12.6.21

LOS COLORES DE CICLO





Hay espátulas y pinceles dispersos en la arena mientras unas manos delgadas abren una ventana con la empuñadura de una brocha. La arena escurridiza cobra vida.

Algunas historias comienzan por el principio, pero esta comienza aquí, en un castillo de arena construido por un mago que no tiene poderes, y junto a él, hay un niño que sí los tiene, pero aún no lo sabe.

Un niño con un flequillo al revés que fabrica xilófonos con los tubos de las cortinas. Siete años tiene este corazón de músico, y sabe que su arte no es heredado, aunque todos crean que sí. También le han hecho creer que nació con un premio caducado porque no nació niña, y su madre, no lo ha superado, ni lo uno ni lo otro. Por mucho que insista su padre, este niño no quiere ser bombero porque él no lo sea y se conforme con ser tramoyista; lo más parecido a un apaga fuegos, aunque a su hijo pequeño le cause más de una herida ardiente.

Ciclo se llama, y no es de Ciclón, es de Cíclope. A pesar de ser un nombre horripilante, a él no le importa.

El mago, que en realidad no es, es un artista. Le encanta hacer esculturas en la arena; las saca de la nada. Y aunque piense que el niño es muy particular nunca se lo dirá. Se llama Timo, de Timoteo, qué también podría llamarse Teo, pero entonces podría confundirse con Teodoro, o peor aún, Teofrasio, y a él, no le gusta.

Ciclo lleva días observando al gigantón doblado sobre su castillo y hoy decide acercarse.

—Un castillo tonto, se va a desmoronar.

—Deja de pensar que es de arena y solo ve lo que es: una fortaleza. Es única y el tiempo que dure será mágico.

—Pues qué aburrido cuidar algo así.

—Si lo cuidas a diario, con cariño, los granos permanecen apretujados, como los abrazos, y aunque llueva, no los separará nadie.

—La gente lo romperá.

Ciclo vendrá mañana y da por hecho que estará roto si el grandullón no lo ha vigilado.

—Con el calentamiento global y la falta de agua es raro que aguante.

—Ven amigo científico, ¿quieres ayudarme? Aún no está terminado.

Ciclo desconfía y luego se acerca quedándose de pie.

—¿Vienes solo a la playa? —pregunta Timo mientras va por la regadera.

—No me pierdo. La primera vez sí me perdí y llamaron a los bomberos.

—¿Tu familia sabe que estás aquí?

Ciclo se queda callado. Siempre se escapa de casa cuando está solo.

—Brilla como la purpurina.

—Es el reflejo de la luz en los granos blancos —añade Timo.

—Hay montañas de colores fosforitos, como en un supermercado. Ahora con agua, parece una joyería. Es mejor de noche.

—De noche el castillo es negro.

—Yo veo colores.

—Entonces este castillo es más especial de lo que creía ¿Cómo te llamas?

—Ciclo me llaman los niños del colegio porque tengo un ojo azul, y Raro, me llama mi padre.

—¿Cómo quieres que te llame?

—Ciclo. La rueda de un ciclomotor que gira.

—El tiempo. Muy chulo.

—¡Para chulo, chulo, mi culo! —Ciclo ríe ante la contrariedad de Timo.

—¡Caca, culo, pedo! —los dos se parten de la risa.

Ciclo volverá una y otra vez a la playa con su amigo el mago. No quiere que acaben las vacaciones y volver al colegio.

—Te he traído comida: chocolate, galletas, más chocolate…

Timo, con su pelo enmarañado tapándole sus ojos pequeños como un hámster, está definiendo el puente.

—Ya casi está el castillo. Con tu ayuda he tardado menos de lo que creía… —El niño se agarra la barriga— ¿Ahora, no usarás tu ojo azul para desintegrar el castillo? —Ciclo permanece serio— ¿Problemas?

—No.

—Ah, por cierto, he buscado en los libros. Y eres un ser especial, ¿lo sabías? Eres tetracromata.

—¿Qué es?

—Tienes una super visión, como los superhéroes; puedes ver la luz ultravioleta y colores en la noche. Tiene que ser maravilloso; un mundo de brillantina multicolor. Gracias a ti veo la magia de este castillo.

—¡Eres un idiota! —el niño vocifera e intenta pegarle. Timo lo coge del brazo y le ve moratones en la cara y en el hombro— ¡Suéltame! —no lo suelta y rompe a llorar.

—Tranquilo —Timo lo abraza.

Frente a su fortaleza, los soldados hacen guardia; los reyes y el príncipe caminan alegres por las almenas siguiendo la larga cola del arco iris, y suena una música de xilófono.

