cabeza, no paraba hasta conseguirlo. Una vez me dijo que era por lógica. Que cedería si tuviese una clara razón.

Camille era una maniática. Llevaba siempre una libreta y apuntaba los pros y contras de cualquier situación que se le atravesara. Su fuerte carácter contrastaba bastante con su débil estado de salud. Quizás ahí radicase sus fuertes dolores de cabeza y que, para librarse de ellos gruñía para adentro y discutía con todo.

Pero no fue su cabezonería lo que me atrajo de ella. Cuando la conocí en Perpiñán, tenía un punto de extravagancia en su forma de vestir. Y, sobre todo, en su peinado. Y no era esa la moda de entonces. Es que ella era bastante rompedora. Única en todo. También me fijé en su extrema delgadez. Siendo una criatura alta apenas pesaba sesenta kilos.

Su extravagancia tocaba límites. No solo para llamar la atención, ésta formaba parte de sus obsesiones. Se teñía de azul su largo y rubio cabello. Para las peluqueras debía de ser un calvario hacer esas cuadrículas azules en su pelo. Aquí ya no era su lógica la que imperaba, según ella, esto solo era cuestión de orden. Y me lo decía mostrándome con una mano, su pelo, y en la otra, el spray, para que yo le mantuviese ese azul brillante que tanto le gustaba. Tanto me insistió con el dichoso orden, que terminé pintando no solo los retoques de su pelo, sino las paredes de su casa, estanterías y mesas. Poco a poco, incluso yo llegué a sugestionarme con ese aborrecible color azul cobalto dándole brochazos aquí y allá a las ventanas y puertas.

Camille vivía obsesionada con cosas inclasificables: la cuadratura azul en su pelo, los tatuajes de flor de cerezo en su espalda y un perro bulldog francés que no ladraba, un perro que solo emitía gruñidos. Por algo dicen que los perros se parecen a los amos.

Una noche, mientras dormíamos, me desperté sobresaltado. Me encontré a Camille temblando, sentada en la cama. Al parecer le habían vuelto las pesadillas. Yo andaba convencido que serían estos sueños la causa de la psicopatía que sufría Camille. Llevaba tiempo que no se despertaba de esa forma, sudando y tan exaltada. La tranquilicé. Me dijo que se veía encerrada, que estaba atrapada en una caja azul. Y mientras me lo decía se ahogaba en llantos. Después terminaba atrincherada durante horas en un cuarto que estaba en el sótano de la casa. Me hizo sentir culpable por pintar casi toda la casa de azul con esa dichosa manía suya de la cuadratura y el orden. Algo que yo nunca llegué a entender. Y con el tiempo menos aún. Tampoco me interesé mucho más. Eran sus manías. Todos las tenemos. Llegamos a obsesionarnos con ellas y a convertirlas en objetivos de nuestra vida. Y de qué forma.

Me dolió dejarla. Y mucho antes de lo que había pensado. Andaba harto de tanta locura. Fue cuando me regaló aquel traje, una especie de mono azul. Insistía mucho en que me lo pusiera. Me negué. Entró en cólera y forcejeé con ella. Le grité que estaba loca y luego la empujé tirándola al suelo con la mala suerte que se golpeó la cabeza. Aún recuerdo su cara de odio y sus gritos en aquel aparcamiento a la salida de Canchés.

Abracé el destino entonces cuando la policía francesa me comunicó que era presunto culpable por un asesinato. Un asesinato que no había cometido. No. No maté a Camille entonces. Pero lo pensé, estaba harto de ella. De lo que si estaba seguro es que de seguir viva sería ella la que me inculpara. Hiciera lo que hiciera siempre me echaba la culpa de todo. Hui. Me adentré en bosques cercanos a la frontera con España, en la reserva nacional de la Forêt de Massane. Pasé las noches en refugios de montaña. Estaba seguro que nadie lograría encontrarme. No sabía lo que había hecho y que asesinato había cometido.

