19.9.19

MÁS ALLÁ DEL MAL DE LA PIEDRA








Me han dicho que es el mejor sitio para suicidarme. Por fin acabarán todos mis males y éste parece ser el lugar ideal,  inhóspito, no hay nada, lo propio; el final de un corto viaje.

Nunca había caminado por un lecho de piedras fuera de lo que es una orilla… Para empezar, me parece que es un paisaje dudoso de entrar. No, tengo que hacerlo. Adelante. Tenerle miedo a las piedras, qué tontería; además, aquí no hay camino trazado, ni tampoco camino correcto. Es ideal para perderse y que no te encuentren.

Lo malo es esa nube que sube de la costa; no me va a dar tiempo, me va a atrapar en segundos y entonces, no veré donde pisar, perderé el equilibrio y no encontraré el nicho adecuado para mi despedida.

No puedo enfrentarme así a este momento, no es el final que quiero. Respira. Debo tranquilizarme, tengo que hacerlo con buena energía y optimismo ¿no es la piedra filosofal de toda existencia? ¿he dicho piedra? Solo intento poner orden en mi ciclo de vida ¿y si cojo una para ello? Pensándolo bien, en estos últimos años no estoy muy cabal de salud pues, pongo otra piedra encima… Me gusta, dejaré aquí este obsequio para alguien, pero entonces debo poner otra, y otra;  ahora tengo que mantenerle el equilibrio... ¡lo conseguí! Acabo de entrar en armonía con este mundo. Je. Piedras mágicas, qué tontería se inventaron los japoneses para distraerte; el caso que, mirando la escultura es sugerente, por algo también lo harían los incas del Altiplano y en el Ártico, esos obos de los mongoles. Debería apretar los dientes y cerrar los ojos para entrarles bien a la Pachamama y a los dioses de los hielos y a las diosas de estas montañas.

No se de que me extraño; ya de pequeño cogía piedras y las guardaba, las coleccionaba; me gustaba sentir su resistencia, su perseverancia en el tiempo. ¿Y todas estas? ¿De dónde habrán salido? Tan caprichosas ellas. Ja, de niño también me gustaba los Picapiedras con bocadillo de chocolate en la merienda; sí este lugar me lo recuerda mucho. Piedradura con Pedro Picapiedra y Pablo Mármol en su troncomóvil ¡YABBA-DABBA-DUÚ! Yabba-dabba-du… Lugar curioso éste… también esa historia que aprendí en el colegio: aquellos Ammonites que tanto me gustaban, conchas como ruedas de camiones, donde se camuflaban los pulpos y calamares que se escondían en las arenas de los fondos oceánicos del Jurásico. De esto hace más de doscientos millones de años; el gran mar Tethys cubriría esta zona y en sus fondos, los depósitos, esos esqueletos y caparazones marinos que se calcificaban y luego se sedimentarían en estratos como páginas de un gran libro geológico. Viendo este paisaje me imagino ese empuje de placas tectónicas presionando, y todos estos sedimentos subiendo hacia arriba y ese mar, el de allí al fondo, alejándose. Veo esculturas en forma de mesas, pilas, bolos, insinuantes tornillos, ja,ja, cuántas figuras que alcanzo a descubrir en este torcal de relieve cárstico, esculpido por el viento y la lluvia, erosionado…

Debo seguir adelante; la nube…

Es difícil mantener el equilibrio aquí; este vaivén… No importa, a esta altura de mi vida mi pie tiene que adaptarse al contorno de cada una de estas piedras, aceptar su forma. El caso es que me gusta este lanzar los pasos sin que nadie te guíe. Llevo aquí solo unos minutos y hay una inercia… por fin me atrevo a pisar con firmeza, sin duda, sin dejar de avanzar aunque, no puedo levantar la vista por mucho tiempo, puedo perder el rumbo que me marcan estas extraordinarias esculturas naturales. ¡Qué entrañables personajes! esas locas ideas de Pedro que nunca salían bien y la complicidad de Pablo ¡qué época! y pensar que fue la primera serie de televisión norteamericana en la que se mostraba una pareja casada compartiendo cama ja,ja,ja. La inocencia no entendía de esas hipócritas censura de entonces…