—Entonces no soy raro. Mi hermano dice que lo soy. Él si es un majadero. Se pasa todo el día grabándolo todo con su móvil. Es una cabeza pegada a una joroba; un bisonte boca abajo. No estudia porque todo está en internet y muchas noches viene borracho del botellón. Es un monstruo, solo sabe retorcerme el brazo. Ahora ya no lo hará.

Timo levanta sus largos brazos y salta sobre la arena.

—¡Es hora de entregar esta obra mágica y multicolor al destino y al tiempo!

—¡¿Cuánto tiempo?! —sonríe.

—El verdadero tiempo no se mide con el reloj o el calendario.

—¿Y la gente?

—A la buena voluntad —mira a Ciclo y le sonríe—. Después será irrecuperable, pero vendrá otro, como ocurre con la vida.

—No lo entiendo muy bien, pero me gusta como suena. Es como mi nombre, luego vendrá otro.

Y esta historia podría acabar aquí, pero tal vez sea un comienzo.



5.6.21

LA ESTACIÓN DE LA AMAPOLA

 


Hola amigos y compañeros, saludos a quienes seguís este canal donde ahora dedico mi tiempo a escribir mis historias. Comparto con vosotros, con satisfacción, este relato que ha sido destacado junto con otros en el concurso literario convocado por el Club Fuentetaja "Historia de mayores". Espero que os guste. Un abrazo.


Se escuchan pasos ¡Oye Viejo! ¡Despierta! ¿De qué te ha servido ser tan sabio? Abrigado con años y aburres como tu gorra de pana. Ponte el traje de treinta y alegra esa cara. Siempre ahí, triste, vestido de viejo. No es un día como cualquiera, y además, es tiempo de sapos. Ahí viene ella, como siempre, pegada al teléfono.

—¡Menos mal que la señora Gómez ha reaccionado con la pastilla! ¡Creí que me moría! Madre mía si le hubiese pasado algo… ¡Claro, ya sé!, pero todavía no se me ha muerto nadie y no quiero que pase cuando esté yo. Venga, te dejo… ¿Frasquito? Bien. Ahí está, en la ventana como todos los días, viendo los almendros. El campo lo tiene embelesado, será por la lluvia que no para. El pobre me cuenta siempre lo mismo. Venga, te dejo ya… Eso, a ver si ya entra el calor y comienza a cambiar el tiempo ¡Hasta luego!

—¡Buenos días Frasquito! ¡Hoy toca baño y también afeitado!

—Holaaa, hum… Lo que tú digas.

—¡No sé qué mira tanto ahí fuera que le tiene tan entretenido!

—La amapola.

—¡¿Qué amapola?! —Mónica se le acerca poniéndose unos guantes y un delantal con las letras bordadas por encima del pecho izquierdo, GSM. —  Yo no veo ninguna —contesta ella mientras amarra y extiende la blancura del delantal— Por no haber, no hay todavía ni flores. Estamos a finales de febrero y con esas nieves que han caído, van a tardar en salir. —La joven le coge una de sus huesudas manos— Vaya Frasquito, sí que le han crecido las uñas. Habrá que cortarlas. Hoy toca un aseo completo ¡Voy a prepararlo todo!

—Antes de irte mira el aparato. Anoche quise llamar, pero no suena. Este teléfono no sirve.

Siempre cavilando, Viejo. Deja de pelear con tus sentidos. El apuro de las horas te abate. Y no soporto ese ruido cuando hablas conmigo, grinch, granch, grinch, granch; cierras y abres tu mano una y otra vez con ese dichoso tensor de muelle. No quieres perder fuerzas en las que han sido tus herramientas de trabajo toda esa vida. Te cansa todo. Hasta la asistente te fastidia con su prisa animada y sus monólogos de comidas, aseo y pastillas. 

—Esta chica no comprende nada, suelta bocanadas. Parece que lo único que le interesa es mantenerme vivo. La amapola va a brotar tarde o temprano. Y lo va a ser muy pronto. Voy durando demasiado.

—¡Vamos Frasquito, a la ducha! Venga, arriba, muy bien. Vamos a quitarle la ropa. Vaya, hoy le ha salido otra bolilla roja en la espalda.

—¡Pues no la toques! Que el otro día, arrancándome el grano con las uñillas, me hiciste daño en el brazo. Estas cosas que salen de viejo hay que dejarlas. Bastante lleva encima ya este cuerpo; alguna cosa defectuosa tenía que salirle entre los pellejos.