Al final me decidí por una cabaña. Y quedarme en el bosque más tiempo. Estaba a unas tres horas del pueblo más cercano. Allí fue donde me dijeron que aquella cabaña llevaba tiempo abandonada. Era muy agradable a pesar de sus desperfectos. Necesitaría bastantes arreglos. Desde la ventana se podía ver el macizo de Albéres, con su pico transfronterizo Neulós. Me hacía sentir que al otro lado estaban mis orígenes, los que dejé hace veinte años.

Cuando ya tenía la confianza de que ya se habían olvidado de mí. Ella consiguió dar conmigo. Me había localizado. Lo supe cuando al volver del bosque vi la puerta abierta y su perro no estaba y tampoco el todoterreno. Entré en la cabaña. No había nadie. Todo estaba tal como lo dejé. Era extraño. Y esa misma noche sentí un pinchazo en el brazo. Luego me desperté en una habitación oscura. Con una pequeña trampilla en uno de los laterales, en su parte más alta. Apenas dejaba entrar la luz iluminando solo parte del suelo. Tenía un techo abovedado. Había dos cisternas y una cavidad rectangular allí donde el rayo de luz iluminaba el suelo pedregoso y unos escalones que bajaban a una especie de bañera. Tal vez fuera un baño ritual abandonado. Es lo que pensé entonces. Había leído que los judíos solían tener algo parecido en los sótanos de sus casas o bajo las sinagogas. Las paredes eran oscuras, como amoratadas, pero con la luz del sol descubrí que no era morado sino azul. Y no cualquier tono de azul. Era azul cobalto. Solo ella podría haber pintado así esas paredes.

Escuché una voz de mujer en aquel silencio. No era muy clara, algo como ¿Tienes miedo a que te hagan algo? Y se callaba. Volvía. Ahora sabes lo que es no tener libertad. Era como un susurro. Y volvía. Sueña. Sueña y carga con ello. No entendía lo que quería decirme. Podrían ser sus dichosas y aberrantes psicopatías. Si quería asustarme lo estaba consiguiendo. Yo, me mantenía despierto por lo que pasara, allí tendido en aquel frío hueco del baño ritual. No había otro lugar para acomodar el cuerpo. Pareciera una vejación que donde se habían purificado mujeres sefarditas y bautizado a los convertidos al judaísmo en el siglo XII o XIV estuviera yo ahora allí, rebullido, un ateo. Y con esta ocurrencia que me fraguó la mente entonces pensé que tal vez estuviese en España. En algún lugar abandonado. Todo era siniestro.

En el fondo de aquel sótano se podía vislumbrar algo parecido a cuadrados pintados en el suelo, eran cinco. Conforme pasaban los días los veía elevarse del suelo cada vez un poco más. Tenía que ser una enajenación mía a causa de la falta de luz de aquel sótano ¿Quién estaba detrás de aquella locura? ¿Y qué quería de mí? Yo no dejaba de pensar en Camille. Era una idea fija. Presentía que era la única que tenía razones para encerrarme. Recordé sus pros y contras.

Dejarla abandonada en aquel aparcamiento, desmayada, con la cabeza desangrándose en el suelo. Ella me quería. Y yo no la socorrí. Tal vez esperara que la llevara a un hospital. Tal vez me auto convencí que moriría allí. Fue un accidente. Un accidente que ella no me iba a perdonar. Me sugestioné con aquella imagen. En momentos entraba en trance de locura. Y sufría de visiones. Tal vez la comida que me pasaba diariamente o el agua estaban narcotizados. No soportaba cada noche ver como aquellos pilares ficticios se alzaban, uno tras otro. Iban subiendo con sigilo, un sigilo que arañaba el eco de aquel foso, alcanzando una altura indistinta y cóncava. Era desesperante ver cómo cada noche se erguían milímetro a milímetro como dientes de un ente fantasmal.