¿Qué veo? Trepando por las paredes de estas formaciones calcáreas hay serbales y arces, espinos y quejigos que te embeben. Es licor de piedras que se filtra por todas las superficies y resquicios. Y no estoy solo. Allí saltando veo… veo una cabra, no dos, tres, tres cabras monteses y sobrevolando hay rapaces y bandadas de chovas ¿estaré ya en el paraíso? Puedo escoger el pasillo que quiera, o ese angosto sendero que yo imagino, tal vez aquel callejón umbroso. Este lugar me aísla del resto del mundo, me detiene el tiempo, hay una dimensión espacial que no controlo entre estos grandes pedruscos. Son otros dominios. Aquí mi pisada encaja perfecta entre los vericuetos de la piedra; no hay lugar más idóneo para fijarte en ellos, en mis pies. Debajo siento el latido de la tierra y abrazándome, el respirar de la montaña. Me pide el cuerpo tocar para escuchar el palpitar y unirme a este lugar.

La nube llega con el silencio y con ella la magia. Se me agarra un sentimiento profundo por este edén natural; siento el deseo de hermanarme con él. Qué lugar enigmático ¡parezco un lunático jajaja! Quizás salga el marciano Gazú con su platillo volante a perseguirme entre las grietas o quizás, los detectives ingleses descubran aquí la Piedra lunar, ese libro que se me quedó a medias…

A partir de ahora soñaré con piedras, ellas serán las portadoras de los mensajes; con ellas buscaré mi identidad, esas partes ocultas de esta personalidad mía: “Caminaré entre las piedras, hasta sentir el temblor, a veces tengo temor, a veces vergüenza”.

Ni te digo lo que debe ser el bosque de piedras de China o el del Perú; el reino de los Hoodos en Utah o las chimeneas de Capadocia. Creo que lo de dejar este mundo me lo voy a plantear. Tengo algo de tiempo para darme una oportunidad aunque sea con este mal de las piedras recién adquirido.


Torcal de Antequera

#viajessostenibles






6.9.19

VENECIA Y SU IMAGEN PRESTADA






Era una imagen prestada y la acaricié como si aguardara un legado. Mientras la reproducía, creí navegar tantas veces por ese canal derramando sus reflejos; veía entonces como las raciones de color subían brillantes por las fachadas y la brocha se dirigía esbozando líneas tortuosas y definiendo sus formas orientales; las chimeneas saltaban, se escapaban de la blancura del lienzo. Y así, esa imagen quedaría prendida en la pared de mi habitación. Han pasado siete años y la imagen se ha hecho real.

***





La fórcola del gondolero guiaba su maniobra por el canal, ahora vira, ahora rota en la estrechez y mientras, el delfín de ese invertida asomaba bajo el puente. Por intrusa e inclinada me permití trocarla por otra embarcación y ya no sería negra, ni se guiaría por ese peine rayando el lienzo.








Llevaré todavía incrustadas en mis suelas una pequeña porción de sal de las muchas que se derramaron aquella primera mañana por los puentes. Una y dos veces atravesé algunos canales. Ninguno era él. Aún así, seguiría buscándolo mientras los granos permanecieran ocultos en las esquinas de los escalones de piedra.






A medio gastar por el cansancio me cargaba el embutido gris del abrigo hasta una palma del suelo, sentía las fuerzas encerradas en sus bolsillos, fue entonces cuando me agarré a los guantes y dejé caer mis pasos hasta que mis pies me soportaran. Ese desnivel de adoquines no perdonaba; ni tampoco esas bajadas y subidas de la calzada sorteando arcos. Aun así, me dejé deslizar como una serpiente por las formas que adquiere la piedra blanca de Istria, por los ladrillos y estucos sin remozar, por esos balcones de Oriente.