—Están muy feas, Frasquito.

—Mi tiempo de presumido ya ha pasado. Las buenas acciones de joven salen ahora de viejo; en esos granos rojos, en las manchas…

—Espere, que le restriego bien por la espalda ¡Hala, bien limpico! La cremica para las piernas. Déselas usted por arriba y yo por abajo ¡A ver la herida del culete! Hum, espere. Tiene que tener cuidado cuando se limpia cuando ensucia. Se le puede infestar. Hay que mantenerlo sano, Frasquito.

—Cuando uno ya se queda medio ciego el cuerpo qué sabe. Pero, mira, mira —da unos torpes saltos y mueve los brazos al aire cantando—"bailando el chachachá, el chachachá"; ya quisieran más de uno tener la edad que tengo y estar como estoy.  

Frasquito sabes que el rodaje de tu cuerpo no da para más. Poco a poco se te va entumeciendo lo que antes te hacía orgulloso. 

—Muy bien. Se acabó el baile ¿Qué le hago hoy de comer? —Mónica pregunta mientras recoge toda la ropa que ha ido tirando al suelo y la mete en una cesta de mimbre— ¿Una sopica? Y no me venga con eso de que ha pasado hambre en la guerra, que son otros tiempos, hay que comer, Frasquito.

—Unas migas. Cuando llueve pegan las migas con su ensalada de lechuga. Échale choricillo de ese. Me las comeré con naranja para que pasen por el gaznate.

—Ya comió migas ayer —Mónica, mientras habla, anda trasteando el móvil que está sobre la mesilla junto al sofá— ¡Ya tiene arreglado el aparato! Hay que enchufarlo a la luz porque se gasta ¡Tiene tres llamadas! Mire —le acerca el móvil y el anciano la ignora—. Son de su hija.

—Ya no le importo. Si no fuera por su nariz de duende, diría que no es hija mía. Ya solo me queda luchar con la soledad que me ha impuesto.

—No diga eso, hombre. Claro que se preocupa por usted. Le trae la compra y le llama todos los días. Es muy buena; cualquier cosa, y su yerno viene corriendo y, además, es usted el que quiere vivir solo.

—Ya pocos nudos me ocasionan dolor. Suerte tiene uno de que ya no me ato a nada. Por atar, ni los cordones de los zapatos. Todo se quedó en aquel cortijo que andará abandonado. Digno lugar, allí donde nací en una cuna de esparto. Allí había madreselvas y humo de lumbre; olor a maíz y pan de higo. Era una caja de guitarra; había alegría… 

Soy quien mejor te conoce, Viejo, la que maneja tu realidad. Y, aunque quede muy lejos aquella casa donde creciste de niño, ella sigue acunándote de forma compasiva en su regazo. Allí están tus conflictos de infancia. Y alguno que otro no anda resuelto como la muerte de tu madre. Estaba mal de la cabeza desde que se ahogó su nieta en la alberca. Ella enfermó de eso.

—¿Qué? ¿Eh?... Sabes tú, tres pesetas era un capital, acostumbrados que estábamos a los reales. Sembraba de todo,  nunca faltaba de nada. Todo se vendía. Y fue cambiando. Aquella casa cambió. Fue andando y nos fue abandonando poco a poco. Con mis hermanas y cuñados ya no era la misma. Ahora allí ya no ladraran ni los perros. Entonces no se hablaba de tumores ni de locuras ni enfermedades extrañas… Mi mujer, con lo que ha trabajado conmigo. Hemos llenado cajas y cajas de fruta que ella me las cargaba a las espaldas…

—En esta foto está muy guapa con su pañuelo en la cabeza, su delantal, las flores…

—Y cuando yo me subía a los árboles, le echaba el fruto, uno, y otro, y los cogía con el delantal que llevaba atado. Hasta en días como el de hoy, trabajábamos. Nos poníamos chorreando y luego, con el primer rayo de sol, a coger caracoles para venderlos. Guardábamos el dinero debajo del colchón, no nos hacía falta bancos. Todo billetes, que con la humedad se iban pegando. Con el primer ahorro compramos este piso, fue la primera señal; lo pagamos en cinco plazos. Solo trabajo y trabajo, de noche y de día. Antes no había tanto bloque aquí… Cuando se abandona el campo es cuando entran los males y crece la pena. Allí, en esos cortijos ya solo quedarán tomillos y romeros con la cara llena de arrugas…

—Sí, Frasquito, ¡todo eso ya me lo ha contado!

—Sabes, la muerte no es para siempre, muere lo que se olvida.