Tal vez pasara veinte o treinta días en aquella oscuridad. Hasta que un día entró un fogonazo de luz. Medio ciego me arrastré hacia aquella puerta roja que se mantenía abierta, iluminándolo todo. El resplandor blanco quemaba el fondo de mi retina. Mi cabeza remolcó por el suelo el resto de mi cuerpo, un cuerpo vencido como una dócil iguana. Mis manos arañaban el avance hacia la entrada, negándose a seguir. Se me planteó entonces una cuestión hiriente a riesgo de perder la vida en aquella prisión: Salir o Quedarme.

Conseguí salir. Mis uñas estaban ensangrentadas, al igual que mis rodillas. Quedé medio ciego. Alguien me sacó y me llevó a un vehículo. Lo escuché arrancar, parecía una camioneta. Me abandonó en un pueblo. Estaba al otro lado de los Pirineos. No me había equivocado. Me encontraba en suelo español, en Huesca. Nadie me dio referencias de quien, o quienes me habían dejado allí.

De allí volví a Barcelona, a mi tierra. Olvidé Francia y todo lo ocurrido.

Apenas pasaron unos días de aquel encierro y cuando ya creí que mi vida se había vuelto por su cara amable, ocurrió algo que me estremeció. Paseaba por un bulevar del Paseo de Gracia y en uno de los escaparates vi el reflejo de Camille. Giré sobre mí y no había nadie. Cuando volví la vista al escaparate, allí estaba mi reflejo. Allí estaba Camille.



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12.4.21

LA CASADA INFIEL

 


Para encontrar la paz en el cielo debes encontrar mucho amor en la tierra.

Así que me propuse buscar una aventura. Solo pasión y emoción. Tenía que decidir qué hacer con algunas de las tristezas y alegrías de mi día a día. Y no es que yo tenga una existencia solitaria, estoy casada desde hace ya quince años, pero hay momentos en la vida en la que se despierta algo dentro de ti. Sientes que algo falta o ese algo lo quieres diferente.

¿Quién no ha tenido una relación extramatrimonial? Yo, Candela. Cuando la mayoría de la gente que conozco, hombres y mujeres, los han tenido, pero claro, no lo cuentan. Te vas enterando en petit comité. Y no me refiero a tener un flirteo con otra persona por chat. Tampoco un encuentro con tono sexual a través de una webcam o ver pornografía. Sino a un encuentro con alguien de carne y hueso. Hay quien pensara que es romper la confianza de la pareja, pero también cabe la otra posibilidad: afianzarla con un encuentro fuera de ella. Incluso llegué a pensar que podría mejorar nuestra relación sexual. Al fin y al cabo, todos buscamos la felicidad, aunque no tenga muy claro de que se trata.

Yo andaba teniendo sueños eróticos, y no era precisamente con Lanzarote, el del rey Arturo. Y estos sueños eran cada vez más frecuentes. Así que pensé “Candela antes de que una noche de éstas un bello y sensual íncubo con un cuerpo de infarto te seduzca y despierte tus demonios, búscate una cita real”.

Así que, estaba dispuesta a amenazar mi moral. A sabiendas de que había algo en mi cabeza que decía “no”, “no es correcto, Candela”. La verdad, esos prejuicios me hacían sentir muy incómoda. Pero no me dejé engañar el sexo es un impulso natural. Y no puedes pasarte toda la vida fijándote en una sola persona.

Si no que se lo digan a las malmaridadas e inconformistas Madame Bovary o Anna Karénina o Ana Ozores, la Regenta, o Lady Chatterley. Todas estas mujeres de la literatura conocían bien el triángulo amoroso. Pero claro, con un final trágico. Castigadas con la muerte. Pagan así con el “delito” cometido. Dolor y culpa. Una, que enferma, otra que se envenena y hay quien se arroja del tren en marcha o muere a manos del marido. Aquí no hay perdón de cuernos que valga. Y curiosamente, la pena de muerte por adulterio recaía entonces, y ahora, sobre la mujer. Unos trágicos finales acordes con la crítica moral y el tabú de sexo y religión. La única que se salvaría de todo esto sería María.