La urbe polinésica permanecía como un cálice labrado en su tabernáculo. Su escenografía es tan hermosa como la naturalidad de una diosa a la que todo le fuera debido. Ella no puede abandonar la convicción de constituir el centro del universo a pesar de que se sostiene descolocada sobre sus prótesis de madera dejando sus rodillas doblegadas a las caprichosas subidas y bajadas de las mareas. 







Cuán frágil y perecedera es Sereníssima; una creída inquebrantable, engreída, presumiendo de tener suelo firme, pero nunca hubo ciudad más leal al tiempo y que haya recibido el prodigio de tan bella estampa. Las fachadas le fueron cinceladas con juegos de perspectiva y las aldabas de sus puertas fueron entonces y serán siempre juguetonas en brazos de angelotes.










Pinté sus casas de colores en mi lienzo de entonces, algunas estaban descascarilladas y casi todas adosadas con esa postura desajustada; cruzadas a lado y lado por el pequeño río callado donde las barcas enmudecían tapadas. Y los fondamentos, esas aceras junto a los canales, penumbrosos donde se les adhiere el silencio. ¿Qué intriga y misterio tienen? tal vez sean esos exudados de sus descarnadas y adustas fachadas que se ahogan y hablar no pueden.







Y ahora que estoy en Venecia lo siento todo fugitivo y cambiante, renovable por las mareas. Aunque Sereníssima se crea inalterable a los millones de pasos por sus adoquines y pasarelas; ella es perecedera, te lo confirman todas esas caras de piedra que se asoman a su contorno frente a los canales: unas bizantinas, otras romanas, las llamadas palladianas.


 





También lo dicen las casas desconchadas con las puertas tapiadas; muchas decrépitas, en desuso, mostrando sus toscos ladrillos con sus balcones orientales raídos, despedazados; casas con los traseros abultados, insinuando el relieve de su chimenea acampanada. Muchas otras fueron las que tuvieron suerte y les sobreviven sus pilastras y páteras, sus arcos venetos; sus puentes aledaños de madera que antaño fueron quemados o se agrietaron o se hundieron hoy les lucen de nuevo alzados por manos artistas de albañiles y canteros.






En un leve sueño escucho a la muchedumbre que navega por el Gran Canal; cientos de embarcaciones vuelven a sus rincones. ¿Acaso hay lugar con más marinos, más ríos y más meandros? 






Pintura de Giovanni Canaletto siglo XVI


Es aquí donde los tintoreros y duques pasean por la misma agua, el mismo lodo. Y ahora oigo como se cierran las verjas del gueto judaico; los askenazies y sefardíes se recogen en sus sinagogas y en las scolas. Con el toque de queda del ocaso, los sabios, médicos, tipógrafos y banqueros permanecerán encerrados hasta la salida del sol de mañana. Se guardan a buen recaudo los cuadernos de los préstamos; se acalla el mercadeo y el estraperlo.





El magnetismo de Venecia transfigura, te hace proclive al pecado y avarienta de tiempo. Veo esas torres inclinadas con sus ojos puestos allí donde la calle se ensancha, mientras que los pozos abandonados de piedra blanca con ese hermético brocal, ven y callan todo lo que acontece a su alrededor.








He descubierto las esquinas donde se esculpen las esculturas de los usureros; los restos petrificados de esos jactanciosos y deshonestos mercaderes. Algunos de ellos fueron ahogados, hundidos en esa agua gris, opaca, y ahora son sus esqueletos los que aullan en la gran laguna. Ahí se escucha el espíritu de Vivaldi que se suspende a media altura sobre la corriente, él, que sigue reescribiendo las notas de esa vaga melodía una y otra vez. ¡Mercaderes y marinos! ¡Casanovas y poceros! ¡Campaneros y fantasmas! ¡¿Dónde están los rubíes de los caballos de San Marcos?!