—De usted se van a acordar siempre ¡Con la cabeza que tiene! Ya quisiera yo esa memoria para mí.

—Qué bueno era yo vendiendo, sabes. Cargaba el mulo de lo que fuera y lo vendía por los pueblos. En medio día, lo tenía todo vendido: Tomates negrillos, habas, habichuelas, aquellas habichuelas; aquellos tomates qué sabían tan buenos. Yo nunca perdía siempre ganaba cuando vendía. Con una venta me compré mi primera bicicleta, iba a todos lados con ella; que buenas piernas tenía…

—Aún las tiene, Frasquito. Tiene usted piernas de mujer, muy finicas y fuertes. Se nota que ha andado usted mucho.

—Antes se iba a todos lados andando, por caminos, incluso atajaba por las piedras de una playa a otra. Era un perdigón. Y todo para ir al cine. Las películas de convoy del tío del puro, de Kir Duglá, Richá Widman, Burlan Caster. Aquello me engordaba. Y me subía por donde fuera, no tenía miedo a nada. De chico, me subí en un tanque, cuando la Desbandá, todo el mundo huía por la costa de Málaga a Almería. Nosotros no nos fuimos. Vi pasar a la columna de italianos y me subieron al tanque. Me dieron latas de carne de caballo. Me encontré también una cabra que la habían dejado abandonada; me la llevé y la escondí. Al otro día, como nadie la buscaba, me la llevé al corral. Mi madre tuvo leche por mucho tiempo…

Sientes la falta de la familia. Eres orgulloso y egoísta. Te callas, no hablas de eso. Tampoco mucho de tu mujer y ese cáncer de tripa que te dejó solo. No muestras sentimientos. Ese comportamiento tuyo, a veces, sin sensibilidad. Tu coraza para que ya nada te duela.

—Frasquito, ahora son otros tiempos. Fíjese usted, ya tiene noventa y dos años y está hecho un chiquillo; eso es porque ha vivido mucho.

—Sí, es verdad, quien me lo iba a decir a mí, después de vivir la viruela, el hambre y la guerra… Ver como murieron, tanta gente… Y mi padre, con tanta pena, reventado por dentro por la hernia y sin una peseta en el bolsillo; mis hermanicas se lo robaron todo. Tuve que darle para comer y para la mortaja, pero, “quién mal anda mal acaba”, ya lo pagaran. Ahora tengo mi casa y dinero para comer y para mi entierro. Esto es una gloria. Quién lo iba a pensar entonces que yo iba a estar, a la vejez, tan a gusto. Me va a sobrar de todo.

—Venga Frasquito, fuera penas. Pronto vamos a poder ir a pasear por el prado, atravesando el puente. Tengo ganas de que cambie de color. —La joven mira por la ventana mientras prepara la medicación—. Que de ese gris pase ya al amarillo, al verde…

—Al rojo de la amapola.

—Saldrán muchas esta primavera, no para de llover.

—Pero solo una es la señal.

—¿Señal de qué?

—Del sueño eterno. La primera que sale, la que se ve florecer y mecerse con el aire. Esa es la buena, siempre se lleva alguien con ella. El año pasado le tocó a Damián, el otro, fue Arcallada ¿Tú los conoces? —Mónica sonríe y niega con la cabeza— también Aneas, de Cantalobos, Linares, el de las Peñuelas. Todos los de mi generación han muerto y solo quedo yo. Mi conciencia me ha avisado hoy ¿Tú no la escuchas? La conciencia ha estado todo el día rallando en mi cabeza. Ella está aquí, ahora está mientras hablamos. Ella no para de hablar. Habla como en sueños, de mí, por lo bajo. Yo la dejo que diga lo que quiera.

—¡Ah, por eso habla tanto usted solo! Bueno, con ella. ¿Y dice que está siempre cuando hablamos? ¿Incluso en la ducha? O sea que, ¿hoy he lavado también a su "conciencia"? Vaya. Mi madre siempre me dice “Hija, toma la conciencia de las cosas” y mi novio, que es muy estudioso, me insiste con eso de que, “cambia de conciencia, para que cambie yo”. Ahora lo voy entendiendo, es como la voz interior ¿verdad?

—Sí, eso.

—¡Gracias Frasquito! Hoy, cuando llegue a mi casa, pensaré en mi conciencia; seguro que tiene mucho que decirme. Lo mismo, me hace vivir tantas cosas como ha vivido usted y cuando sea vieja, no pararé de hablar con ella. Ya le iré contando que me dice. Bueno Frasquito, tengo que irme, aquí le he dejo la comida, un puchero de hinojos. Cuidado que quema, eh ¡Hasta mañana!