A veces pienso que nos han programado de una forma contradictoria y con una evidente cortedad de miras. Por un lado, quieres una pareja estable para formar una familia, y por otro, quieres satisfacer todos tus deseos sexuales. Y esto creo que incluye a más de una y de dos. No se trata de, desmenuzar sueños en cama ajena. Mi esposo seguiría siendo no perfecto. Yo, Candela, seguiría siendo no perfecta. Y mi relación seguiría siendo, segura. Es solo que, yo pasaba rachas de mal humor llegando a pensar que era por un machismo por parte de él, o quizás, un deseo sexual mío no resuelto, o peor aún, miedo a morirme. Vaya a saber qué razón había. Lo que si descartaba del todo es el sentimiento de culpa de esposa perfecta, madre perfecta.

Y no nos pongamos las manos en la cabeza que no arde Troya. Nunca sabes hasta donde puedes llegar hasta que no lo intentas. Así que me propuse buscar una plataforma on line para una cita. Una web de citas de esas para gente casada que busca tener una aventura. Una aventura discreta.

De los cuatro portales de encuentros que descubrí para casados, y que deseaban cometer infidelidades, hubo uno que me dio más confianza. Ahora tenía que elegir cuál sería el Nick de usuaria para mi presentación en la plataforma. Escribí toda una lista de apodos. Dudé si ponerme Helena, Ginebra, Isolda, Afrodita, Desdémona o Francesca de Rimini. Todas mujeres infieles. Me decidí por la primera, la primera mujer infiel universal, antes que ponerme un nombre afrodisiaco y lujurioso. Helena, esposa del rey Melenao y que se encaprichó del bellezón troyano Paris.

Y después de hacer un centenar de borradores, escribí una breve presentación y la colgué en el perfil:

Helena de Esparta. Solo sexo. Soy una pestaña rebelde harta de estar en su sitio. Si hay alguien ahí, que sople. Me gustan las fresas.

Era original. Este paso hay que darlo con mucha energía. Roja y astringente. Como una fresa. Hay que estar preparada para el aluvión de gente que te va a entrar. Con algunos hombres, frunces el ceño y tuerces la boca, con otros, alzas las cejas y abres los ojos, y a otros solo le sonríes o te ríes. Nunca vas a imaginar todos los que pueden llegar a elegirte. Muchos de ellos son ficticios, son de la plataforma. Vamos, que no existen. Pero hay un grupo que sí. Y ahí, es donde está quién puede acaparar tu atención. Es emocionante la búsqueda. Excitante. Siempre que no te altere mucho el sueño con los chats clandestinos. Hasta que un día aparece él:

Aramis. Busco la mujer ideal para verla mientras posa a medio vestir. Soy muy boudoir (buduar).

Aunque era una presentación muy breve, me llamó mucho la atención. Un mosquetero con vocación religiosa, casado, y adultero. Mejor sería verlo por su lado sensual: le gustaba observar a mujeres donde la sensualidad y la belleza son los principales protagonistas y no su sexualidad. Quedé intrigada. Así que lo elegí a él. Aramis.

Esta cita a ciegas me sirvió para romper la armonía de mi armario. Yo diría que de una manera ofensiva. Saqué todo lo que tenía en él. Incluso ropa que ya no me ponía. Y allí, estaba ese vestido que podría encajar con la cita. Un vestido negro. Tuve una buena vivencia una vez con él. Era como mi segunda piel cuando lo estrené. Aun así, cuando me lo puse después de tanto tiempo, umm, preferí comprarme uno. Mejor algo nuevo para una cita.

