12.4.21

LA CASADA INFIEL

 


Para encontrar la paz en el cielo debes encontrar mucho amor en la tierra.

Así que me propuse buscar una aventura. Solo pasión y emoción. Tenía que decidir qué hacer con algunas de las tristezas y alegrías de mi día a día. Y no es que yo tenga una existencia solitaria, estoy casada desde hace ya quince años, pero hay momentos en la vida en la que se despierta algo dentro de ti. Sientes que algo falta o ese algo lo quieres diferente.

¿Quién no ha tenido una relación extramatrimonial? Yo, Candela. Cuando la mayoría de la gente que conozco, hombres y mujeres, los han tenido, pero claro, no lo cuentan. Te vas enterando en petit comité. Y no me refiero a tener un flirteo con otra persona por chat. Tampoco un encuentro con tono sexual a través de una webcam o ver pornografía. Sino a un encuentro con alguien de carne y hueso. Hay quien pensara que es romper la confianza de la pareja, pero también cabe la otra posibilidad: afianzarla con un encuentro fuera de ella. Incluso llegué a pensar que podría mejorar nuestra relación sexual. Al fin y al cabo, todos buscamos la felicidad, aunque no tenga muy claro de que se trata.

Yo andaba teniendo sueños eróticos, y no era precisamente con Lanzarote, el del rey Arturo. Y estos sueños eran cada vez más frecuentes. Así que pensé “Candela antes de que una noche de éstas un bello y sensual íncubo con un cuerpo de infarto te seduzca y despierte tus demonios, búscate una cita real”.

Así que, estaba dispuesta a amenazar mi moral. A sabiendas de que había algo en mi cabeza que decía “no”, “no es correcto, Candela”. La verdad, esos prejuicios me hacían sentir muy incómoda. Pero no me dejé engañar el sexo es un impulso natural. Y no puedes pasarte toda la vida fijándote en una sola persona.

Si no que se lo digan a las malmaridadas e inconformistas Madame Bovary o Anna Karénina o Ana Ozores, la Regenta, o Lady Chatterley. Todas estas mujeres de la literatura conocían bien el triángulo amoroso. Pero claro, con un final trágico. Castigadas con la muerte. Pagan así con el “delito” cometido. Dolor y culpa. Una, que enferma, otra que se envenena y hay quien se arroja del tren en marcha o muere a manos del marido. Aquí no hay perdón de cuernos que valga. Y curiosamente, la pena de muerte por adulterio recaía entonces, y ahora, sobre la mujer. Unos trágicos finales acordes con la crítica moral y el tabú de sexo y religión. La única que se salvaría de todo esto sería María.

A veces pienso que nos han programado de una forma contradictoria y con una evidente cortedad de miras. Por un lado, quieres una pareja estable para formar una familia, y por otro, quieres satisfacer todos tus deseos sexuales. Y esto creo que incluye a más de una y de dos. No se trata de, desmenuzar sueños en cama ajena. Mi esposo seguiría siendo no perfecto. Yo, Candela, seguiría siendo no perfecta. Y mi relación seguiría siendo, segura. Es solo que, yo pasaba rachas de mal humor llegando a pensar que era por un machismo por parte de él, o quizás, un deseo sexual mío no resuelto, o peor aún, miedo a morirme. Vaya a saber qué razón había. Lo que si descartaba del todo es el sentimiento de culpa de esposa perfecta, madre perfecta.

Y no nos pongamos las manos en la cabeza que no arde Troya. Nunca sabes hasta donde puedes llegar hasta que no lo intentas. Así que me propuse buscar una plataforma on line para una cita. Una web de citas de esas para gente casada que busca tener una aventura. Una aventura discreta.

De los cuatro portales de encuentros que descubrí para casados, y que deseaban cometer infidelidades, hubo uno que me dio más confianza. Ahora tenía que elegir cuál sería el Nick de usuaria para mi presentación en la plataforma. Escribí toda una lista de apodos. Dudé si ponerme Helena, Ginebra, Isolda, Afrodita, Desdémona o Francesca de Rimini. Todas mujeres infieles. Me decidí por la primera, la primera mujer infiel universal, antes que ponerme un nombre afrodisiaco y lujurioso. Helena, esposa del rey Melenao y que se encaprichó del bellezón troyano Paris.

Y después de hacer un centenar de borradores, escribí una breve presentación y la colgué en el perfil:

Helena de Esparta. Solo sexo. Soy una pestaña rebelde harta de estar en su sitio. Si hay alguien ahí, que sople. Me gustan las fresas.

Era original. Este paso hay que darlo con mucha energía. Roja y astringente. Como una fresa. Hay que estar preparada para el aluvión de gente que te va a entrar. Con algunos hombres, frunces el ceño y tuerces la boca, con otros, alzas las cejas y abres los ojos, y a otros solo le sonríes o te ríes. Nunca vas a imaginar todos los que pueden llegar a elegirte. Muchos de ellos son ficticios, son de la plataforma. Vamos, que no existen. Pero hay un grupo que sí. Y ahí, es donde está quién puede acaparar tu atención. Es emocionante la búsqueda. Excitante. Siempre que no te altere mucho el sueño con los chats clandestinos. Hasta que un día aparece él:

Aramis. Busco la mujer ideal para verla mientras posa a medio vestir. Soy muy boudoir (buduar).