Viejo, prepárate, que ya pronto va a cambiar el tiempo. Mira ya los almendros que empiezan a despuntar de blanco; que los días cortos darán pronto paso a días largos y por fin, aparecerá la primera amapola. La primera en brillar y la primera en morir. Y durará solo dos semanas. Vamos, Viejo.






21.5.21

El SUEÑO DE NORMA



En este bullicio del fluir de mi sangre, solo escucho silencio, un silencio inoportuno.

Hoy no tengo ninguna preocupación, respiro aire libre. Hoy soy feliz. Hoy no quisiera estar muerta.

Miro a la calle. Estoy en los ojos de esos hombres. Me observan con amor desde el otro lado de la ventana. Yo les sonrío y luego bajo la mirada. Qué vergüenza que todos me miren y yo, tener ganas de llorar. Qué vergüenza esta máscara mía de rubia tonta. Cuando subo de nuevo la cabeza, ellos me siguen mirando, ahora, desde esa mesa, delante de la barra.

He atravesado un largo puente para venir aquí, a mi refugio urbano, la Vía Láctea. Un garito mítico. Un café bar de una esquina lúgubre con luces de neón. Aquí, me siento libre, ausente de todas partes. Un lugar donde los versos de los poetas corren como la espuma y que luego el duende travieso los atesora en servilletas de papel. Aquí, comencé mis primeros poemas, y fue aquí, donde me desnudé como una niña por primera vez.


Fue un desnudo muy diferente a ese de mis veinte tres años en satén rojo. Muy distinto a los desnudos de las poses fotográficas. Cuando me desnudé aquí, no estaba sola. Alguien más lo hizo conmigo.

Desde la esquina él parecía un gay grandote con botas negras. Era el único que se olvidaba que yo estaba allí. Él único que miraba a su alrededor y no se reconocía. No formaba parte de aquel lugar taciturno ni de ninguno de los noctámbulos que allí estábamos.

Releo ahora una de las páginas de ese libro que entonces tenía en las manos: “No está en el aire ni en nuestra vida, ni en estas terrazas llenas de humo. El verdadero dolor que mantiene despiertas las cosas es una pequeña quemadura infinita en los ojos inocentes”.

Yo estaba escondida en las páginas de aquel libro cuando lo miré a él. Sería la primera vez que un hombre no reparase en mí. En la tenue luz vi su viril mentón aflojado y sus ojos que reposaban con placer en la copa que estaba frente a él. Tenía un gran poder en su mirada huidiza. Como esa gente cansada de pelear con la vida que se camufla en la oscuridad con su alma sedienta de felicidad, con sus sentimientos intangibles mitigando la sed con una bebida y luego, a quemar en la puerta sus desgracias fumando cigarrillos.

Fue mi insistente mirada la que le llamó su atención. Era una invitación y se me acercó. Me pareció ver que su figura se transformaba cuando venía hacia mí. Lo vi vestido con túnica y toga, y calzaba sandalias, como uno de esos romanos de las películas. Me miró y su voz rompió esa imagen ilusoria que yo tenía en ese momento.

—Te he visto aquí antes.

Me quedé callada. No sabía qué responder mientras reparaba en su frente ancha y abultada. Manifesté lo primero que me vino a la mente.

—Tal vez en un almanaque de un taller de coches.

—Tienes las dimensiones de una diosa del Olimpo.

—Soy tan inalcanzable como ella — respondí, mientras él se acariciaba su calva—. Me llamo Norma.

—Para mí no hay nada inalcanzable, Norma.

Bajé la cabeza. Me sentí avergonzada. No debía de haberle dicho mi verdadero nombre. Estaba claro que no me había reconocido. Miré una página del libro. Estaba en blanco. Me obligaba entonces a hablar con él, pero ahora lo haría como Marilyn, mi otro yo. Le miré, y dije:

—Puedes adorarme y rogarme como una diosa, pero no podrás abrazarme. Solo invítame a un café o llévame de viaje en yate a Singapur.

—Te puedo instalar en los Jardines de Lamiano, carita cándida, y robarte todos los abrazos que yo quiera.

—Podrás hacerlo quizás, pero procura que sea para llamar la atención del mundo.

—Ya por mí mismo tengo toda la atención del mundo. Existo desde el principio del mismo y existiré hasta que caiga la última estrella de la noche. No me hace falta tener ninguna mujer al lado, por muy pícara y dulce que parezca —calló un momento y prosiguió— ¿Tú lees?