No me quitaba de la cabeza esa afición suya. La de Aramis. La foto boudoir. Fotos de mujer para la mujer. Me imaginaba esas fotos que nunca me he hecho, para las que no tienes que tener un cuerpo de revista. Solo enfatizar en la delicadeza y la sensualidad. Había que insinuar más que enseñar. Mostrar lo bien que te sientes contigo misma y lo feliz que eres así. Sentirte bella. Y fue entonces cuando me impacienté. No veía la hora de conocer a Aramis pero, por otro lado, no sabía lo que podía pasar.

Así que, me perfilé el tiro de labios hasta la sien. Y, por supuesto, siempre la raya, la raya del ojo no puede faltar. Estaba tan tensa que me dolía el músculo psoas. Pero no hay como hacerle temblar al perineo para que se te quiten todos los dolores.

Y por fin, llegó el día. Mientras iba a su encuentro, recordaba todas las veces que durante un beso me ha subido la sangre de golpe a la cabeza ¿Cómo sería ser besada por alguien que no conocía? ¿Sería tierno? ¿Sería amable?

Era un día largo de verano. De estos calurosos. Y él, con sus cuarenta y largos años, vaqueros y camisa gris. Se sentía guapo sin serlo, pero eso es lo que le hacía ser atractivo. Yo no podía esconder que estaba nerviosa. Y, además, no me atrevía a decir palabra. Solo sonreír. Es un momento denso y embarazoso. Me sentía atrapada en una cámara que solo existía en mi cabeza. Cuando me preguntó si era Helena. Dudé. Casi lo niego y le digo mi verdadero nombre. No sabía dónde mirar o cómo colocarme. Yo no sabía posar. Me dije “Candela, tranquila, sin tapujos, sé tú misma”. El caso es que lo miré a los ojos y me transmitió bastante seguridad y confianza. Ya me había cautivado por internet. Y no defraudaba en persona. En segundos, me hizo sentir bien. Me miró muy discreto el cuerpo, envuelto en ese vestido nuevo, claro y sencillo, con su escote en volante. Cuando nos sentamos, él me pregunto cómo estaba y yo le hablé del calor, de la diferencia de temperatura y el paseo que antes me había dado para intentar relajarme. Cosas así. Cuando no quieres hablar de ti el tiempo es una buena justificación.

Estábamos con la bebida a medias y me di cuenta de que hablábamos muy bajo casi ni nos escuchábamos. Y es que yo intentaba no llamar la atención de nadie. Tal vez hablar así con un hombre desconocido me hacía sentir ser más indiferente a la gente que nos rodeaba. De todas formas, a ninguno nos interesaba contar más de la cuenta.

De repente, ya no hablamos más. Nos levantamos. Pagamos cada uno lo nuestro. Era lo acordado. Y nos fuimos de allí. Ya habíamos reservado la habitación en un hotel. Estaba alejado de todo. Aun así, antes de entrar miré a todos lados. Sabía que me adentraba en algo que estaba mal. Dichoso código de valores morales. Me orbitaba la cabeza. Y en esas estaba yo, cuando, lo miré. Creo que me leyó el pensamiento. Aquello se iba convirtiendo en un desastre conforme avanzaba el tiempo. Estaba muy lejos de ser un lujo de pecado. Por un momento perdí la confianza en la cita. Volví a casa rápido, pensando que mi marido iba a intuir que había estado con otro hombre, pero él era el mismo de siempre.

Quise abandonar aquella aventura que había iniciado, pero algo en mi interior me decía que debía volver a intentarlo. Aramis resultó ser una persona amable y tierna a la vez. Me gustó que no decidiera dilatar esa primera cita. Luego pensé, que había aumentado mi deseo de estar con él. Yo, Candela, tenía que ceder a la evidencia.