Aunque era una presentación muy breve, me llamó mucho la atención. Un mosquetero con vocación religiosa, casado, y adultero. Mejor sería verlo por su lado sensual: le gustaba observar a mujeres donde la sensualidad y la belleza son los principales protagonistas y no su sexualidad. Quedé intrigada. Así que lo elegí a él. Aramis.

Esta cita a ciegas me sirvió para romper la armonía de mi armario. Yo diría que de una manera ofensiva. Saqué todo lo que tenía en él. Incluso ropa que ya no me ponía. Y allí, estaba ese vestido que podría encajar con la cita. Un vestido negro. Tuve una buena vivencia una vez con él. Era como mi segunda piel cuando lo estrené. Aun así, cuando me lo puse después de tanto tiempo, umm, preferí comprarme uno. Mejor algo nuevo para una cita.

No me quitaba de la cabeza esa afición suya. La de Aramis. La foto boudoir. Fotos de mujer para la mujer. Me imaginaba esas fotos que nunca me he hecho, para las que no tienes que tener un cuerpo de revista. Solo enfatizar en la delicadeza y la sensualidad. Había que insinuar más que enseñar. Mostrar lo bien que te sientes contigo misma y lo feliz que eres así. Sentirte bella. Y fue entonces cuando me impacienté. No veía la hora de conocer a Aramis pero, por otro lado, no sabía lo que podía pasar.

Así que, me perfilé el tiro de labios hasta la sien. Y, por supuesto, siempre la raya, la raya del ojo no puede faltar. Estaba tan tensa que me dolía el músculo psoas. Pero no hay como hacerle temblar al perineo para que se te quiten todos los dolores.

Y por fin, llegó el día. Mientras iba a su encuentro, recordaba todas las veces que durante un beso me ha subido la sangre de golpe a la cabeza ¿Cómo sería ser besada por alguien que no conocía? ¿Sería tierno? ¿Sería amable?

Era un día largo de verano. De estos calurosos. Y él, con sus cuarenta y largos años, vaqueros y camisa gris. Se sentía guapo sin serlo, pero eso es lo que le hacía ser atractivo. Yo no podía esconder que estaba nerviosa. Y, además, no me atrevía a decir palabra. Solo sonreír. Es un momento denso y embarazoso. Me sentía atrapada en una cámara que solo existía en mi cabeza. Cuando me preguntó si era Helena. Dudé. Casi lo niego y le digo mi verdadero nombre. No sabía dónde mirar o cómo colocarme. Yo no sabía posar. Me dije “Candela, tranquila, sin tapujos, sé tú misma”. El caso es que lo miré a los ojos y me transmitió bastante seguridad y confianza. Ya me había cautivado por internet. Y no defraudaba en persona. En segundos, me hizo sentir bien. Me miró muy discreto el cuerpo, envuelto en ese vestido nuevo, claro y sencillo, con su escote en volante. Cuando nos sentamos, él me pregunto cómo estaba y yo le hablé del calor, de la diferencia de temperatura y el paseo que antes me había dado para intentar relajarme. Cosas así. Cuando no quieres hablar de ti el tiempo es una buena justificación.

Estábamos con la bebida a medias y me di cuenta de que hablábamos muy bajo casi ni nos escuchábamos. Y es que yo intentaba no llamar la atención de nadie. Tal vez hablar así con un hombre desconocido me hacía sentir ser más indiferente a la gente que nos rodeaba. De todas formas, a ninguno nos interesaba contar más de la cuenta.

De repente, ya no hablamos más. Nos levantamos. Pagamos cada uno lo nuestro. Era lo acordado. Y nos fuimos de allí. Ya habíamos reservado la habitación en un hotel. Estaba alejado de todo. Aun así, antes de entrar miré a todos lados. Sabía que me adentraba en algo que estaba mal. Dichoso código de valores morales. Me orbitaba la cabeza. Y en esas estaba yo, cuando, lo miré. Creo que me leyó el pensamiento. Aquello se iba convirtiendo en un desastre conforme avanzaba el tiempo. Estaba muy lejos de ser un lujo de pecado. Por un momento perdí la confianza en la cita. Volví a casa rápido, pensando que mi marido iba a intuir que había estado con otro hombre, pero él era el mismo de siempre.

Quise abandonar aquella aventura que había iniciado, pero algo en mi interior me decía que debía volver a intentarlo. Aramis resultó ser una persona amable y tierna a la vez. Me gustó que no decidiera dilatar esa primera cita. Luego pensé, que había aumentado mi deseo de estar con él. Yo, Candela, tenía que ceder a la evidencia.

Concertamos una nueva cita. Me inventé una excusa creíble para mi marido. Me di un baño estimulante con miel de abeja. y me encontré con Aramis. En el silencio de una habitación crece la intimidad. Cuando entramos a ella yo pasé delante y él se quedó junto a la puerta encendiendo la luz. Le pedí que fuera con poca iluminación. Corrimos las cortinas. Solo quedó encendida una lamparilla de una de las mesitas. En mi cabeza seguían las imágenes fotográficas. Y en aquella habitación me imaginé que iba a posar para él.