—Sí. Poesía ¿Conoces a Whitman...? No. Ya me parecía. Tienes la apariencia de un jugador de béisbol, pero creo que podrías pasar por gigoló.

—No sé lo que es ni uno ni lo otro. Yo solo puedo hablarte de poder y grandeza y cómo brilla un imperio.

—¿No pretenderás comprarme? Y mucho menos, conseguir con ellos iluminar el fondo de mi alma. Yo, ya soy una estrella.


Era admirable el poder que irradiaba. Seguimos hablando. Lo sentía seguro, aunque en el fondo, estaba solo, como yo. Se llamaba Julio, Cayo Julio. Parece guasa ¿verdad? Por eso le llamé Julio, a secas. Tan huérfano de familia como yo. Hijos solos, los dos. Solos y asustados. Acogidos por extraños. Violados. Criaturas enterradas bajo la nieve fría. Con nuestro ego y nuestro vacío acompañándonos. Los dos dormíamos poco por la noche y deambulábamos esperando la luz. No fue casualidad que nos encontráramos.

Me dijo que le apodaban Botita y que pertenecía a la isla de Capri. Me lo decía mientras me mostraba sus piernas delgadas llenas de vello. Nunca un hombre me había mostrado sus piernas de esa forma, nada más conocernos. Se me aceleró el pulso y me ruboricé mientras yo le decía:

—No te engañes, soy fuerte como una telaraña al viento, pero cubierta de una escarcha fría, resplandeciente.

Me olvidé que yo andaba en pantalones y que estaba en un café. Y me imaginé que vestía de cóctel. Me calcé mis zapatos en punta y tacón medio y mi pelo comenzó a aclararse. Ya no era morena rojiza, era rubia platino. Había dejado de ser yo. Era otra vez Marilyn. Tenía un vestido vaporoso, blanco, ceñido a mi cintura y el escote anudado en la parte trasera de mi cuello. Mi ropa interior también era blanca. Me sentía infantil, una ingenua.

Él debió pensar lo mismo porque conforme pasaba el tiempo su mirada y su cuerpo se fue transformando también. Adquirió una pose graciosa como si llevara algo en el brazo. Tal vez fuese un soldado o un guerrero, aunque Julio insistía que era un césar. Vi que él también estaba sorprendido de ver mis poses, pero solo eso. Era diferente al resto de los hombres. No llegaba a sacarle una mirada lasciva. Se crecía en su arrogancia con su mirada esquiva y cada era vez más desafiante. Yo seguí transformándome a la vez que crecían mis pestañas. Ahora el vestido era de seda color piel cosido a mi silueta con miles de piedrecitas brillantes. Ya no llevaba ropa interior. Ahora estaba vibrante. Me insinúe remarcando mi lunar levantando el mentón. Todo mi cuerpo se vislumbraba. Estaba como me gustaba sentirme, desnuda. Marilyn y Norma se acababan de desnudar para él.


Maldita sea. Las ideas locas siempre danzan en mi cabeza en estos momentos. Por fin mi cuerpo era el lugar que preferían sus ojos. Les dejé que corrieran. Y le besé abrazando con mis dos manos su delgado cuello. Tuve miedo de lanzar mi cuerpo sobre él, revolcarnos directamente sobre el suelo del café, sobre la acera de la calle, y en el golpeteo de la lluvia yacer desnudos. Penetrar en el abismo interior apagando nuestro fuego en los charcos.

Nos fuimos a la salita de un apartamento miserable y allí, amanecimos acostados en una mañana húmeda con las ventanas llorando. Fuera, dejamos la desafiante tormenta y las luces de los comercios reflejadas en la acera.

Él tenía su cabeza sobre mis caderas y yo, de espalda, flotaba en un sueño. Me volví hacia él. Acaricié su vientre blanco y mis dedos se perdían en su denso vello. Le pedí que me besara y me acariciara una y otra vez y luego que se acariciara él como si sus manos fueran las mías. Cerré los ojos y me apartó la sábana que tapaba mis senos. Sentí hundir su boca en ellos hasta estrujar la ubre de mi corazón desnudo. Estiró su delgado cuello hasta tocar mi saliva. Devoraba mi cuerpo como si fuera viento. Me agarré en jadeos a mis sienes y luego a su torso doblado en un arco sobre mi cuerpo inundándolo de espuma. Fui tensando la largura de mis piernas hasta paralizar los dedos de mis pies. Sentía mi carne y mi sangre despedir rayos de placer. Sonreí burlándome de mi turbación y descarté sin pudor alguno los demás sentidos. Mi boca se volcó hasta llenar mis labios en los poros densos de su piel. Su aliento más profundo lo hacía mío, una y otra vez, mientras mis labios sorbían sus sinuosas cavernas.