Hay páginas invisibles y maldiciones calladas, ocultas por sus espíritus. Parece como si la historia de esta ciudad fuese escrita en las páginas invisibles que dejaron sus espectros y sus maldiciones se hubiesen callado o se ocultaran, aquí, donde la peste no tuvo lugar y acierto. 











¡Cuidado! en esa esquina, una larga nariz emerge de la laguna; un rostro blanquecino, siniestro, atufando a hierbas; sus anteojos se pierden en esa faz impía y su cuerpo languidece en la bruma en una larga y oscura capa. La larga y corva nariz lleva un viejo maletín que apenas se aprecia en detalle, va tapado por el filo de la ca…








      Mientras buscaba el canal del cuadro un día sí y otro, la ciudad también fue mostrándome su cara gris; cuando ya no se dejaba ver y solo se olía. Sonaba un susurro hueco en el callejón mientras la tardía luz del ocaso seguía oscureciendo Venecia. Las callejuelas se iban llenando de sombras, aparecían siniestras las esquinas y ese fondo de los canales dejaba un rastro de olor a ese cieno fétido. La marea se quedaba sin aliento. El viaje a tempo de la Sereníssima, con abrumadora belleza de mariposa, la sometía al ostracismo
.








      La Sereníssima es oscura en la noche, casi críptica, silenciosa. 









   Las farolas se encienden en el muelle, desde donde zarparían las embarcaciones rumbo a los mares lejanos. Los castellos en Canararegio, los conventos, los palazzos se rinden a sus reflejos. El rápido crepúsculo apaga la ciudad. Esa poética luz difusa, sin dejarse caer las sombras de los pocos transeúntes que vagan en las calles solitarias, oscuras al abrigo del mes de enero, con un frío que cala los huesos.








Y entonces, sin parar de caminar y transvasando vaporettos, en los sombríos pasadizos de Dorsoduro, aparece ella. La imagen surge como un milagro que deja atrás la abnegación del gran puzzle venetano. Ahí, el canalón bajando por la fachada, los muros de ladrillos y los escalones de entrada. Allá los reflejos apagados en el canal de las coloridas y tortuosas casas. Estoy en el puente de la calle de la  Pazienzia, desde aquí lo veo. «Lo encontré por fin». Indescriptible la emoción que me embarga, tiemblo. Mañana volveré para ver sus colores. 






    Al fondo es la plaza de Barnabá donde se ve que finaliza el muro del muelle con sus cimientos de pilotes de madera con los bloques de piedra de Istria donde se anillan las ataduras de las barcas. Ahí están esas naves silenciadas, tapadas. Bajo mis pies el río con el mismo nombre. Camino hacia delante y hacia atrás por esa fondamenta Gherardini y descubro esas casas que un día pinté; algunos son palazetos convertidos en galerías de arte, otros son edificios más sencillos, con sus bajos que acogen hosterías o talleres de máscaras o esos museos de cristal de Murano.






 El puente, el que de veía allí lejano, es el de los Puños con una leyenda de luchas rivales entre convecinos que dicen que llegaron antaño a pelear hasta la muerte, pero ahora, junto a él, está varada la Barca frutería de Fabio Caregnato. Pasa la barcaza recogiendo basura, pasa la góndola que imaginé entonces. Ya no es mudo el canal, ahora se llena de personajes, de momentos, de leyendas.






La fascinación me perdió entonces y me perderá siempre. Venecia tiene las entrañas llenas de barrios. Sé que lo he dicho antes, pero insisto por que es enigmático ese laberinto parido en canales, cada uno con su imagen robada en pintura o en fotografía. Y no hay sentido de la orientación que pueda discernir una fachada de la otra, ni pintada, ni eclipsada por la cámara, porque no hay un color destacado o rincón único.