Me quité la ropa y saqué unas fresas que llevaba en mi bolso. Me coloqué en la cama. El bralette de encaje floral blanco era ideal para la oscuridad, realzaba mi figura. Recostada seguía todos los movimientos de Aramis mientras se desnudaba. Me acarició la cara mientras se desvestía. Era una mano cálida y deseé sentirla a lo largo de toda mi piel. Un fugaz roce de su labio superior sobre el mío y sonreí. Sin dejar de mirarnos le di a morder una fresa. Su astringente sabor aumenta el placer en la boca. Nos besamos y lo acerqué a mí. Le cogí su mano entre las mías. Estaba ardiendo. Me miró. Luego la solté y le dejé hacer. Eran movimientos contenidos al principio y luego fue el total abandono al goce. Acarició mis, senos, el vientre, las caderas, mi sexo, con una dulzura exasperada. Cada vez más deprisa fuimos acorralando los cuerpos. Y comencé a notar correr la vida por mis venas cuando me bebió el sexo. Me rendí a un aluvión de pulsaciones que me estremecieron, me fui a una nueva dimensión. Fue una sensación de miedo, dolor, libertad y alegría.

Alrededor de nuestros, sexos, estaba la oscuridad de la habitación. Alrededor de la habitación, quedó el silencio de los pasillos. Y no éramos ni novios ni esposos. Solo vivíamos la utopía que otros sueñan.

“¿Te arrepientes?” me preguntó Aramis. Le dije que no, mirando sus ojos pardos y sus dilatadas pupilas que denotaban todavía placer. “Los dos ganamos momentos de la vida,” le dije.

Cuando me despedí, él me cogió la mano y su pulgar giró en la palma de la mía en un silencio corto como si las palabras quisieran otra vez penetrar por mi piel en un nuevo encuentro. Aquel affaire no iba a ser amor. Solo se podía convertir en una adicción. Una perversión culpable.

Ahora me planteo, si repetiré.


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5.4.21

EL RETO

 



Quedaban siempre los tres primeros días de cada mes.

Es cuestión de numerología. Los primeros números afianzan las uniones”, decía ella.

Él no insistiría más y mucho menos con Jana. De la que solo le interesaba su encuentro del mes. Conversaciones en superficie y sexo sádico. Esas escapadas eran la manera de huir de su monotonía diaria y de los vínculos familiares. Alejarse tres días de todo. Ilocalizables en aquella guarida que tenía Jana en el monte. Una vieja casa de piedra tapada por una viña roja con todas sus vigas corroídas, excepto una habitación. Un lecho con rastros de tierra y hojas como la cueva habitada de un cazador.

El viaje les duraba tres horas de coche con una inmersión obligada en el bosque de Montleó. Apenas cruzaban palabra alguna. Tomás se recostaba en el asiento y se adormilaba con el traqueteo del todoterreno. A mitad de la ruta se desviaban por un camino forestal, el Paso del Torrente. Unos veinte kilómetros de polvareda de caliza en dirección a la polar. Jana conoce bien los entresijos del firmamento cuando viaja de noche. Con la luneta trasera tapada por completo, el coche paraba y se quedaba en la dilatación de una curva. Se adentraban en el bosque de robles y pinos por un estrecho sendero donde los matorrales estremecen la vista. Seguían por él unos quince minutos hasta llegar a una mina donde se descolgaban las mochilas y llenaban un par de botellas para beber. Un hilo de agua que permanecía lo suficiente para mantener la vida en aquel lugar.

 Allí mismo, bajo un viejo castaño, comenzaban con sus juegos sexuales. Torpes escaramuzas entre risas alrededor del tronco. Luego al suelo. Rodaban en primitivos forcejeos propinándose salvajes arañazos entre jadeos y arranques de pelos. Se arrastraban mordiéndose hasta alcanzar la soga que escondían en un agujero tapada bajo una piedra. El primero que cogía la cuerda, Tomás le dejaría a ella, la lanzaba a una de las ramas del árbol. Con una mano agarraba la cabeza y con la otra, la cuerda. Una cuerda con el nudo dogal de verdugo que quedaba a nivel del cuello y el otro extremo se amarraría fuerte al tronco. Él sentía asfixia y orgasmo por igual. Cuando terminaban el ansiado y brutal ritual, extenuados, volvían por el sendero hasta el desvío de la cabaña. Jana, al llegar, siempre dibujaba algo en ella. Números. Y en cada ocasión, diferentes. Rarezas que no despertaban interés alguno a nadie. 

Fueron siete encuentros. Veintiún días exactos. Para Jana, el número perfecto para conseguir el poder. El final. Ganar. Dueña de la situación. Ese último día, ella le abrió el cráneo a Tomás mientras dormía. La sangre derramándose por el suelo entre los restos de cortezas y hojas. Arrastró el cuerpo hasta la entrada y desde allí, lo dejó caer en una carreta. El cuerpo lo medio enterró. Para Jana aquel amante era solo restos orgánicos que se pudrirían.

Las hojas de este último encuentro siguen incrustadas con restos de sangre seca en las suelas de caucho de las botas de Jana. Hoy mismo las he visto. Ahí, fijas como esa palabra de la pulsera que le regalé esta semana por su cumpleaños. Inocentemente mandé a que le grabaran: “Pez”. Y mientras, a Tomás se le deshace el cuerpo. Sus delgadas manos con ese musgo arrancado del suelo de aquel día y la cicatriz en el cuello de los siete encuentros.

Con el paso del tiempo ese hilo de agua de la mina se ha secado. Todos los animales de ese paraje se han ido muriendo. Los árboles de alrededor se desprenden de sus cortezas mostrando signos de muerte. Una decrepitud que los deja como espinas dorsales de fantasmas que poco a poco van conquistando todo el bosque. La guardia forestal se ha abierto paso en él. Ante la desolación que ha encontrado a su paso, se corre la voz del miedo buscando el origen de esta fatídica enfermedad que afecta a más de una hectárea de bosque. La gente del lugar está prisionera del pánico frente a eso terrorífico que cuentan y que ha puesto en alarma a toda la región. En la oscuridad de la noche unas bestias deambulan transfiguradas en hombres.

