17.8.18

EL MOLINO DE LAS LAERILLAS. NIGÜELAS









Aunque lanzaras ocho miradas al paisaje nunca lo verías. Consumida ya la tarde nos disponemos a visitar el molino de las Laerillas. Muy propio él, ocupa el centro de la población de Nigüelas, en la falda oeste de Sierra Nevada, junto a otras localidades: Padul y Dúrcal, en la provincia de Granada. Una comarca que baja de la sierra, donde pinos y cultivos de almendro se encaraman a las laderas abruptas dejando caer piedras rodadas hasta el valle. Allí, en una planicie cuaternaria, se encuentran los olivos, algunos centenarios, tan cerca de esas turberas ahogadas en la llanura.








Un molino adusto, rancio. En realidad, una almazara con dos molinos ahora en desuso que se ha convertido en museo. Hija posible de una antigua fábrica de aceite de época islámica del siglo XIII, sobrelleva la lealtad inquebrantable de los tiempos con sus exclusivas cualidades arquitectónicas. Aunque yo conocía esta almazara —cuando trabajé aquí como formadora en 2013— es de esos edificios que no te cansas de visitar. La conservación de sus espacios, la maquinaria y herramientas es escrupulosa, aunque parezca que agonicen en silencio. Fue esta almazara un gran testigo de tiempos de gallardía y subsistencia. La primera y última memoria de una molienda artesana de la aceituna. Las confesiones ancianas dicen que era el mejor aceite de la comarca el que allí se prensaba y es que El molino de las Laerillas enarbola tesón con sangre y agua.




Del campo al molino. Dentro de su fachada osca lo primero que se encuentra a la intemperie es el patio de acarreo o patio de los trojes. Compartimentos individuales de lajas y mortero de cal para seguir riguroso orden de llegada. A cada uno su aceite. Allí antaño se depositaba la cosecha a espera de ser molida. Horas, a veces días, esperaba la aceituna a ser molida, dependía del trabajo que hubiese.









Ya dentro algo se mueve: la molienda. Ram, ram, ram, ram, no se para. Las aceitunas se convierten en pasta, el mastrujo. Por un lado, mulos girando una y otra vez —de ahí ese sacrificado nombre de molino de sangre— pisando la dudosa suela, dejando sus lados ciegos. Por otro, el molino hidraúlico, esas aguas de la sierra forzadas a girar hacia el interior, para dar fuerza a las ruedas, para calentar, lavar y enfriar. Piedras descarnadas, mella tras mella; cinceladas una y otra vez para moler pulpa y demoler semillas.





El molino de sangre con su muela o rueda que gira al compás del paso del animal. Dos animales a turnos de tres horas matutinas. Y dos turnos de hora y media a la tarde. Ese esfuerzo durante horas, animales censurados a cualquier otra labor de campo. Nueve horas de luz diurna en total a rueda. En la solera se vierte una y otra vez la masa que escapa de la piedra, hasta ser molturada, luego pasaría a espuertas de pleita de esparto, forradas en piel, y se transportaba a tinajas para proceder a su prensado. Un tiempo a pie de suelo, hacía calentar la masa y facilitaba el prensado.







El molino hidráulico es un modelo introducido por los árabes, artífices del juego con el agua. De la acequia a la cárcava para que su fuerza incida sobre la maquinaria de hierro. La muela de piedra rueda mientras que una tolva suelta  la aceituna sobre la solera. Y ya listo el mastrujo para las tinajas.







Del mastrujo al aceite. El prensado en la gran nave separa el orujo, los restos de piel y huesos del aceite, el alpechín y el agua. Los capachos, las alfombrillas,  colocadas como galletas, retenían y permitían el filtrado del aceite.









Apoltronados como dos grandes brazos se conservan las dos prensas de madera de viga y quintal. Dispuestas en paralelo con sus capillas bajo la torre de contrapesa. Doce metros de madera y cuerda; cuerda que une los tablones a gruesas maromas de esparto. Unidad. Huso y tuerca al otro extremo atornillan el prensado bajo la fuerza humana. Otra fuerza esclava del giro. Sangre y sudor.






El primer prensado ahí cae, el que se hace en frío, el aceite virgen, el de mayor calidad. El resto de la pasta que queda se remueve con la pala en los capachos y a otra prensada. Así vuelta y vuelta hasta estrujar todo el jugo.








¡Sssh! El silencio arrecia ahora en el molino. A hurtadillas caminas por ese suelo de encaje de piedras, apenas sin hacer ruido por si despertaras a alguien que aguardara. Hay un paso a la tentación de escuchar a esos camastros callados, esos utensilios, asomarte a las tinajas de cerámica huecas empotradas que guardaban el aceite. Casi sientes el calor de la caldera, el olor del estrujo, el sabor de la oliva, el crujir de la madera, el aceite en la piel. Las tinajas de barro, gordas y abombadas ahora esperan para la venta de ese apreciado líquido. ¡Ahí ya llegan con sus animales de carga los cosecheros! A retirar su aceite con sus aguaderas de dos arrobas.










En realidad, nuestra visita fue también una excusa para visitarla a ella, a María José, mi antigua alumna y ahora amiga. Ella vela este lugar como guía y albacea; acompaña al visitante y al curioso por este y otros rincones de su localidad. Su impronta naturalidad y sus ganas de mostrar y enseñar cada detalle, cada artilugio te hace disfrutar el instante. Ella va enredada en palabras con esa mesura y ese comedimiento de la gente apasionada por el trabajo que hace. A tu paso, al suyo, va desgranando un monólogo interminable. María José hace que tu visita se convierta en un preámbulo para seguir hablando de historia, descubrir detalles de la comarca y terminar yendo a una terraza a beber un vino tinto y comer un trozo de pan casero con aceite y sal. Momentos únicos y fugaces y tan llenos de alegrías. Mi agradecimiento y cariño. Va por ti. Un abrazo.


María José y yo en el Patio de los trojes.


Y vosotros ¿habéis visitado alguna almazara? ¿queréis contar vuestra experiencia?