Ahora, de nuevo, se acalla el día y mañana ya será el último. Es el momento cuando todos los detalles desaparecen y en la oscuridad de los pasajes no llega señal solo silencio. Mi móvil se pierde, nos perdemos los dos. Solo queda esa flecha en la pared. Ese rehilete negro en fondo amarillo, ella será mi único norte hacia la Ferrovía; ora a la izquierda, canal, ora derecha, puente; vuelta a la izquierda, canal. Por fin, el último callejón, el que me abría camino hacia la estación de Santa Lucía. Ahí, por fin, está el Puente de los Descalzos, sumiso a la espera de los viajeros. Aquí despido el Gran Canal por hoy desde la altura de su arco.









Soy feliz de descubrir mi puente y toda esta ciudad fantástica, más interesante no puede ser la creída. Y hoy, tal vez me decida para repetir un paseo tranquilo por el barrio de Cannaregio o quizás Castello. Veré pasar las góndolas con un Spritz en la terraza de Santa María de Miracoli rebujada en una manta con ese sabor final de la rodaja de naranja empapada en Aperol. Tal vez hoy pruebe el pulpo en salsa roja y ese toque cáustico del peperoncino, aunque no sé, nunca me gustó ese llorar por dentro que produce el picante. O quizás vea esos gondoleros esperando y descubra con ellos los detalles de sus naves en las que nunca subí, pero vi tantas... desde los puentes.








Y no dudo en el sentir, ahora que ya me inclino al final, que la ciudad de los venecianos sea acorazada en cuanto afecto. Tal vez estas restricciones les venga de los tiempos de la peste o con seguridad, sea cosa de los canales; algún efecto debe tener en la testa ese olor entre col rehogada y bomba fétida para agriarles tanto el carácter. Aún así los pocos habitantes que quedan y todos los prestados, que son muchos, no dudan en proclamar a los cuatro vientos la gran dosis de apariencia que levita sobre su ciudad. Pero a Venecia se le permite todo ¿no crees? hasta el repetir.






4.8.19

MUCHOS ESPEJOS MUDOS Y DOS PARES DE FALDAS PLEGADAS







Es un día en blanco y negro y veo sus reflejos en un charco. Dos siluetas pasan junto a él; la niña me mira y me ignora el padre. Llevan calados sus abrigos y un gorro en sus cabezas. Cierro la ventana, ahora me dispongo a ordenar mis zapatos de charol de niñera y termino guardando mi ropa en dos maletas de viaje. Hace dos horas ordené las fotos que hice hace tiempo, las metí en una caja de lata. Ahora añado una más.

Mi cuarto de baño está lleno de negativos, cuelgan como una cortina del tubo de la ducha. Mi baño no es un baño como tal, es un estudio de fotografía improvisado donde veo pasar la vida. Hace un momento vi dos siluetas en un charco. Ahora veo un anciano con un pitillo en la boca que habla con una niña china que esconde tras su vestido una comba de saltar, el perro del anciano tiene pelo gris y tira de la cadena para morder la comba. Ahora el anciano y la niña quedan conectados. Sus vidas seguirán adelante, pero yo la dejo aquí, en esta instantánea. Me asomo a mi negativo de nuevo para ver una mujer que aprieta los ojos, intenta leer el periódico; lleva un vestido con trazos claros como esas paredes pintadas a brochazos; su pelo de rata, va recogido en un diminuto moño salpicado de grasa, asomando una incipiente calvicie tras las orejas.