Jana con solo 17 años y una acidez en su sangre que la ha llevado al menosprecio de cualquier vida ajena. Al parecer Tomás no es el único que asesinó. Llevaba meses enganchada al juego de la muerte: “El pez fuera del agua”. Comenzó con ingenuas pruebas. Ver sin parar películas de terror y asesinatos. Hacer diferentes nudos y probarlos. Autolesionarse. Controlar el tiempo que podía aguantar sin respirar bajo agua. Todas ellas eran retos que Jana debía superar y con la conciencia de que las exigencias del administrador de la red aumentaban y con ellas, su morbo. Y cada vez más siniestras y atroces. Yo la dejaba. Me amenazaba con marcharse de casa. No pensaba que llegaría a tanto.

"El guardián" le llama el grupo. No lo conozco, pero es el mismo Satán. Creo que ha dejado un rastro de cadáveres en ese bosque apocalíptico. Ahora todos buscan los cuerpos. Llevan meses rastreando. Interrogándonos. Pero solo han encontrado el cadáver de Tomás. Las evidencias indican que este líder satánico está escondido en el bosque junto a una gran parte de sus fieles.


25.3.21

DIVERTERE




(DIVORCIO, IRSE)

La certeza no la tiene nadie. 

Hay quien piensa que huye y está quien cree que fracasa

La pareja no es vinculo seguro. La responsabilidad se ovilla en el aire

Se dispone entre ambos el reino del viento. 

Y entre ellos, éste que se les acomoda

Y con sus corrientes la relación fractura

*

Ya sin sueños, y a falta de fuerzas, alguno se apaga. 

Los que eran antes dos, ahora se queda en uno

Y pasará tiempo de soledad hasta que

 el olvido y el consuelo agarren su gloria.

* 

Entre tanto, los días que no tienen noches

Los ocasos aparecen sin destellos

La noche oscurecida ante lo que la mirada oculta. 

Las líneas engrosadas en las sombras.

*

Solo trazos invisibles en el agua y que no van a ninguna parte

Letras mudas que insisten en despertar ese sentimiento desvalido

Ese pinchar indoloro. 

Sangre que hierve de tal modo, 

que abre fronteras en el cuerpo. Dolor, angustia y tristeza

Corazón combatiente en una fría soledad impuesta.

* 

La impostura que revuelve al cuerpo. 

La flema de la saliva y la sal de las lágrimas

La fragilidad arrebujada con la rabia. 

La tristeza en los ojos y sus sombrías ojeras 

Ese arco que se agarra a las venas. Que a los nervios estrangula.

*

Y vienen las dudas

Se bajan los hombros. Se hunde el pecho

En el silencio, anhelo y desconsuelo

En el silencio, despecho y más dudas.

 

Y a punto de derretir, no hay alma que se lamine en más desdicha

Ver ese recuerdo que se marchita. Ver naufragar sus cenizas

Cuando se fue alegre juntos. Ha sido tristeza juntos.

*

Cambia el sentido de todo

La línea recta que se curva

El azul que se pierde dando paso a un gris confuso.

Y cambia la vida mientras duermes. Cambia el deseo

Los pasillos, aparecen desiertos. Sin oír, su nombre escuchas 

Son esas lúgubres voces. Engaño del espíritu

Un flaco desaliento. La tentación del arrepentimiento

Árbol en un helado invierno.

*

Sonrisa sostenida a unos besos fríos

Pensamientos que jamás saldrán de la boca. 

Se cuenta lo que la piel gozó y lo que ayuna el pecho

Se cuentan los silencios aquejados que

 no llegaron nunca a desgarrar la carne

*

Intentar olvidar esos ojos oscuros en ese rostro profundo

Sacar la foto de su marco y que no obre más milagros

Ensordecer la voz y acallar grabación alguna.

 *

Que el llorar no emita ya gemidos. Que nunca ha sido una sola carne

Que se recuerde para olvidar. Que a la pérdida no hay que temerle

Se deja ir porque importa. No lastimar

*

Y que una nueva ilusión como fuente brote

Ya no eres el mismo, la misma

Ahora, a vivir la propia historia.

*

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13.3.21

TABLONTE



Raúl miró con mucha atención aquellas dos fotos. Yo andaba impaciente por saber qué opinaba. Este no iba a ser uno de esos vetustos edificios de ciudad con las paredes y techos aún intactos. Este era un trabajo singular. Y podría resultar también muy arriesgado. Tendríamos que adentrarnos en un lugar perdido y solitario, sin tener aún la experiencia de responder si ocurríera algo inesperado. Hasta ahora, todo había quedado en psicofonías y cierres inesperados de puertas. A estas respuestas de los espíritus ya nos habíamos acostumbrado. Pero en un pueblo abandonado nunca sabes qué puede suceder.

Yo no sabía con exactitud qué hechos acaecieron en este lugar llamado Tablonte. Llevaba décadas desierto y aún no se conocía las causas de su abandono. Nadie quiso contarme nada de lo ocurrido allí. Localicé descendientes de pobladores, pero ninguno se dignó a decir nada. Insistían en que el pasado había que enterrarlo. Y esto fue lo que realmente nos despertó la curiosidad a Raúl y a mí. Además, en el lugar aún se conservaban restos de un asentamiento amurallado del siglo XVI. Pobladores moriscos habían vivido en estos entornos y con toda seguridad, alguno de ellos, allí estaría. Eran motivos suficientes para ir y descubrir más de su mundo oculto. Así que, decidimos comenzar una investigación paranormal.