—En verdad eres una diosa —me dijo cuando yo, ya me metía en la bañera. —Debajo de ese rostro se esconde…

Julio no terminó la frase, le interrumpí. Temía lo que dijera de mí.

—Soy muy sensible, mide lo que me vas a decir.

—No brillo por ser cauto, sino por impulsivo. Puedo hacerte daño. Mucho daño.

—Todos llevamos la violencia dentro. Admiro tu sinceridad. Yo, soy hermosa por fuera, pero horrible por dentro.

—No creo, que seas, más que yo.


No nos fiábamos el uno del otro. Todos nos habían traicionado. Yo misma, más que nadie, creando a alguien que no era yo.

A Julio no le gustaba este mundo, no soportaba como era. Yo me identificaba con él. Mientras me abrazaba. Botita, sería feliz cuando alcanzara la luna, eso me dijo esa noche.

Murió más joven yo, apenas veintiséis años, con diez años menos de los que yo tenía. Y no esperó a que se apagaran las estrellas del cielo. Le cortaron la vida antes. Decía que todo el mundo le odiaba y le temía. Yo no.

Creo que soy feliz, pero no siento alegría alguna en este sueño ¿Es posible ser feliz y no ser capaz de estar alegre? Ni mis lágrimas que ahora caen provocándome picor en los lóbulos de mis orejas me quitan el desasosiego que siento. Mi amor demente, el niño que fue convertido en un león poderoso, me mira desde esa luna que él tanto deseaba.

Sueño que me quiere. Sueño con seguir amando a alguien, pero es solo un mal sueño. Es la quimera del amor. Sola. Estoy sola. Hoy ni siquiera me tengo a mi misma para hacerme compañía. Solo las páginas de un libro. Y odio estar sola.


Debo llamar de nuevo a ese teléfono. Insistiré. Tal vez sea un número equivocado. Sin hablar me atraganto. Me ahogo. Me ahogan.

Ahora estoy condenada a vivir para siempre, aunque esté muerta.




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LA CASADA INFIEL


14.5.21

CELOS OCULTOS

 



Mi diosa de transgresora mirada 

dispusiste un reloj solar 

para herirme de amor.

Conformaste, 

la aguja dirigida a mi libido yacente 

para ofrecerme al sacrificio 

en este abril de celos.

Ama entonces 

este óculo de mi vergüenza, 

si así feliz se te antoja. 

Encomiéndame al desespero, 

a los volcanes y

 al arrojo de la tormenta.


No hay palabras 

que falten ya,

 solo, la escucha del tiempo, 

es, la que sobra.

Imagino en la otra orilla a mi rival 

que te abraza

 y tiemblo en el vacío.

 

El significado del espacio, 

no tiene sentido ya para mí.

 El rumor de la nada 

es el único que oigo. 

Y sin estos intervalos, 

¿qué me queda? 

La adversidad de esas olas, 

su lance, 

contra las piedras.


Ese contemplar contigo 

era mi ardid, 

nuestro centelleo. 

Donde la vista me lleva 

no hay paraíso más apreciado

 que ver emerger en tu cuerpo 

esos lascivos senos a mi lado. 

Y rodear su insinuante curvatura

 con mis manos 

Para gozar del cuerpo

 está la noche 

y es preciso 

quedarnos solos. 


Debe ser real 

nuestro hechizo. 

Cuan leve instante 

que besas el aire y entonces, 

no hay lamento mío 

que envuelva mirada alguna. 

Ni concierto que guarde

sinfonía más vehemente. 

Solo suspiro tras suspiro

guarecidos en el alma.


La porfía del alcohol 

ni siquiera ya es un desahogo.

 En mi pensamiento candente 

no hay más sentido

 que tu aliento. 

Alzo mis palmas 

fustigando al viento 

que alardea porque tú 

ya no me hablas. 


Se tuerce entonces

 mi espina, 

se me enrollan los hombros

 y por la cintura,

 yo, me quiebro.


Os escucho vocear 

y noto la rabia. 

Busco el vestigio 

del abrazo de, otro

 y tú, en la sombra, callas.

 Con premura

 enarbolo mi vela como navegante 

sin pretexto alguno 

para cruzar tus azules venas. 


Y alzaré mi vuelo 

una y tantas veces. 

Y si ese sol presuntuoso 

osa a quemarte, 

me convertiré en brasas. 