Concertamos una nueva cita. Me inventé una excusa creíble para mi marido. Me di un baño estimulante con miel de abeja. y me encontré con Aramis. En el silencio de una habitación crece la intimidad. Cuando entramos a ella yo pasé delante y él se quedó junto a la puerta encendiendo la luz. Le pedí que fuera con poca iluminación. Corrimos las cortinas. Solo quedó encendida una lamparilla de una de las mesitas. En mi cabeza seguían las imágenes fotográficas. Y en aquella habitación me imaginé que iba a posar para él.

Me quité la ropa y saqué unas fresas que llevaba en mi bolso. Me coloqué en la cama. El bralette de encaje floral blanco era ideal para la oscuridad, realzaba mi figura. Recostada seguía todos los movimientos de Aramis mientras se desnudaba. Me acarició la cara mientras se desvestía. Era una mano cálida y deseé sentirla a lo largo de toda mi piel. Un fugaz roce de su labio superior sobre el mío y sonreí. Sin dejar de mirarnos le di a morder una fresa. Su astringente sabor aumenta el placer en la boca. Nos besamos y lo acerqué a mí. Le cogí su mano entre las mías. Estaba ardiendo. Me miró. Luego la solté y le dejé hacer. Eran movimientos contenidos al principio y luego fue el total abandono al goce. Acarició mis, senos, el vientre, las caderas, mi sexo, con una dulzura exasperada. Cada vez más deprisa fuimos acorralando los cuerpos. Y comencé a notar correr la vida por mis venas cuando me bebió el sexo. Me rendí a un aluvión de pulsaciones que me estremecieron, me fui a una nueva dimensión. Fue una sensación de miedo, dolor, libertad y alegría.

Alrededor de nuestros, sexos, estaba la oscuridad de la habitación. Alrededor de la habitación, quedó el silencio de los pasillos. Y no éramos ni novios ni esposos. Solo vivíamos la utopía que otros sueñan.

“¿Te arrepientes?” me preguntó Aramis. Le dije que no, mirando sus ojos pardos y sus dilatadas pupilas que denotaban todavía placer. “Los dos ganamos momentos de la vida,” le dije.

Cuando me despedí, él me cogió la mano y su pulgar giró en la palma de la mía en un silencio corto como si las palabras quisieran otra vez penetrar por mi piel en un nuevo encuentro. Aquel affaire no iba a ser amor. Solo se podía convertir en una adicción. Una perversión culpable.

Ahora me planteo, si repetiré.


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5.4.21

EL RETO

 



Quedaban siempre los tres primeros días de cada mes.

Es cuestión de numerología. Los primeros números afianzan las uniones”, decía ella.

Él no insistiría más y mucho menos con Jana. De la que solo le interesaba su encuentro del mes. Conversaciones en superficie y sexo sádico. Esas escapadas eran la manera de huir de su monotonía diaria y de los vínculos familiares. Alejarse tres días de todo. Ilocalizables en aquella guarida que tenía Jana en el monte. Una vieja casa de piedra tapada por una viña roja con todas sus vigas corroídas, excepto una habitación. Un lecho con rastros de tierra y hojas como la cueva habitada de un cazador.

El viaje les duraba tres horas de coche con una inmersión obligada en el bosque de Montleó. Apenas cruzaban palabra alguna. Tomás se recostaba en el asiento y se adormilaba con el traqueteo del todoterreno. A mitad de la ruta se desviaban por un camino forestal, el Paso del Torrente. Unos veinte kilómetros de polvareda de caliza en dirección a la polar. Jana conoce bien los entresijos del firmamento cuando viaja de noche. Con la luneta trasera tapada por completo, el coche paraba y se quedaba en la dilatación de una curva. Se adentraban en el bosque de robles y pinos por un estrecho sendero donde los matorrales estremecen la vista. Seguían por él unos quince minutos hasta llegar a una mina donde se descolgaban las mochilas y llenaban un par de botellas para beber. Un hilo de agua que permanecía lo suficiente para mantener la vida en aquel lugar.