Tras cuatro horas de viaje dejamos la carretera nacional y nos adentramos en un camino de tierra. Un camino que nos zarandeó hombro con hombro sacudiéndonos como cántaras. Raúl, agarrado al volante, arremetía contra las curvas cerradas y mi cara más de una vez se pegó contra el cristal de la puerta. Nos habíamos propuesto llegar al mediodía para tener tiempo de reconocer el terreno. Señalar aquellas zonas más peligrosas que nos permitiera con confianza andar de noche . Y, por supuesto, preparar el equipo. Pero a causa de un contratiempo, con el que no contábamos, y a falta de algunos kilómetros, tuvimos que dejar el coche y proseguir caminando.



El puente principal que atravesaba el torrente estaba intransitable. Unas rocas cerraban el paso y solo podíamos avanzar por un antiguo puente peatonal de tablas que crujían a cada pisada que dábamos. Con las mochilas cargadas sobre la espalda y el equipo en las manos, fuimos dando pasos lentos, tambaleándonos sobre aquella abismal garganta de piedra que se abría bajo nuestros pies. Cuando dejamos atrás el puente subimos por unas escaleras labradas en la roca. A falta de pocos escalones, nos encontramos con una pequeña ermita. En su interior, se hallaba una pequeña figura de San Cristóbal, el patrón de los viajeros. Una señal de buen presagio.

Pasaban ya cinco horas del mediodía y se nos echaba la tarde encima. Y en una revuelta del camino, por fin lo vimos. Estábamos ya muy cerca de Tablonte. A lo lejos, apareció su campanario entre las copas de los olivos. Un sendero estrecho se abría en el terreno. El lugar no debería de estar muy abandonado, o quizás, era una vereda de paso de ganado hacia otros lugares habitados. Tras subir una empinada cuesta de tierra, un grupo de altísimas y delgadas palmeras nos esperaba a modo de centinelas. Nos quedamos quietos viendo la primera estampa del lugar. Y fue cuando algo muy extraño me ocurrió.



A lo lejos, entre los árboles, se entreveía la silueta de la iglesia. Parecía el único edificio en buen estado. Comencé a caminar hacia ella sin perder de vista al campanario. Conforme avanzaba experimenté una sensación fría que se me metía por el cuello como un gato buscando calor. Según me aproximaba, las paredes de las casas cercanas las veía agrietarse, se les desprendía su cubierta de cal; los tejados se les oía derrumbarse en su interior; restos de tejas y muros de piedra desplomados me cerraban el paso. Allí estaban aquellas paredes abiertas y asomándole, en el interior, ese esqueleto de vigas de madera, y en muchas de ellas, colgando, se mecían sus cuerdas desatadas. Las puertas se soltaban de sus anclajes, escupiendo clavos y astillas. Las ventanas desaparecían dejando oscuros huecos. Fue una vivencia extraña ver como aquellas casas sucumbían al deterioro. Mi mente y mi cuerpo se desconectaron. Viví el paso del tiempo de una forma acelerada. 

Mi cuerpo se paró frente a las escaleras de la iglesia. Presentía algo. Y de pronto, un roce en mi mano. Me giré y vi a Raúl, a lo lejos, acercarse a mí. No había nadie más. Nada se movía. Me fijé en lo árboles de alrededor por si alguna rama me hubiera rozado. No había viento. No se escuchaba nada. Todo estaba en silencio.

Por mucho que le contaba a Raúl lo que había sentido y visto, no me creía. Incluso me hizo dudar de mí misma. Puede ser que anduviera un poco ofuscada con este pueblo fantasma y comenzara a imaginar cosas. “Sonia, ni se te ocurra comer mucho esta noche porque podrías sugestionarte aún más. Influye en la objetividad de la investigación”, me dijo. Pero yo no podía contradecirme. Yo ya había vivido la sensación de una presencia ajena a nosotros. Sabía lo que era una manifestación extraña y muy diferente a un campo eléctrico humano.

Nos adentramos por las calles principales, tragadas literalmente por un infinito yerbazal. El pueblo era más grande de lo que imaginábamos. Lo conformaban un caserón que se abría a la entrada principal del camino por donde habíamos subido. Y alrededor de él se disponían pequeñas viviendas, unas junto a otras, posiblemente de los trabajadores de la finca. Todo había sido saqueado, y parte de los techos de la segunda planta se habían hundido. Descubrimos restos de un molino de aceite, y tan solo quedaban de él las muelas de piedra. Un jardín yermo se abrió ante nosotros en un patio central. Algunos de los espacios podrían ser cuadras. Eran reducidos y altos. Y por fin, nos tropezamos con la torre defensiva de los tiempos nazaríes. Quedaban restos de una zona amurallada junta a ella, pero la mayor parte andaba desaparecida. La vivienda principal parecía que hubiese sido habitada hasta el siglo XIX, al encontrarnos retretes con cisternas elevadas. Una de las habitaciones, conservaba aún el techo y fue allí donde dejamos las mochilas y los sacos de dormir. Nos dispusimos a comer algo rápido y ver donde íbamos a montar los equipos. Yo insistí que debíamos comenzar por el interior de la iglesia.



