17.2.19

NOCTURNIDAD Y ALEVOSÍA











        
—¿Y tú estás segura que es por aquí?

Intentábamos entrar allí todas agolpadas las unas contra las otras; me sentía como si formara parte de una masa de fideos a punto de reventar. Yo debería haber sido la guía del grupo y me desesperé; preferí entonces darme la vuelta y entrar por el sitio de costumbre. Ya en el interior fue entonces cuando lo vi. Aquel barrigón estaba con sus posaderas perfectamente encajadas en la apertura del trono y por un momento intuí que empezaba a alertarse.

—¡Dichosa raja! —el barrigón miró al techo sin mover cabeza, y luego los iris como pelotas de tenis pasaron de un lado hacia otro.

 Su piso era uno más de aquella pequeña Venecia que tanto nos gustaba: bloques de tres y cuatro plantas que flotaba en ese suelo acanalado y emponzoñado y del que tras una imperiosa invasión intraterrestre nos hicieron salir en estampida. No habían pasado ni tres meses desde que comenzaran con las obras de mejora del alcantarillado; una desgracia, porque este viejo barrio donde vivíamos había hecho uso exclusivo de esas acequias de riego y de los pocos pozos ciegos que quedaban en la localidad; una verdadera reliquia que esos gigantes no valoraban más allá de considerarlas meras tragaderas.

 —¡Schszsz eh, ustedes, las de dentro, están haciendo demasiado ruido, se va a dar cuenta! Aquí hay un elefante barrigón, ¿acaso no ven la luz?

 —¿Y tú? ¿Por dónde has entrado? ¿No ibas la última? —preguntaron en coro todas.

«Zchzzs, riss» Jacinto volvió a escuchar de nuevo; esta vez estaba seguro que no era el techo, pero sí podrían ser alguno de los azulejos de la ducha. Se encontraba en una situación inconmovible, inmutable en movimientos, inmerso en esa coyuntura entre lo que se piensa, se cree y no se puede hacer por la limitación de movimientos para cambiar de postura. A hombro con la ducha le separaban pocos centímetros de la mampara, ese plástico de poliestireno de grabado tipo gota chorreante que le impedía la visión más allá de su costado derecho, y a riesgo de que el sonido pudiera salir de allí, abrió la apertura plegable y se inclinó lo suficiente para otear el horizonte de aquella metrohabitación: arriba, abajo, abajo, arriba, hasta quedarse en las oscuras salidas del desagüe del sumidero...

«Zchzzs, zchzzs, risss, riss» Los seis sentidos se le despertaron a la vez, se conectó en milésimas de segundo con este mundo y con el inframundo, y el común de todos ellos comenzó a jerarquizar y valorar: abrió los ojos de forma telescópica a la par que la entrepierna. Solo alcanzó a imaginar que no iba a salir nada de ese oscuro abismo, pero ante la duda lanzó su cuerpo hacia delante saliéndose del punto de apoyo para mirar con desconfianza en los bajos fondos del trono.

—¡No atropelléis, me estáis aplastando! —gritaba la primera a riesgo de morir asfixiada —es mejor cambiar de vía, ¡a la derecha!  ¡algunas hacia esa otra apertura! Ya me encargaré yo de la que está fuera.

«Zchzzs zchzzs, zchzzs, risss, risss» El sonido se intensificaba y era más frecuente cada vez. Con los ojos abiertos y las cejas más allá de la línea de expresión se lanzó a coger el cubo de la fregona con la mala pata que al ser rehén de sus calzoncillos tropezó y cayó sobre la puerta PLOM.

—¡Me cago en…! —gritó hinchado de rabia ante tal abuso de la intimidad ajena—.

Se compuso de un salto y llenó el cubo colocándolo sobre el sumidero de la ducha. Con la misma inercia tapó lavabo, cerró trono, cerró ventana y vació cisterna. Ya no había apertura que sedujera a extraño.

No había hecho nada más que atravesar el dintel de la puerta del baño cuando el sonido volvió de nuevo. Su oído derecho se fue llevando todo el cuerpo cual faro y el giro fue inmediato. Su musculatura se le empezaba a arquear con solo pensar que ese “rasqueo” estaba dentro de su casa. Algo corría por la pared.

–¡Quedaros quietas! Se ha dado cuenta que estáis ahí —gritaba la que estaba fuera.

—¡No le hagáis caso es una desertora! ¡Venga todas a una! —animaba la que iba en cabeza.

El barrigón se había quedado petrificado, ya no escuchaba nada, pero en cuando se movía el ruido seguía. Tuvo que ir paso a paso. Se acercó al grifo de la ducha, allí era donde se escuchaba más fuerte, y de repente, unas largas antenas filiformes empezaron a salir por el mínimo espacio existente entre la rosca del grifo y el azulejo; las antenas arrastraron el resto del cuerpo: cabeza, élitros y abdomen cayendo al plato de ducha; empezaron a caer una, y otra, y otra... El barrigón dio un salto descomunal al verse invadido ¡AH! ¡AH, AH! Un escalofrío le corrió por todo el cuerpo. El tropel de curianas aparecía por todos lados: por la ducha y por encima del lavabo, justo debajo del aplique de la lamparilla. En cuestión de segundos Jacinto se armó hasta los dientes y empezó a propinar zapatillazos, toallazos, les tiró botes y todo lo que tuvo a su alcance. Un amasijo de gel, champú, antenas y patas disperso por todo el plató de la batalla.
Al día siguiente, ya más tranquilo, encontraría algo ideal para mantenerlas a raya, mientras que alguien hacía mutis por el foro bajo la puerta «Zchzzs zchzzs».