Deshilacharé con mis alas 

la tremenda pomposidad 

de ese amargo cielo. 

Y con el calor de mi sangre 

haré caer en racimo 

la lluvia sobre tu vientre 

en un placer 

eterno.


Esa magnificencia nuestra

 que, en segundos se apaga, 

da paso a la vehemencia

 con la que ahora muero. 

Amor mío en el cimbrar

 de tus pasos

 me refugio

 y fíltrese mi silencio

 por los entresijos del tiempo.


 Cuando el día se nos desprenda 

en ese último rayo

 que aún levita, 

caerá una corona efímera

de oro y topacios. 

Drenará mi destierro 

como las huestes

 de un rey decadente

 que abandonan 

sus desmenuzados 

restos.




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RELATO INFINITO

5.5.21

PIEL DE CAIMÁN

 

Acabo de escribir un cuento y yo, te lo cuento. Esta es la historia de una criatura que vivía sola. Sola y triste. Y lo único que pensaba era en comer y comer, pero un día, le ocurrió algo que le transformó el ser.





Al despertar de su siesta Juanolo se había convertido en un caimán. Asombrado giró su enorme cabeza a un lado y a otro. Estaba rodeado de tierra húmeda y de cientos de pasteles desperdigados a su alrededor. Cuando quiso abrir la boca ¡Oooj! No podía. Tenía encajadas las mandíbulas. Y las patas no le llegaban a aquella enorme bocaza. Comenzó a sacudir su cabeza sobre la tierra ¡Plaf! ¡Plaf! Y en estas estaba cuando de pronto le viene un mareo y pierde el equilibrio. Rueda que te rueda en dirección a la orilla del estanque. Pero antes de caer al agua consigue alzarse sobre las patas. Ahora tenía cuatro y muy cortitas. Toda su barrigota estaba llena de plastas de crema, merengue y mermelada de fresa. Se preguntaba si estaba en un sueño. Lo único que recordaba era hincharse de comer y luego dormir.

Juanolo enderezó la cola y se sumergió en el agua para conseguir despertarse y quitarse todo ese dulce de encima. Mientras, lo que acontecía era observado con mucha atención por un cangrejo que estaba cerca de la orilla. El caimán se deslizó por delante de él sin prestarle ninguna atención.

—Qué caimán tan raro—se extrañaba el cangrejo.

Juanolo intentó nadar y solo conseguía coletear fuerte dando sacudidas. Se giraba sobre sí con las mandíbulas abiertas tragando enormes bocanadas de agua. Cuando ya creía que se ahogaba, logró aplastar su dura piel contra un tronco que flotaba. Con los ojos desorbitados ¡Puf!¡Puf! pegaba bufidos a través de su hocico redondo. A duras penas consiguió volver de nuevo a la orilla.

El cangrejo con sus largas pinzas levantadas no podía creer lo que estaba viendo.

—¡¿Acaso se te olvidó cómo se nada?! —gritó el cangrejo.

—¡Haaazze tiempo que no me bañaba! —respondió el caimán casi sin aliento.

—¡¿Qué?! ¡Pero si llevas toda la vida en el agua!

Juanolo no se creía que en verdad era un caimán e ignoró al cangrejo curioso. Pasó días sin meterse en el estanque a pesar del calor. Se escondía entre los cañizos y se le olvidó hasta de comer. El cangrejo ante la ausencia de su compañero de orilla comenzó a echarle de menos. Y un día se le acercó muy despacio.

—¿Qué te pasa?

—No zé nadar. No zé cazar. No zé hacer nada. Yo antez zolo comía y comía. Eztaba tan trizte que no penzaba en otra coza.

—Puedo enseñarte. Yo soy muy patoso, pero si me subes a tu lomo puedo guiarte en el agua. Te mostraría donde comer raíces y buscar gusanos entre las piedras. Incluso hasta podemos pescar juntos.

Y así fue. Juanolo ya nadaba feliz y seguro en aquel estanque.

—Nunca podía imaginar que iba a rezpirar mientraz flotaba ¡y comer lombricez! Decía Juanolo

—Y yo, que iba a comer pasteles —el cangrejo sonreía sobre la panza del caimán mientras tragaba dulces a seis patas.

A Juanolo no le importaba ya si aquello era un sueño o no, pero sí que había recibido una gran lección de su amigo. Gracias al cangrejo, aprendió a nadar y a buscar comida y, sobre todo, gracias a su segunda piel, piel de caimán, que le ha dado seguridad y autoestima.

FIN


CUENTO CONTADO

(Aquí lo puedes escuchar)