Una pared de bloques de cemento tapiaba la entrada. Por un agujero deforme que había sido abierto a mazazos, pudimos acceder a la capilla. Al igual que el resto, era una desolación. Tampoco se había salvado del expolio que había sufrido todo. No quedaba nada. Incluso habían intentado arrancarle los clavos de adorno y el bocallave a su puerta principal. Atravesamos una pequeña antesala dejando atrás una segunda puerta de madera y a la derecha, nos encontramos un hueco con una estrecha escalera de caracol que subía al coro y al campanario. En lo que era el altar, en la pared, se conservaban restos de un mural y sobre él, habían hecho pintadas de pentagramas esotéricos. A un lado, había una pequeña habitación, la sacristía. Piedras, tierra, maderas, botellas, latas. La imagen del vandalismo se repetía. El techo, con artesonado de madera, estaba intacto, salvo un boquete abierto justo encima del altar. Nos dispusimos a colocar los aparatos. Raúl salió a buscar los medidores Gauss de campos magnéticos, mientras yo colocaba los dispositivos de medición de temperatura. Instalé sensores de movimiento acústicos y luminosos en las escaleras que subían al campanario y también en la entrada. Estaba segura que conseguiríamos psicofonías, voces y sonidos de los moradores de aquel lugar. Era un sitio estremecedor por sí mismo.

Cuando volvió Raúl insistió en que saliera, tenía que ver algo en el exterior de la iglesia. Junto a la pared, y delante de la sacristía, se encontraba una zona vallada, posiblemente sería el cementerio. Había restos de lápidas rotas esparcidas entre troncos secos, piedras y malvas floridas. Las letras en las lajas de piedra estaban borradas. A un lado del cementerio había un pozo. Nos preguntábamos por qué estaría allí.

Antes de que anocheciera nos adentramos en una vivienda que se encontraba frente a la iglesia. Se respiraba un ambiente opresivo entre sus ruinas. Casas con apenas huecos de luz, grandes clavos de cabeza redonda hincados por toda la pared, incluso había restos de cadenas en las vigas principales. Aquel sitio ahogaba. Raúl me miró e imaginé lo que pensaba. Yo le insistí en comenzar por la iglesia. Al fin y al cabo, teníamos dos noches para experimentar en diferentes espacios.




Esa noche nos acomodamos en un rincón de la iglesia durante cuatro horas. Allí, preparados, con todos nuestros aparatos dispuestos a captar cualquier cosa que alterara aquel lugar. Las cámaras fotográficas, analógicas y digitales, colocadas en el mismo ángulo para capturar figuras espectrales. Pero, a pesar de lo siniestro del lugar y del silencio de la noche, nada. Ni escuchamos ni vimos nada. Dejamos las grabadoras puestas durante toda la noche y decidimos irnos a dormir.

Raúl y yo nos conocimos estudiando Psiquiatría y nos motivaba conocer el origen de las cosas inexplicables. De ahí a que acabáramos investigando los fenómenos paranormales. Descubrir fantasmas, sus voces, sus formas. Sabíamos que no se ajustaba a los cánones de la ciencia ni teníamos ninguna formación en esta materia. De escépticos renegados pasamos a creyentes acérrimos cuando escuchamos las primeras voces de un espíritu en un antiguo edificio de Granada. Acompañábamos a un grupo de investigadores de Parasicología. Fue entonces, cuando nos hicimos con un par de radios de bolsillo y repetimos la experiencia nosotros solos en varios edificios más, dispersos por la ciudad. Enfrentarnos a nuevos misterios sin resolver es lo que últimamente nos apasionaba.

Como toda pasión también tiene sus desvelos. En aquel poblado yo no pude pegar ojo. No me quitaba de la cabeza aquella sensación que tuve en la mano. Era como si alguien hubiese intentado agarrármela. Raúl dormía cuando decidí salir fuera de la habitación. Era una noche muy cerrada. Toda la oscuridad de aquellas ruinas se enfrentaba a mí. Apenas se veían las siluetas de los olivos cercanos. Bajé por la calle hasta la iglesia. Había aprendido a no tener miedo a la oscuridad y sabía que estábamos solos en aquel lugar desierto. O al menos eso creía yo.

Faltaban dos o tres horas para el amanecer. Yo andaba impaciente por saber si nuestros aparatos habían captado alguna presencia espectral. Cuando me disponía a entrar en la iglesia, escuché un sonido extraño. Me quedé quieta. Intentaba hacer el menor ruido posible con mi cuerpo. Podría ser algún animal que estuviera cerca. Pero los sonidos se repitieron. Esta vez era un clim de la caída de una llave sobre el suelo. Después fueron sonidos humanos. Eran psicofonías escalofriantes, como chillidos ahogados. Y no salían de la iglesia. Me giré y volví a bajar las escaleras. Me acerqué al muro caído del cementerio. En esa oscuridad me pareció ver algo. Una ráfaga de luz, una luz muy tenue. Y fue muy rápida. Desapareció súbitamente por encima del pozo. Al mismo tiempo sentí mi pelo moverse. Una fría brisa me envolvió. Y nuevamente mi mano. Esta vez algo me la había agarrado. Me estremecí tanto que chillé y me quedé congelada mirando a mi alrededor. Pregunté si había alguien. Nadie. Pregunté si quería decirme algo. Nada.