Soy esa espectadora tras el cristal como una espía del hampa. Llevo una falda plegada como un abanico improvisado; esa falda la compré en rebajas porque ya no está de moda, pero sé que los pliegues nunca pasarán de moda como no pasan las arrugas, ni el hojaldre. Soy medianamente joven y tengo dos pares de faldas plegadas, como dos pares de hermanos y hermanas y dos madres. Fui pequeña de joven y me tiraba de sogas amarradas a árboles, saltaba con cuerdas como combas, pero nunca tiré de cadenas al andar. Soy de la época de cuando se leía el diario en el metro, en el autobús; cuando en blanco y negro se iluminaba la inteligencia en lugares oscuros. Me casé en sueños en una carroza tirada de caballos y con el pelo corto, lacio, y un vestido de encaje. Mi ciudad la recuerdo trazada con una regla, toda ella era multitud de líneas, eran torres y eran avenidas. Un restaurante estaba junto a una librería y una barbería junto a un bar donde solo había vino y licores. Frente a mi casa había una estación de tren y una fuente de caños donde nos bañábamos de niños en verano y mojábamos a todos los que pasaban, todos corrían hacia sus vagones y nosotros reíamos. En blanco y negro recuerdo la máquina para picar carne; la observaba sorprendida, no comprendía como de ese masacote de carne podrían salir esas valientes tiras como gusanos encarnados para pescar. Solo recuerdo de mi madre sus zapatos grises de tacón y moñita que nunca ella se pondría pero que yo me alzaba en ellos como una diosa. Tengo los ojos oscuros, mi pelo oscuro, mis labios oscuros donde resaltan mis dientes blancos y mi lengua roja. Siempre me gustaron los vestidos blancos. Mini es mi mascota y es un gato blanco. También me gustan los cuadros, sobre todo, esos donde hay un cuerpo yacente, que cae, que se inclina, que pide a gritos salir del cuadro y sentir la gravedad. Mi cuarto de baño está lleno de negativos en blanco y negro.

Me vuelvo a mirar a la calle. La peino desde la raíz a la punta. Hay un hombre que se fuma un cigarro a la puerta de su tienda, su silla se apoya en dos patas y su escaparate está lleno de confituras de melocotón, licor de melocotón y melocotón en almíbar; me los imagino todos ellos redondos saliendo en carrerilla cuesta abajo de un momento a otro. Un policía habla con una señora gorda furiosa, de falda de cuadros; su cara de foca bigotuda solo le deja asomar la napia, es una vecina, tiene pinta de vecina y tiene el color de la aceituna. Llevo poco aquí, pero lo suficiente para saber que suele robar en el súper con su bolsa grande de saco; cuando la pillan dice que no ve muy bien. Ahora cruza la calle una mujer joven clara, blanca, con vestido rosado, pelo negro lacio ondulado en la frente, encajado, perfecto, delineados ojos y cejas, alzados hasta las ondas, tirando del cuello para lucir un collar de perlas grandes, redondas como los melocotones. Sus clavículas son llave, paréntesis de lo que ella representa, la que me hace sentir pobre.

Me vuelvo a mi estancia, donde están los sillones llenos de ropa, camisas, faldas plegadas, abrigos que cuelgan cansados; es mi nido donde dejo las plumas caer, y entonces, me miro en el espejo grande. Soy joven, pero me siento vieja de vida; porque me veo que soy muchas en el espejo del cuarto de baño; no soy única, soy dos, tres y cuatro reflejos de una misma persona. Me gusta descubrirme tras el cristal de fondo opaco, la óptica y los rastros que deja la luz. Me veo en el escaparate, en el espejo gótico del anticuario y en la máquina de tabaco; me descubro a veces pensativa, otra seria y una vez fui solitaria. Soy porque estoy frente a mí, ahí, en el supermercado; cuando compro, me observo en esos espejos angulares del techo. Hay veces que mi reflejo es tan insignificante... sí, cuando lo descubro frente al retrovisor del auto o frente a un tapacubos. Es el reflejo inimaginable del retrato de Marilyn, de quién quiero y no soy frente al espejo de la peluquería, entonces salgo y corro, corro, y busco el sol, dejando caer mi sombra para verme grande…


El cielo puede esperar es un película que me gusta, tal vez porque al igual que el protagonista en mi sombra enmarco la vida de los demás, de los hombres viejos, mujeres guapas, de las niñas orientales y de los gatos, ese gato blanco. Mi vida cotidiana está en el reflejo, tras la cámara, tras los escaparates, como los melocotones, con mi falda de pliegues, con mi piel negra. En el reflejo blanco y negro del charco que deja la lluvia.