 Allí mismo, bajo un viejo castaño, comenzaban con sus juegos sexuales. Torpes escaramuzas entre risas alrededor del tronco. Luego al suelo. Rodaban en primitivos forcejeos propinándose salvajes arañazos entre jadeos y arranques de pelos. Se arrastraban mordiéndose hasta alcanzar la soga que escondían en un agujero tapada bajo una piedra. El primero que cogía la cuerda, Tomás le dejaría a ella, la lanzaba a una de las ramas del árbol. Con una mano agarraba la cabeza y con la otra, la cuerda. Una cuerda con el nudo dogal de verdugo que quedaba a nivel del cuello y el otro extremo se amarraría fuerte al tronco. Él sentía asfixia y orgasmo por igual. Cuando terminaban el ansiado y brutal ritual, extenuados, volvían por el sendero hasta el desvío de la cabaña. Jana, al llegar, siempre dibujaba algo en ella. Números. Y en cada ocasión, diferentes. Rarezas que no despertaban interés alguno a nadie. 

Fueron siete encuentros. Veintiún días exactos. Para Jana, el número perfecto para conseguir el poder. El final. Ganar. Dueña de la situación. Ese último día, ella le abrió el cráneo a Tomás mientras dormía. La sangre derramándose por el suelo entre los restos de cortezas y hojas. Arrastró el cuerpo hasta la entrada y desde allí, lo dejó caer en una carreta. El cuerpo lo medio enterró. Para Jana aquel amante era solo restos orgánicos que se pudrirían.

Las hojas de este último encuentro siguen incrustadas con restos de sangre seca en las suelas de caucho de las botas de Jana. Hoy mismo las he visto. Ahí, fijas como esa palabra de la pulsera que le regalé esta semana por su cumpleaños. Inocentemente mandé a que le grabaran: “Pez”. Y mientras, a Tomás se le deshace el cuerpo. Sus delgadas manos con ese musgo arrancado del suelo de aquel día y la cicatriz en el cuello de los siete encuentros.

Con el paso del tiempo ese hilo de agua de la mina se ha secado. Todos los animales de ese paraje se han ido muriendo. Los árboles de alrededor se desprenden de sus cortezas mostrando signos de muerte. Una decrepitud que los deja como espinas dorsales de fantasmas que poco a poco van conquistando todo el bosque. La guardia forestal se ha abierto paso en él. Ante la desolación que ha encontrado a su paso, se corre la voz del miedo buscando el origen de esta fatídica enfermedad que afecta a más de una hectárea de bosque. La gente del lugar está prisionera del pánico frente a eso terrorífico que cuentan y que ha puesto en alarma a toda la región. En la oscuridad de la noche unas bestias deambulan transfiguradas en hombres.

Jana con solo 17 años y una acidez en su sangre que la ha llevado al menosprecio de cualquier vida ajena. Al parecer Tomás no es el único que asesinó. Llevaba meses enganchada al juego de la muerte: “El pez fuera del agua”. Comenzó con ingenuas pruebas. Ver sin parar películas de terror y asesinatos. Hacer diferentes nudos y probarlos. Autolesionarse. Controlar el tiempo que podía aguantar sin respirar bajo agua. Todas ellas eran retos que Jana debía superar y con la conciencia de que las exigencias del administrador de la red aumentaban y con ellas, su morbo. Y cada vez más siniestras y atroces. Yo la dejaba. Me amenazaba con marcharse de casa. No pensaba que llegaría a tanto.

"El guardián" le llama el grupo. No lo conozco, pero es el mismo Satán. Creo que ha dejado un rastro de cadáveres en ese bosque apocalíptico. Ahora todos buscan los cuerpos. Llevan meses rastreando. Interrogándonos. Pero solo han encontrado el cadáver de Tomás. Las evidencias indican que este líder satánico está escondido en el bosque junto a una gran parte de sus fieles.