Regresé acelerada hacia la habitación donde dormía Raúl. Y no estaba. Aquello me puso muy nerviosa y fue cuando verdaderamente me asusté. Sabía de gente que había desaparecido de forma extraña en otros lugares abandonados. Rompí el silencio y grité llamándole. Nada. Volví a gritar. Salí fuera. Entré al patio. Volví a llamarlo. Nada. Me arrinconé y me tapé con el saco de dormir. Esta vez sí que tenía miedo. Temblaba de pánico de pensar que me había quedado sola en aquel lugar. Un montón de ideas me vino a la cabeza: salir corriendo, buscar auxilio, coger el coche, encontrar la población más cercana, llamar a la guardia civil, pero había que recoger todo el material de investigación, los aparatos ¿Qué era aquello que me había cogido la mano? ¿Qué le había pasado a Raúl? ¿Y si Raúl no apareciera? Yo seguía con las piernas encogidas, abrazadas contra el pecho y tapada completamente por el saco. No podía moverme. No quería mirar. No quería respirar. Me intenté tranquilizar, canturreaba, hablaba sola… Y de pronto, sentí que alguien me quitaba el saco de la cabeza.

—¿Qué te pasa, Sonia? he escuchado los gritos, y vine corriendo ¿Qué hacías?

—Y tú, Raúl, ¿dónde estabas?

—Salí a mear y luego, fui a la iglesia.

—Yo vengo de la iglesia y no te he visto.

—Pues estaba dentro. Y estaba solo.

—Algo me ha vuelto a coger la mano.

—Este lugar te está volviendo loca. Sonia te imaginas cosas que no pasan. Gritas y te escondes en un rincón tapada hasta las orejas. Esto nunca te había ocurrido antes.

—Te digo que hay alguien aquí ¿Y cómo es que no te he visto en la iglesia? Cuando me fui tú estabas durmiendo.

—Déjalo ya. Tienes una paranoia. Creo que empiezas a confundir el espacio y el tiempo. Está amaneciendo y tenemos que ver si ha recogido algo el equipo, aparte de tus gritos, claro. Venga, relájate. Quédate aquí. Iré yo.

—No. Iré contigo. Ha sido cerca del cementerio. He escuchado psicofonías claras, una llave, voces. He visto una luz, era un espectro. Y sabes, no olía a nada.

—¿Lo has visto, o crees haberlo visto? O sea, que no estabas en la iglesia.

—Tal vez pueda tratarse de un alma perdida, un espíritu que sufriera una muerte traumática; o un alma atrapada en este lugar donde vivió y murió.

—O quizás se trate de una de esas almas que andan jugando tocando a las personas. Es una posibilidad, Sonia. No le des más vueltas. Vamos a esperar a ver las grabaciones.

Cuando comenzó a aclarar el día. Fuimos los dos a la iglesia. Comprobamos el equipo. Parecía estar bien. Pero nos dimos cuenta de que un sensor se había activado solo, y uno de los aparatos se había desplazado. Yo lo había colocado apuntando para la puerta y ahora, estaba apuntando a la sacristía. Raúl desconfió. Yo preferí echarme la culpa, puesto que había sido yo quién los habia situado en cada punto. Aunque en el fondo yo sabía que algo extraño los habia movido. Raúl en ningún momento había visto y notado nada. No podíamos contrastar los hechos.

Durante la mañana estuvimos inspeccionando el resto del poblado. El aljibe que recogía el agua, las acequias para canalizarla, los hornos de pan. Todo en un lamentable estado de abandono. Destruidos. Hubo algo que nos llamó la atención. Se repetían los pentagramas esotéricos, esta vez sobre una especie de mesa elevada hecha de cemento en una de las habitaciones más grandes. Como si de un altar se tratase. Todas las paredes y el suelo tenían pintadas. Había palabras en latín aludiendo a Lucifer. Eran símbolos satánicos y frases propias de invocaciones diabólicas y sacrificios de animales. Era la primera vez que veía a Raúl nervioso en Tablonte.

Debíamos irnos de aquel lugar. Sabíamos que a partir de entonces los resultados no iban a ser objetivos. Por un lado, lo que a mí me había pasado, y por otro, lo  descubierto en aquella habitación. Una mala energía podría estar imperando en aquel pueblo. Y podría aparecer en cualquier momento. No tiene que ser exclusivamente de noche ni a una hora determinada. Como de hecho, ocurrió.

Cuando recogíamos los aparatos en la iglesia. De nuevo se escucharon ruidos. Y volvían a ser del exterior. Era una voz. Una voz clara, de mujer, como un quejido, un llanto. Luego fue la de un niño, como si la llamase. Esta vez las escuchamos los dos. Salimos corriendo a la puerta. Nada. Nadie. Miré a Raúl. Y definitivamente, debíamos de irnos de allí. Lo diabólico no estaba en nuestros planes de investigación. 

Pudimos quedarnos, pero empezábamos a curvarnos por el miedo. Al mínimo ruido, estirabamos el cuello como un perro de la pradera. El pánico es un mal aliado para buscar fantasmas. Nos fuimos de allí. 

La vuelta fue en silencio. Era preferible escuchar el ruido real del motor; olvidarnos, al menos por esos momentos, de lo que había ocurrido. Bajé la ventanilla para sentir el aire en la cara. Me iba con la esperanza de que algún día pudiese volver. Y esa vez sería con expertos en Parasicología.

Pasado unos días nos reunimos para ver los resultados. Ni imágenes ni cambios de temperatura. Las grabadoras sí que habían captado unos sonidos. Lo escuchamos más de cien veces. Se repetía la voz de un crío.

No se me quitaba de la cabeza aquel pozo del cementerio y lo que yo vi aquella noche. Había abierto una puerta a algo desconocido, un espíritu que quisiera escapar de aquellas diabólicas ruinas de Tablonte. 



¡¿AÚN NO LO HAS VISITADO?!

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7.3.21

EL ESPÍA DE HIELO



Hoy mis pensamientos los tengo clavados en ella. Saldré al parque. Y la buscaré.

Ha nevado esta noche. Una hermosa nevada. Inesperada. Imprevisible. Como las que me gustan a mí. Lo malo es que, se derretirá pronto. Debo apresurarme.

Allí está. La chica con gafas azules. Sentada y apoyada sobre el tronco de un árbol. Quieta. Se pasa mucho tiempo mirándose las piernas, o quizás, mire al suelo. Su silencio tal vez, acune malos sueños. Parece una muñequita abandonada. No se mueve. Hoy trae una chaqueta de rayas rojas y verdes. Acierto también a verle un reloj, grande, con correa azul. Luce bonita. Me gusta. Son de mis chicas preferidas. Con esa cara fina de porcelana, punteada de pecas, y esos ojos oscuros y redondos. Lo que más me atrae de ella es su pelo. Ese pelo largo ondulado, rojizo. Es una deliciosa vampira. Tal vez ella no lo sepa aún. Tal vez, no sepa que ha sido concebida durante la menstruación de su madre. Ella pertenece al fuego. Si por mí fuera la ofrecería en sacrificio al dios Osiris. Se ha levantado. Tiesa. Segura. Sale del parque y toma la calle de la izquierda. La voy a seguir. Ella no me verá.

Estudiante. Demasiado detallista. Es pura delicadeza y estética. Le va el trabajo de orfebrería que va a desempeñar en el futuro. Es un oficio de sueño y magia. Casi, de brujería. Va a ser la única capaz de diseñar piezas de arte que luego van a poder vivir y respirar por sí solas. Debería sentirse orgullosa por lo que será. Un trabajo hermoso, un trabajo que lleva la carga de la tradición. Plata, bronce y alpaca. El espíritu lírico del arte clásico. Metal y Forja. Y siempre, ese fuego frente a ella. Ardiéndole a través de los cabellos.

Su madre, encuadernaba y embellecía como nadie los libros antiguos. También tenía un sello personal. Dejaba su impronta en esas cubiertas con soporte de madera o en aquel papelón revestido en piel. Me parece verla, envolviendo con primor esas cubiertas con telas mudéjares o góticas, y cosiéndolas, con hilo de cáñamo.

Posiblemente sea su hija la que guarde ahora el pergamino con el criptograma que busco. La chica de las gafas azules.

Se me presenta un desafío: recuperar ese trozo de historia. Un desafío muy caro. Y arriesgado. Sobre todo, cuando sale el sol. Soy de hielo. Habrá que buscar un taller con grandes lupas que suban y bajen para descubrir el más mínimo detalle de esa obra. 

Se acerca ella. Su expresión es seria. Algo así como risastente. Sí, creo que se resiste a sonreír. Así, de frente, tiene mirada de ratoncilla. Es el semblante de una chica que trabaja sola. Y por lo blanquita que es, lo debe de hacer con poca luz. Tiene la piel más sensible de lo que yo creía. Es casi transparente. Sus manos se enrojecerán con el polvo acumulado en los archivos que ella maneje. La chica de las gafas azules de piel transparente. Es la ideal para escudriñar información oculta. Ya le viene de cuna el beneficio de la destreza. Ha tenido que ser difícil para ella ser la custodia de un documento tan oscuro. Ocultarlo. Cuántos darían su vida por este pergamino pompeyano que se salvó de la explosión del Vesubio.

Necesito conseguirlo ya. Temo que alguien se me pueda adelantar.

Será esta noche. Entraré en su casa.

Se me resisten las letras ilegibles, medio borradas. Nunca me han gustado los jeroglíficos. Ni con la lupa alcanzo a verlo claro. Lo desenrollaré del todo a ver que me encuentro. A este pergamino se le han debido de quitar palabras, incluso algún párrafo diría yo. Es tinta de plomo, de esto estoy seguro. Eso le da validez. Le da autenticidad, pero hay palabras que se han raspado. Este pergamino nunca ha tenido letras griegas. Y, además, se ha grabado encima, con letras que no alcanzo a vislumbrar. No puede ser. Y aquí, estas gafas caleidoscópicas azules. En su interior hay cristales de hielo. Ella está siguiendo el patrón de formación de la nieve. Creo que sabía que yo iba a venir. Quería que supiera que ella sabe quién soy. Que supiera que ya usa su magia. No es por casualidad que todo esté preparado sobre la mesa: el pergamino, las lupas, estas gafas… No quiere que me lo lleve.

¿Acaso nuestra ratoncilla de gafas azules y risastente es también espía? Aparte de ser mi hija, claro.

Ahora tendré que pasarme por otro. No por un espía, sino por un contraespía.

¿Y qué le cuento yo a mi jefe? Lo único que se me ocurre decirle es que, es falso el pergamino. Y que la chica, es una inocente criatura. Una criatura de piel clara y de apariencia extrañamente vampírica.

Sí, está bien. Seguro que cuela.

Por hoy ya me retiro. Ha salido el sol. Mi salvoconducto no es el más adecuado para lugares tan cálidos. Me he custodiado mucho tiempo helado. Y así debo seguir.


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